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Por Daniel Olarte Mutiz ( exclusivo para Página 10)

Recuerdo aquel 1980 en algún lugar de la geografía del mundo donde me conoció y sintió esa desconfianza que asalta a los hombres de experiencia al ver un muchacho joven y aparentemente debilucho queriendo debatir sobre política internacional entre él y el Turco, para luego de hablar un rato reirse y mofarse con una frase que era propia de Jaime Bateman: ” a este chiquillo le falta comer mucho queso costeño ñoooo”. Entonces en mi memoria desfilan personas indelebles que hacen de la historia algo vivo y dinámico y que no les costó mucho trabajo convertirse en parte de la identidad de un pueblo. Antonio Navarro Wolff pertenece, sin duda, a ese reconocimiento que en unanimidad le hacen todos los pastusos, hasta el mismo finado Enríquez Maya, elogiaba su calidad humana y habilidad política .

Tuve el privilegio de conocerlo y estrecharnos en un abrazo, y luego otros más en el transcurso de la vida, pero en ese 1981, en medio de expectativas de aquel proceso de amnistía, que abrió una pequeña ventana de esperanza en uno de los momentos más complejos y dolorosos de nuestra historia política. Desde entonces pude reconocer en él a un hombre singular, de convicciones profundas, inteligencia excepcional y una sensibilidad social que nunca abandonó, ni siquiera cuando las circunstancias más adversas pusieron a prueba su vida, sus ideales y su propia condición humana.

Antonio provenía de una familia económicamente acomodada. Tenía, por su origen y sus posibilidades, la oportunidad de llevar una vida tranquila, alejada de los riesgos y sacrificios de la confrontación política. Sin embargo, escogió un camino radicalmente distinto. En una Colombia donde las posibilidades democráticas parecían clausuradas, después del desconocimiento y el fraude electoral que impidieron el triunfo de Gustavo Rojas Pinilla en 1970, consideró que la lucha armada era una respuesta frente a un sistema que cerraba los espacios de participación y transformación social. Fue una decisión que marcaría para siempre su existencia y la historia contemporánea del país.

Pero si algo definió a Navarro fue su capacidad de comprender que la lucha por la justicia social no podía agotarse en la confrontación. Supo interpretar el momento histórico, entender la necesidad de abrir caminos hacia la democracia y contribuir decisivamente a la transformación de un movimiento insurgente en una fuerza política comprometida con la construcción de una sociedad más incluyente. Su tránsito hacia la vida civil y democrática fue también una demostración de madurez política y de confianza en la posibilidad de construir un país distinto.

Su legado como integrante y protagonista de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991 constituye uno de los capítulos más importantes de su trayectoria. Allí, junto con otros protagonistas de nuestra historia, como Horario Serpa y un reseteado Álvaro Gómez Hurtado, contribuyó a construir una nueva arquitectura institucional para Colombia, ampliando el horizonte de los derechos, la participación ciudadana, el pluralismo y el reconocimiento de las diferencias. Su presencia en aquel proceso fue la expresión de una convicción: que la democracia debía ser mucho más que un mecanismo electoral; debía convertirse en una oportunidad real de dignificación de la vida de los colombianos.

Pero Antonio Navarro no fue solamente un hombre de grandes escenarios nacionales. Su verdadera dimensión política también se reveló en el ejercicio de lo público, particularmente en su relación con Pasto y con Nariño.

Para nosotros, los nariñenses, su paso por la Alcaldía de Pasto y por la Gobernación de Nariño representa un referente difícil de igualar. Su gestión como alcalde quedó inscrita en la memoria colectiva como una de las mejores, si no la mejor, de nuestra historia municipal. Y su desempeño como gobernador constituye, para muchos, uno de los momentos más destacados de la administración pública departamental.

Navarro introdujo una manera distinta de entender el gobierno. Impuso, desde el ejemplo y la exigencia, unos principios que parecían sencillos, pero que en nuestra cultura política resultaban profundamente revolucionarios: transparencia, coherencia, responsabilidad, sentido de pertenencia y, sobre todo, cero corrupción.

No necesitó convertir la administración pública en un espectáculo ni hacer de la política un ejercicio de vanidades personales. Entendió que gobernar era servir, que los recursos públicos pertenecían a la ciudadanía y que la honestidad no era una virtud excepcional, sino una obligación elemental de quien recibe la confianza de la gente. Su mayor enseñanza fue demostrar que se podía gobernar con eficiencia, austeridad, independencia y decencia.

Y hay algo más que difícilmente podrá medirse en indicadores de gestión o balances administrativos: Antonio contribuyó a transformar nuestra manera de mirarnos como pastusos y nariñenses.

