Magnífica humanitas o el resurgir de la inquisición

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Pablo Emilio Obando A.
“Quemaron libros, quemaron hombres, quemaron sabios, quemaron humanidad. Hoy pretenden quemar futuro. Prenden la hoguera del fanatismo y la sumisión”
No deja de ser paradójico que, en pleno siglo XXI, cuando la humanidad ha conseguido extender su conciencia hacia territorios jamás imaginados, resurjan voces empeñadas en detener el curso de la historia. Esta vez no provienen de los viejos talleres artesanales de la Inglaterra industrial, ni de las barricadas luditas que destruían telares creyendo que con ello podrían salvar el empleo y la dignidad del trabajo humano. Provienen, curiosamente, desde los altares de la espiritualidad contemporánea.
Las recientes reflexiones atribuidas al papa León XIV sobre la inteligencia artificial han abierto un debate inevitable: ¿debe la humanidad desconfiar de la inteligencia artificial hasta el punto de relegarla, contenerla o incluso apartarla de la vida social? ¿Es la IA una amenaza espiritual? ¿Es una deformación de la condición humana? ¿O es, por el contrario, una prolongación inevitable de nuestra inteligencia colectiva?
La historia enseña algo elemental: las revoluciones tecnológicas nunca piden permiso. Irrumpen.
Irrumpió el fuego. Irrumpió la rueda. Irrumpió la imprenta. Irrumpió la máquina de vapor.
Irrumpió la electricidad. Irrumpió Internet.
E irrumpe ahora, con una fuerza incontenible, la inteligencia artificial.
No existe decreto moral, encíclica religiosa ni nostalgia romántica capaz de detener aquello que ya ha penetrado profundamente en la estructura económica, científica y cultural del planeta.
La inteligencia artificial no es una moda pasajera. Es un cambio de civilización.
Quienes hoy llaman a desconfiar radicalmente de ella recuerdan, inevitablemente, a aquellos artesanos ingleses del siglo XIX que, liderados por el mítico Ned Ludd, incendiaban fábricas y destruían máquinas creyendo que el progreso podía revertirse. Aquella reacción fue comprensible humanamente, pero inútil históricamente. La revolución industrial avanzó porque respondía a una necesidad material profunda de la sociedad moderna: aumentar la producción, transformar la economía, acelerar el conocimiento y reorganizar el trabajo humano.
Lo mismo ocurre hoy.
La inteligencia artificial ya no pertenece únicamente a los laboratorios tecnológicos. Está en los hospitales ayudando a diagnosticar enfermedades con mayor precisión; en las universidades ampliando las posibilidades pedagógicas; en la agricultura optimizando cultivos; en la ingeniería calculando estructuras; en la astronomía interpretando señales del universo; en la literatura colaborando con escritores; en la música; en el diseño; en el transporte; en la economía; en la investigación científica; incluso en los procesos psicológicos y terapéuticos.
Negarla sería equivalente a pedirle al mundo moderno que renuncie a la electricidad.
Existe, desde luego, un temor legítimo. Toda herramienta poderosa genera miedo. También el libro impreso fue considerado peligroso. También el cine fue acusado de destruir la moral. También la radio, la televisión e Internet fueron vistas como amenazas espirituales y culturales. Pero el problema nunca ha sido la herramienta en sí misma, sino el uso ético y político que las sociedades hacen de ella.
La inteligencia artificial no posee maldad intrínseca. No conspira. No maquina perversidades metafísicas. Es una creación humana y, por tanto, refleja las virtudes y miserias de quienes la desarrollan y utilizan.
La pregunta no debería ser cómo destruirla o excluirla, sino cómo democratizarla.
Porque el verdadero peligro no radica en la existencia de la inteligencia artificial, sino en que quede monopolizada por corporaciones, potencias militares o élites económicas capaces de utilizarla para ampliar desigualdades, vigilar poblaciones o concentrar aún más el capital global.
La discusión ética es indispensable. Pero ética no significa prohibición. Significa regulación, humanización, acceso colectivo y construcción responsable del conocimiento.
