Por: Tirso Benavides Benavides
Tras una jornada electoral, lo normal es que las redacciones y los analistas se apresuren a trazar balances automáticos, a clasificar ganadores y perdedores con la frialdad matemática que dictan las cifras de los boletines de la Registraduría. Es el imperio del dato escueto. Sin embargo, en la Colombia política de hoy, quedarse únicamente en la superficie de las cifras es un error de lectura. Para entender el verdadero rumbo que tomó el país este domingo, es imperativo escarbar detrás de los números y analizar las corrientes subterráneas que movieron el tarjetón.
Empecemos por los ganadores que certifican las urnas. El gran campanazo de la jornada lo dio Abelardo de la Espriella. Su triunfo no solo reconfigura el tablero electoral, sino que propinó un golpe certero a la credibilidad de las firmas encuestadoras, las cuales erraron de manera sistemática al ubicarlo siempre en un segundo lugar detrás de Iván Cepeda. En la realidad de los votos, la tendencia se invirtió por completo. Por otra parte, aunque se mueva en el terreno de las minorías, el centro político logró una votación respetable que superó el millón de sufragios. Esos votos, por los que hoy ya empiezan a coquetearle desesperadamente desde ambas orillas, demostraron con hechos que Sergio Fajardo no estaba tan dormido ni políticamente extinto como lo pregonaban sus opositores. Hay una resistencia silenciosa que se niega a dejarse devorar por los extremos.
En la otra orilla, el inventario de perdedores es extenso. En primer lugar, Paloma Valencia, quien obtuvo un porcentaje lánguido, absolutamente insuficiente para la representante oficial del partido de Álvaro Uribe. Esta elección evidenció de forma palmaria el ocaso del liderazgo del expresidente. El respaldo popular simplemente escaseó para quien manifestaba en cada plaza pública ser su hija política legítima.
Otro derrotado fue el oficialismo. Desde la izquierda se había planteado de manera abierta esta contienda como un plebiscito directo a la gestión del Gobierno, pues bien, Iván Cepeda y, de su mano, Gustavo Petro lo perdieron en el primer round. Parte de este revés es el cobro directo al triunfalismo desmedido exhibido por la campaña gubernamental en las últimas semanas, donde aseguraban prepotentes que ganarían en primera vuelta. Ojalá este baño de realidad les sirva de lección.
También perdieron las encuestadoras que no acertaron, perdieron los candidatos marginales del tarjetón, y sobre todo perdió Colombia. Perdió el país porque quedó atrapado en el peor de los escenarios posibles: en medio de dos extremos irreconciliables que, en sus primeros discursos de victoria y derrota, ya salieron cargados de epítetos y descalificaciones que no tienen que ver con lo programático. Lo que permite anticipar que estas tres semanas estarán marcadas por una dinámica virulenta que, tristemente, rebajará aún más el nivel del debate político en el país, acercándolo peligrosamente a los niveles de una cloaca.
Hay que ser claros en cuanto al candidato que hoy lidera la contienda. Abelardo de la Espriella no es el representante de una doctrina o una ideología de derecha estructurada —si es que acaso posee ideas propias—. Él es, en esencia, un producto refinado del marketing político que sigue al pie de la letra libretos internacionales que ya dieron resultados con figuras como Donald Trump, Javier Milei o Nayib Bukele, a quienes emula de frente, sin vergüenza y nombra con orgullo en su discurso.
Como bien señaló María Jimena Duzán en una columna reciente, De la Espriella es un engendro político nacido del rechazo visceral al actual presidente, el fruto del odio a Petro y a lo que él representa. Su crecimiento exponencial no se debe a sus propuestas, sino al descontento generalizado frente a un gobierno errático, donde lo más notable ha sido la sombra de la corrupción y la pérdida evidente de la seguridad en los territorios.
Ante el golpe del domingo, la reacción en la izquierda no fue la mejor. Antes que el propio candidato, salió el presidente Petro a denunciar a través de sus redes un supuesto fraude de manera temeraria y sin sustento. Por fortuna, Cepeda se mostró mucho más cauto, manifestando que no existen pruebas de tales irregularidades y que los datos reportados hasta ahora coinciden con los informes de su batallón de testigos electorales. Y es que, a estas alturas, el mandatario se ha convertido en un peso muerto para su aspiración. Tras haber ejercido de manera descarada como jefe de campaña, es hora de que Cepeda haga campaña por cuenta propia.
En medio de ese panorama desolador, quedan tres opciones sobre la mesa: los dos extremos o el voto en blanco.
Esta última opción ha sido demonizada injustamente en Colombia por los sectores radicales, empeñados en tacharla de cobarde o “tibia” para atacar políticamente a Fajardo con el reiterado cuento de las ballenas. Se olvida que el voto en blanco es la manifestación legítima, democrática y digna de quien no comparte ninguna de las opciones en juego. Una herramienta con tal peso constitucional que a nivel local, de llegar a ser mayoría, obliga a repetir las elecciones con candidatos diferentes.
Sobre este tema emerge la amnesia selectiva y conveniente de la izquierda radical. Antes de que se dedicaran a satanizar el voto en blanco, su líder máximo lo promovió. Gustavo Petro, tras ser derrotado en la primera vuelta del año 2010, impulsó con fuerza esta alternativa para la segunda vuelta de aquel entonces. En su cuenta de Twitter quedaron grabados trinos históricos que dan fe de su posición: “¿Desde cuándo el voto en blanco es antidemocrático?” o “un voto en blanco es un voto menos para Santos y para Mockus, pero puede demostrar futuro”. El pez muere por su propios trinos.
El cierre de esta primera vuelta nos deja un panorama triste. Asistimos a una degradación de la democracia donde la mayoría de los ciudadanos no acude a las urnas a votar a favor de un proyecto que represente sus ideas, sino en contra de alguien. Esta polarización no solo rebaja el debate público, sino que ha terminado por romper el tejido social en sus niveles más íntimos y sagrados, quebrando relaciones familiares y personales. Una fractura innecesaria, teniendo en cuenta que en política los extremos son iguales y que mientras la gente se pelea, ellos, tras bambalinas hacen acuerdos, brindan y se dan la mano.



