Pasto, a la espera de Julián De Zubiría: evaluar para aprender, no para castigar

Compartir artículo en:

Pablo Emilio Obando Acosta
Sabemos que a lo largo de nuestra existencia se presentan encuentros que trascienden el protocolo de una conferencia y se convierten en oportunidades para repensar el destino de una sociedad. La próxima visita a Pasto, en febrero de 2027, del reconocido pedagogo colombiano Julián de Zubiría Samper representa una de esas ocasiones en las que la educación debe detenerse, mirarse al espejo y preguntarse si está cumpliendo su verdadera misión: formar seres humanos capaces de pensar, sentir, convivir y transformar su realidad.
La invitación, promovida desde la Secretaría de Educación Municipal de Pasto, bajo la dirección de la doctora Piedad Figueroa y la Subsecretaría de Calidad Educativa, constituye una iniciativa que merece reconocimiento. Acercar a nuestros maestros a investigadores, pensadores y protagonistas de las transformaciones pedagógicas es abrir ventanas al conocimiento, propiciar el diálogo y reconocer que la calidad educativa no se construye únicamente con presupuestos, edificios o dispositivos tecnológicos. Se construye, ante todo, con maestros preparados, instituciones comprometidas y políticas públicas capaces de poner al estudiante en el centro de sus decisiones.
¿Quién es Julián de Zubiría y por qué su presencia resulta significativa?
Cofundador y director del Instituto Alberto Merani, De Zubiría ha dedicado buena parte de su vida a investigar, escribir y debatir sobre los modelos pedagógicos, el desarrollo del pensamiento, la formación integral y los desafíos de la educación contemporánea. Su obra ha contribuido a enriquecer la discusión pedagógica en Colombia y América Latina. Entre sus aportes más conocidos se encuentra la pedagogía dialogante, una propuesta que cuestiona la enseñanza reducida a la transmisión de información y plantea la necesidad de desarrollar conjuntamente las dimensiones cognitivas, afectivas y sociales del estudiante.
Su libro Los modelos pedagógicos: hacia una pedagogía dialogante invita a revisar preguntas fundamentales: ¿qué enseñamos?, ¿cómo enseñamos?, ¿para qué educamos? y ¿cómo sabemos si nuestros estudiantes están aprendiendo? Preguntas que deberían habitar permanentemente las salas de profesores, los consejos académicos y los despachos donde se toman las decisiones educativas.
Porque enseñar no es llenar cuadernos, repetir contenidos ni preparar estudiantes exclusivamente para responder pruebas. Educar significa desarrollar el pensamiento, fortalecer la autonomía, cultivar la sensibilidad y ofrecer herramientas para comprender un mundo complejo. El conocimiento importa, por supuesto, pero importa también lo que hacemos con él y la manera como nos permite comprender al otro, resolver problemas y participar responsablemente en la sociedad.
La evaluación: ¿una oportunidad para aprender o una sentencia escolar?
Uno de los asuntos que merece especial atención en este debate es la evaluación. Durante demasiado tiempo, en numerosas experiencias escolares, esta ha terminado convertida en un mecanismo de clasificación: el estudiante que responde correctamente obtiene una calificación satisfactoria; quien presenta dificultades recibe una nota insuficiente y, en ocasiones, queda señalado como incapaz de aprender.
La pregunta es inevitable: ¿evaluamos para descubrir cuánto ha aprendido un niño o para demostrar cuánto le falta?
La evaluación formativa propone un camino diferente. No significa regalar calificaciones, eliminar las exigencias académicas ni aprobar a todos sin consideración por sus aprendizajes. Significa evaluar para comprender los avances, identificar dificultades, ofrecer retroalimentación oportuna y modificar las estrategias de enseñanza cuando los resultados muestran que algo no está funcionando.
Una nota informa; una buena evaluación, además, orienta. Una calificación puede señalar una dificultad, pero corresponde al maestro, a la institución y al sistema educativo preguntarse qué hacer para superarla.
Aquí aparece uno de los grandes desafíos para Pasto: revisar las prácticas de evaluación, estudiar las causas de la reprobación y establecer estrategias de acompañamiento que permitan a los estudiantes aprender sin convertir sus dificultades en fracasos definitivos.