Hay algo profundamente contradictorio en condenar la inteligencia artificial mientras el mundo entero depende ya de sistemas automatizados para sobrevivir económicamente. Los bancos utilizan IA. Los gobiernos utilizan IA. Los sistemas médicos utilizan IA. Los sistemas climáticos utilizan IA. Las plataformas educativas utilizan IA. Incluso quienes la critican lo hacen a través de dispositivos diseñados por algoritmos inteligentes.
La humanidad ya cruzó ese umbral. No hay retorno posible.
Y quizá eso es precisamente lo que produce angustia: comprender que estamos frente a una mutación histórica comparable únicamente con la invención de la escritura o la revolución industrial.
Sin embargo, sería injusto reducir este debate a una simple disputa entre religión y tecnología. El problema es mucho más profundo. Se trata de la vieja tensión entre el miedo y la esperanza.
Toda gran transformación produce incertidumbre. El campesino medieval temió a la ciudad industrial. El copista temió a la imprenta. El obrero temió a la máquina. Hoy muchos temen que la inteligencia artificial desplace profesiones, sustituya tareas humanas o vacíe de sentido ciertos oficios tradicionales.
Y es verdad: numerosos trabajos desaparecerán. Pero también aparecerán otros. Así ha ocurrido siempre.
La historia económica demuestra que cada revolución tecnológica destruye formas antiguas de producción mientras crea otras nuevas. Lo decisivo no es detener el avance tecnológico, sino preparar socialmente a la población para participar de ese nuevo orden histórico.
La tragedia no sería la existencia de la inteligencia artificial. La tragedia sería que millones de personas quedaran excluidas de ella.
Por eso la discusión fundamental no es teológica sino política y educativa.
¿Qué tipo de sociedad construiremos con la inteligencia artificial?
¿Será una herramienta para ampliar derechos o para profundizar controles?
¿Será un instrumento de emancipación intelectual o una nueva forma de dominación?
¿Servirá para democratizar el conocimiento o para privatizarlo aún más?
Allí está el verdadero debate.
La inteligencia artificial puede ayudar a reducir jornadas laborales extenuantes, acelerar descubrimientos científicos, traducir idiomas, ampliar capacidades cognitivas, democratizar la educación y abrir posibilidades creativas antes inimaginables. Puede convertirse, incluso, en una extensión colectiva de la memoria humana.
Y acaso esa sea la razón más poderosa para no rechazarla.
Porque la inteligencia artificial no representa únicamente un avance técnico: representa una nueva etapa de la conciencia humana sobre sí misma.
El ser humano creó herramientas para prolongar sus brazos; luego inventó máquinas para prolongar su fuerza; más tarde creó computadoras para prolongar sus cálculos. La inteligencia artificial aparece ahora como una prolongación de ciertos procesos del pensamiento.
No reemplaza al ser humano. Lo redefine.
Por supuesto, existe el riesgo de idolatrarla ingenuamente. Sería absurdo pensar que toda innovación tecnológica conduce automáticamente al progreso moral. La historia demuestra lo contrario. También la ciencia creó armas devastadoras. También la tecnología ha servido para vigilar y oprimir.
Pero la respuesta civilizatoria jamás ha consistido en destruir el conocimiento. La respuesta siempre ha sido disputar su orientación ética.
Quizá las futuras generaciones mirarán este momento histórico como nosotros observamos hoy a quienes quisieron detener las locomotoras o prohibir la electricidad. Tal vez se sorprendan de que hubiera voces empeñadas en negar aquello que terminaría transformando profundamente la medicina, la educación, la ciencia y la cultura.
Porque la inteligencia artificial ya no pertenece al futuro. Pertenece al presente. Y ningún llamado al miedo conseguirá expulsarla de la historia.
La humanidad podrá regularla, discutirla, corregirla, humanizarla, limitar ciertos usos peligrosos e incluso resistirse críticamente a sus excesos. Todo ello será necesario. Pero pretender su desaparición equivale a intentar detener el océano con las manos.
La historia avanza. Y la inteligencia artificial avanza con ella.
No como un demonio mecánico ni como una deidad tecnológica, sino como la más reciente —y quizá más vertiginosa— creación de la inteligencia humana

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