Más allá de los gritos: Colombia necesita grandes socios, no viejas cruzadas

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Pablo Emilio Obando A.

La reciente visita del presidente Gustavo Petro Urrego al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, debería marcar no solo un hito diplomático, sino un punto de inflexión en la manera como Colombia concibe su relación con la potencia global más influyente de nuestro tiempo. En un contexto internacional donde priman las interdependencias económicas y los desafíos compartidos —desde el comercio hasta la seguridad— las consignas anacrónicas de “yanquis go home” o de “Vencer o morir” han perdido no solo vigencia, sino eficacia.

El encuentro en la Casa Blanca —que ambos mandatarios calificaron como positivo y constructivo después de meses de tensiones bilaterales— demuestra que la política exterior pragmática y el diálogo directo entre jefes de Estado son herramientas indispensables para la defensa de los intereses nacionales. Trump declaró que fue una reunión “muy productiva” y que, pese a no conocerse antes, encontró en Petro un interlocutor digno de respeto. Petro, por su parte, calificó el encuentro como “positivo y optimista”, sugiriendo una voluntad real de cooperación.

Colombia ha atravesado momentos difíciles en su relación con Washington: desde la retirada de su certificación como país cooperante en la lucha antidrogas hasta la inclusión del presidente y de miembros de su familia en sanciones que limitaron vínculos financieros y de movilidad. Es evidente que esas tensiones solo debilitaban nuestra capacidad de incidencia internacional y bloqueaban potenciales oportunidades económicas. Pero lo que hemos visto en este viaje es el reconocimiento de que la dignidad de un país no se mide por gritos de protesta, sino por su capacidad de construir puentes, negociar mercados y buscar soluciones compartidas, sin renunciar a la defensa de sus intereses.

Es natural que en Colombia —como en cualquier democracia— existan debates sobre el sentido de nuestra política exterior. Sin embargo, insistir en formas románticas del pasado, inspiradas en consignas de los años sesenta y setenta, nos condena a un aislamiento que ningún avance social sustenta hoy. Los desafíos del siglo XXI exigen pragmatismo, inteligencia estratégica y una visión que entienda que los mercados abiertos, el comercio justo y la cooperación internacional son palancas para el desarrollo.

Estados Unidos sigue siendo el principal socio comercial de Colombia y un socio natural para la expansión de nuestras exportaciones, turismo e inversiones. Esto no es un asunto de alineamientos ideológicos, sino de realismo económico y dignidad estratégica. A través del diálogo con Washington, Colombia puede trabajar de manera más eficaz en áreas cruciales como el combate al narcotráfico —tema central de la agenda bilateral— sin renunciar a su soberanía.

La polarización alrededor de esta visita —incluyendo voces internas y declaraciones virulentas desde algunos sectores políticos tanto en Colombia como en EE. UU.— refleja, en parte, el desgaste de discursos que ya no responden a las realidades globales. Un congresista estadounidense llegó a insultar a nuestro presidente en términos denigrantes, invocando clichés que no solo carecen de fondo, sino que también perjudican la dignidad de nuestra nación. Pero un presidente digno —de cualquier tendencia política— no responde con diatribas, sino con resultados: apertura de mercados, cooperación en investigación y desarrollo, turismo y proyectos de inversión que generen empleo y bienestar para los colombianos.

Asimismo, debemos superar la idea de que la rebeldía y la dignidad se manifiestan solamente en consignas estridentes. La dignidad puede (y debe) expresarse con inteligencia, responsabilidad y visión de largo plazo. Países como Cuba o Venezuela han demostrado, con dolorosa claridad, que la retórica beligerante y el aislamiento no conducen al bienestar colectivo sino al estancamiento económico y la pobreza.
Colombia tiene mucho más que ofrecer al mundo que indignación sin estrategia.

La reunión entre Petro y Trump puede y debe ser un punto de partida para una relación bilateral renovada, basada en el respeto mutuo y la cooperación bilateral, capaz de traducirse en beneficios concretos: acceso a mayores inversiones, fortalecimiento del comercio, apoyo en tecnología, y una lucha conjunta y efectiva contra el crimen organizado que atraviesa nuestras sociedades. El futuro exige alianzas inteligentes, no enfrentamientos estériles.

Hoy, más que nunca, los colombianos necesitamos liderazgos que entiendan que la dignidad no está en aislarnos o en posiciones intransigentes, sino en abrir espacios de diálogo que multipliquen oportunidades económicas y sociales para nuestro país.

Sea quien sea el próximo presidente —de izquierda, de derecha o de cualquier otra etiqueta— este enfoque debe prevalecer. La historia no espera a quienes se quedan anclados en consignas de hace medio siglo; nos empuja hacia la cooperación estratégica, la apertura de mercados y el entendimiento con las grandes potencias mundiales para el beneficio de nuestro pueblo.

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