Perder un año escolar no es un asunto menor. Puede afectar la autoestima, debilitar el vínculo con la institución, retrasar las trayectorias educativas y aumentar el riesgo de abandono. No todos los estudiantes reaccionan de la misma manera, ni toda reprobación conduce a la deserción; sin embargo, estos riesgos exigen respuestas oportunas, humanas y pedagógicamente fundamentadas.
Detrás de cada estudiante que abandona las aulas puede existir una historia que no alcanzamos a escuchar: dificultades económicas, responsabilidades familiares, problemas emocionales, barreras de aprendizaje, vacíos académicos acumulados o una escuela que no encontró la manera de acompañarlo.
Por eso, antes de preguntar por qué un estudiante perdió el año, deberíamos preguntarnos qué hicimos para ayudarlo a aprender. ¿Identificamos sus dificultades a tiempo? ¿Le ofrecimos otras oportunidades? ¿Conversamos con su familia? ¿Ajustamos nuestras metodologías? ¿Activamos los apoyos disponibles?
La exigencia académica y la comprensión humana no son enemigas. Una escuela puede mantener altos estándares de aprendizaje y, al mismo tiempo, negarse a abandonar a quienes encuentran mayores obstáculos para alcanzarlos.
El reto de Pasto: pasar de la reflexión a la transformación
La presencia de Julián de Zubiría debe ser mucho más que una jornada de conferencias, fotografías y aplausos. Debe convertirse en el comienzo de una conversación sostenida entre la Secretaría de Educación Municipal, los rectores, los coordinadores, los docentes, las familias y las comunidades educativas.
Pasto necesita examinar sus indicadores de reprobación y deserción, identificar las instituciones y los grados donde se concentran las mayores dificultades, escuchar a los maestros y conocer las circunstancias de los estudiantes. Necesita fortalecer la evaluación formativa, diversificar las estrategias didácticas, mejorar los procesos de retroalimentación y establecer mecanismos de alerta temprana para evitar que una dificultad académica se convierta en una ruptura definitiva con la escuela.
También necesita reconocer que cada institución tiene una realidad particular. Las soluciones no pueden imponerse de manera uniforme ni reducirse a formatos y exigencias administrativas. Deben surgir de la lectura responsable de los contextos, del conocimiento pedagógico y de la capacidad de los maestros para trabajar colectivamente.
En esta tarea, el liderazgo de la doctora Piedad Figueroa y de la Secretaría de Educación Municipal será fundamental para convertir el encuentro en una oportunidad de formación, reflexión y seguimiento. Los rectores, por su parte, tienen el desafío de promover comunidades profesionales de aprendizaje en las que los resultados académicos no sirvan para buscar culpables, sino para encontrar soluciones.
Y nuestros maestros merecen algo esencial: tiempo para estudiar, espacios para dialogar, acompañamiento institucional y condiciones que les permitan innovar sin sentirse solos ante las dificultades de sus estudiantes.
La calidad educativa no se decreta. Se construye, se evalúa y se mejora.
Educar sin renunciar a la esperanza
La próxima visita de Julián de Zubiría nos recuerda que la educación colombiana necesita menos respuestas automáticas y más preguntas inteligentes; menos obsesión por la calificación aislada y mayor compromiso con el aprendizaje; menos indiferencia frente al fracaso y más responsabilidad compartida.
No se trata de desconocer el esfuerzo, la disciplina ni el rigor. Se trata de comprender que el rigor verdadero no consiste en multiplicar obstáculos, sino en crear las condiciones para que más estudiantes alcancen aprendizajes profundos y significativos.
Cada niño que aprende a pensar, cada adolescente que recupera la confianza en sus capacidades y cada joven que permanece en la escuela gracias a un acompañamiento oportuno representan una victoria de la sociedad.
Que febrero no sea solamente el mes de una conferencia memorable. Que sea el comienzo de una nueva conversación pedagógica para Pasto. Que las ideas se conviertan en compromisos, los compromisos en prácticas y las prácticas en mejores oportunidades para nuestros estudiantes.
Porque una educación de calidad no es aquella que se limita a señalar quién no pudo avanzar. Es aquella que se pregunta, con inteligencia y sensibilidad, cómo conseguir que nadie se quede atrás.
La verdadera excelencia educativa no consiste en tener más estudiantes que pierden menos oportunidades de aprender, sino en construir una escuela capaz de ofrecerles a todos oportunidades reales para aprender mejor.

Comentarios de Facebook

SOBRE EL AUTOR

Compartir en:

NOTICIAS RECIENTES