Antes de él, nuestro sentido de pertenencia estaba muchas veces acompañado de cierta timidez provinciana, de una suerte de complejo frente a los grandes centros de poder del país. Navarro ayudó a sacudir esa resignación. Nos enseñó, desde su ejemplo y su discurso, que ser pastuso o nariñense no era una condición periférica, sino un motivo de orgullo. Que nuestra historia, nuestra cultura, nuestra inteligencia y nuestra capacidad de trabajo no tenían por qué estar subordinadas a los imaginarios centralistas.

Fue un catalizador de esa particular combinación de dignidad, rebeldía, independencia y orgullo que hoy reconocemos como pastusidad. Nos ayudó a entender que podíamos ser distintos sin sentirnos inferiores, que nuestra voz tenía valor y que Nariño no estaba condenado a ser un departamento olvidado en los márgenes de Colombia.

También tuvo la lucidez y la visión de comprender que la identidad de un pueblo se construye desde múltiples escenarios. Su impulso al ingreso del Deportivo Pasto al fútbol profesional fue una expresión de esa misma sensibilidad. Entendió que el deporte podía convertirse en un poderoso instrumento de cohesión social, de reconocimiento colectivo y de afirmación regional. El Deportivo Pasto no sería solamente un equipo de fútbol: terminaría siendo una bandera, un sentimiento y una manera de decirle al país que aquí también existíamos, que aquí también teníamos sueños y que éramos capaces de competir y alcanzar grandes propósitos.

Su vida tampoco estuvo exenta de tragedias. Sobrevivió a un atentado que estuvo a punto de costarle la existencia y que comprometió gravemente su integridad física. Sin embargo, ni la adversidad ni las limitaciones que le dejó aquella agresión consiguieron doblegar su voluntad. Nunca renunció a sus propósitos, nunca abandonó sus compromisos con la democracia y jamás dejó de defender la equidad, la justicia social y los derechos de los más vulnerables.

Esa persistencia fue, quizá, una de sus mayores grandezas. Antonio fue un hombre que conoció de cerca la violencia, que pagó un precio personal altísimo por sus convicciones y que, aun así, encontró en la política democrática un espacio para seguir luchando por sus ideales. Fue, en esencia, un gran socialdemócrata: lúcido, pragmático cuando las circunstancias lo exigían, pero profundamente comprometido con la igualdad de oportunidades y la dignidad humana.

Hoy, cuando vuelvo sobre aquellos primeros encuentros de los ochentas, cuando recuerdo al hombre, al dirigente, al constituyente, al alcalde, al gobernador y al ciudadano que nunca perdió su capacidad de pensar el futuro, comprendo que su legado trasciende ampliamente los cargos que ocupó y las responsabilidades que asumió.

Antonio Navarro Wolff deja una herencia política, ética y humana. Nos deja la demostración de que es posible pasar de la confrontación a la reconciliación sin renunciar a los ideales; que se puede ejercer el poder sin corromperse; que la inteligencia debe estar al servicio de la sociedad y que el amor por la tierra donde nacimos puede convertirse en una fuerza capaz de transformar la historia.

Los nariñenses tenemos muchas razones para recordarlo. Pero quizá la más importante sea que nos ayudó a sentirnos orgullosos de lo que somos. Nos enseñó a levantar la cabeza, a reconocer nuestra dignidad y a comprender que la pastusidad no es una simple referencia geográfica: es una manera de sentir, de resistir, de disentir y de permanecer fieles a nuestra tierra.

Me quedo con el recuerdo del hombre que conocí en 1980, con su inteligencia, su determinación, su capacidad de liderazgo y esa manera tan suya de mirar más allá de las circunstancias inmediatas. Me quedo también con el ejemplo de alguien que, habiendo podido escoger una vida cómoda, prefirió comprometerse con las causas de los demás y que, después de sobrevivir a la adversidad, nunca dejó de trabajar por un país más justo.

Las personas verdaderamente grandes no desaparecen cuando termina su existencia. Permanecen en las instituciones que ayudaron a construir, en las generaciones que inspiraron, en las causas que defendieron y, sobre todo, en la memoria de los pueblos que aprendieron a reconocerse a través de ellas.

Gracias, Antonio, por lo que hiciste por Colombia, por Pasto y por Nariño. Gracias por enseñarnos que la decencia también puede ser revolucionaria, que la política puede ejercerse con dignidad y que el orgullo de ser nariñense es una conquista que nadie nos puede arrebatar.
Hasta siempre, Toñito.

Tu memoria seguirá caminando por las calles de Pasto, por las montañas de Nariño y por la conciencia de quienes todavía creemos que la política debe ser, ante todo, un instrumento para hacer más digna la vida de los demás.

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