El peso de las certezas

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Por: Armando Rosero

Secretario de Planeación de Nariño

Nariño no se estanca solo por lo que le falta. También por lo que da por sentado.

¿Por qué, pese al esfuerzo de varias generaciones, Nariño sigue produciendo buena parte de lo mismo e invirtiendo en apuestas que no transforman su economía? Las respuestas habituales señalan la falta de recursos, la distancia, el conflicto y la débil presencia del Estado. Todo eso pesa, pero no lo explica todo. Hay una causa menos visible y más difícil de enfrentar: las certezas. «Somos la despensa», «somos periferia», «la frontera es un problema», «esto siempre ha sido así». Se repiten en los discursos, en los planes y en las aulas, y ya nadie las discute. Lo que nadie discute termina gobernando.

En 1993, el geógrafo económico Gernot Grabher estudió el estancamiento del Ruhr, la gran región industrial de Alemania, y encontró una paradoja: las relaciones, las instituciones y las capacidades que habían construido su prosperidad terminaron impidiéndole adaptarse a una economía que cambiaba. Llamó a ese fenómeno lock-in o bloqueo regional, y distinguió tres dimensiones: la funcional, cuando las relaciones productivas impiden explorar nuevas actividades; la política, cuando los acuerdos institucionales protegen lo existente; y la cognitiva, cuando una visión compartida de la realidad limita lo que se considera posible. Con décadas de reconversión industrial, universidades e investigación, el Ruhr salió de esa trampa.

Nariño no es el Ruhr, y el concepto no es un diagnóstico cerrado de nuestra realidad. Es una lente, y vista a través de ella la dimensión que más pesa para nuestro territorio es la cognitiva, porque sostiene a las demás. Nuestras certezas tienen algo de verdad; el problema es que terminaron explicándolo todo. Y producen tres efectos que se repiten generación tras generación: pedimos lo mismo, enseñamos lo mismo y no cuestionamos la realidad.

Pedimos lo mismo porque cada plan, cada gestión ante la Nación y cada conversación con la cooperación internacional termina en la misma lista de necesidades. La inversión se dispersa en proyectos pequeños, visibles e inmediatos, y las transformaciones de fondo se aplazan. La planeación también participa de este círculo, y lo digo desde dentro: los diagnósticos parten de lo que ya producimos y las apuestas repiten los renglones conocidos. La certeza se vuelve política pública sin que nadie la haya votado.

Enseñamos lo mismo porque formamos para lo que producimos, y así terminamos produciendo solo aquello para lo que sabemos formar. La historia se vuelve currículo y el currículo, destino. Por eso nuestro rezago tecnológico rara vez se discute. Otras regiones producen alimentos como nosotros, pero incorporaron investigación, tecnología e innovación, y generan más valor con actividades parecidas. Mientras demos por sentado que nuestra vocación se agota en producir, esa brecha seguirá pareciendo natural.

No cuestionamos la realidad porque el bloqueo se normalizó y se naturalizó. Se normalizó cuando repetir las mismas respuestas se volvió la forma habitual de gestionar el territorio. Se naturalizó cuando empezamos a explicarlo como consecuencia inevitable de la geografía y de la historia. Una condición territorial se convirtió en una sentencia. Nariño tiene una vocación agropecuaria que es un activo estratégico, pero vocación no es destino. El Cerrado brasileño, una región con fuertes limitaciones naturales, se convirtió en una de las grandes zonas agrícolas del mundo tras décadas de investigación pública, aunque con costos ambientales y sociales que también forman parte de su historia. La aptitud de una región no se hereda: se construye.

En este punto, la dirigencia política tiene un papel que nadie más puede cumplir. Congresistas, diputados y concejales no solo gestionan recursos: deciden qué se discute, qué se vuelve norma y qué se considera posible. Por eso son quienes más pueden reproducir las certezas y, también, quienes más pueden romperlas. Una ley, una ordenanza o un acuerdo municipal pueden repetir la lista de siempre o abrir una puerta nueva: orientar la inversión hacia prioridades de largo plazo, crear incentivos para transformar en el territorio lo que hoy sale sin valor agregado, convertir la frontera en plataforma de integración o conectar la universidad con la empresa. Nariño necesita una dirigencia que se atreva a dudar en voz alta de lo que todos repiten.

La misma responsabilidad recae sobre las universidades. Nariño cuenta con 23 instituciones de educación superior con oferta en el departamento, 7 públicas y 16 privadas, y más de 47.000 estudiantes. Es una base importante, pero todavía funciona más como una suma de instituciones que como un ecosistema: cada una forma, investiga y se presenta a convocatorias por su lado, y su relación con las empresas y con el Estado sigue siendo débil. En 2025, más de la mitad de la matrícula se concentraba en administración, derecho, educación y ciencias sociales, y apenas el 2,1 % en ciencias naturales y exactas, la base de cualquier apuesta por la biotecnología o la economía azul.

Construir un verdadero ecosistema educativo significa que universidades, instituciones técnicas y tecnológicas, centros de investigación, empresas y gobiernos compartan prioridades, y que la formación responda a la región que queremos construir y no solo a la que tenemos. La universidad es el lugar donde una sociedad aprende a pensarse; también puede ser el lugar donde aprenda a dejar de repetir sus certezas.

El momento político hace urgente esa tarea. El país discute un nuevo Plan Nacional de Desarrollo (PND), el departamento elegirá nuevos gobiernos el próximo año y crece la relación con cooperantes y embajadas. Son tres decisiones que definirán la próxima década, y en las tres corremos el mismo riesgo: llegar con la misma lista. Si llevamos al PND los proyectos de siempre, la pregunta sobre para qué economía construimos un puerto, un aeropuerto o una carretera quedará sin respuesta. Si las campañas repiten el inventario de carencias, ganará quien mejor lo recite y no quien mejor lo transforme. Y si llevamos a la cooperación las mismas necesidades, recibiremos apoyo para sostener lo que ya somos, cuando lo que más nos falta son vínculos con conocimientos, mercados y experiencias que hoy no tenemos.

Un bloqueo normalizado y enseñado no se rompe con ajustes graduales. Requiere un sacudón. O aprovechamos este momento para cuestionar lo que damos por sentado, o seguiremos siendo limitados en nuestras propuestas: pidiendo lo mismo, enseñando lo mismo y obteniendo lo mismo.

Una región empieza a quedar atrapada cuando confunde lo que ha aprendido a hacer con todo aquello que está en capacidad de hacer. El peso de las certezas está en convertir nuestra historia en destino. Quitárnoslo de encima es una de las condiciones para transformar Nariño.

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