El día de las máscaras sinceras

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Por: Tirso Benavides Benavides

Camino al trabajo me encontré con Mario Bros. Paseaba a Luigi con una correa. Luigi, sin embargo, tenía cuatro patas, olfateaba los postes y parecía resignado a interpretar a ese personaje secundario. Un poco más adelante apareció una familia de ovejas. Llevaban algodón pegado al cuerpo a manera de lana y caminaban por la calle con esa naturalidad que únicamente poseen quienes saben que, por unas horas, lo absurdo está permitido.

Entonces recordé la fecha.

31 de octubre: Halloween, Día de las Brujas, Día de los Niños o como quieran llamarlo. El nombre importa poco. Es el día en que la sociedad nos expide un salvoconducto temporal para ser otros.

Alguna vez fue considerada una celebración infantil. Los niños se disfrazaban, recorrían las casas pidiendo dulces y los adultos asumían la responsabilidad de comprar chocolates, abrir la puerta y vigilar que Batman no se atravesara una avenida. Ahora los mayores han decidido que no hay razón para entregarles toda la diversión a los pequeños.

En las empresas permiten trabajar disfrazados, organizan concursos y premian la creatividad. Hasta instituciones tan solemnes como la Fiscalía y la Rama Judicial parecen, durante unas horas, una realidad alternativa: funcionarios con capas, brujas diligenciando procesos, superhéroes revisando expedientes y algún vampiro junto al archivo. Aunque, pensándolo bien, un fiscal con colmillos quizá no sea la imagen más tranquilizadora.

Es, por supuesto, una fecha comercial. La venta y el alquiler de disfraces se disparan, las vitrinas se llenan de telarañas plásticas y hasta el más modesto accesorio adquiere precio de utilería cinematográfica. El mercado tiene un talento admirable para ponerle etiqueta, código de barras y tarifa de envío a cualquier deseo humano.

Sin embargo, explicar Halloween solamente por la caja registradora sería como explicar el matrimonio por la facturación de las casas de banquetes. Hay negocio, desde luego, pero debajo del negocio existe algo mucho más interesante: la necesidad de abandonar por unas horas la identidad cotidiana.

Halloween no es el carnaval medieval estudiado por Mijaíl Bajtín, pero comparte con él una característica, la suspensión temporal del orden habitual. Durante la fiesta se debilitan las jerarquías, se tolera la irreverencia y aparece una especie de segunda vida gobernada por el juego y la risa. Víctor Turner llamaría a ese momento un espacio liminal, un umbral en el que dejamos de ser completamente aquello que somos, aunque todavía no nos hayamos convertido en algo distinto.

El gerente puede convertirse en pirata; la contadora, en la Catrina; el abogado, en Drácula; y el funcionario que durante el resto del año inspira miedo puede disfrazarse de un personaje amable. A la medianoche termina la licencia y cada uno regresa obedientemente a su cargo, a sus responsabilidades y su puesto en el organigrama. Vuelve a la realidad.

El sociólogo Erving Goffman sostiene que la vida cotidiana ya funciona como una representación teatral. Frente a los demás interpretamos papeles, cuidamos gestos, seleccionamos palabras y tratamos de controlar la impresión que producimos. Tenemos escenarios, públicos, vestuarios y utilería: la corbata, la bata blanca, el uniforme, el carné colgado al cuello, el escritorio que marca una jerarquía.

Halloween no inventa esa representación. Simplemente le pone capa, peluca y maquillaje.

La elección del disfraz tampoco es completamente inocente. Abundan los superhéroes porque a muchos les gustaría sentirse fuertes, admirados y capaces de arreglar en una noche lo que las instituciones no han podido solucionar en años. También abundan los villanos, quizá porque permiten ensayar la desobediencia sin pagar sus consecuencias. Están los personajes de películas y videojuegos, los vaqueros, las brujas, los sacerdotes, los vampiros y las catrinas.

Pero tampoco conviene convertir cada disfraz en una prueba psicológica. Quien se viste de Drácula no necesariamente tiene un conflicto con la sangre, la muerte o la eternidad. A veces, sencillamente, era el único traje disponible en su talla. Freud también merece descansar algunas noches.

Oscar Wilde intuyó que una máscara puede permitirnos decir verdades que el rostro desnudo callaría. El disfraz no siempre oculta: en ocasiones revela un deseo, una fantasía, una rebeldía o una parte de nosotros mismos que permanece guardada durante el resto del año.

Un capítulo aparte merece aquello que el lenguaje popular, con su acostumbrada carga de machismo, denomina el “putidisfraz”: la enfermera, la policía, el ángel, el demonio o cualquier personaje al que la industria le haya reducido la falda, ampliado el escote y agregado unas medias de malla. No es un fenómeno casual. Investigaciones sobre los disfraces comerciales han encontrado que los ofrecidos a las mujeres suelen ser más reveladores y sexualizados que sus equivalentes masculinos. El mercado convierte cualquier oficio o personaje femenino en fantasía erótica y después la misma sociedad juzga a quien decide usarla.

Es un movimiento bastante tramposo, primero se fabrica la expectativa y luego se condena a quien la representa. Superman puede aparecer con músculos de espuma, capa y licra ajustada sin que nadie cuestione su moral. A una mujer vestida de enfermera se le exige, en cambio, explicar si sus intenciones son realmente “sanas”.

Eso no significa que todas sean víctimas pasivas de una industria. Algunas encuentran en el disfraz una forma de jugar con su sensualidad, apropiarse de su cuerpo o burlarse de los códigos que las juzgan. La autonomía personal y el molde comercial pueden coexistir, incluso dentro del mismo traje. Lo que no puede hacerse es convertir un vestido en una confesión, una invitación o un consentimiento.

Disfrazarse puede ser sano. Permite jugar, experimentar otras identidades y suspender momentáneamente la obligación de comportarnos como personas razonables, productivas y perfectamente coherentes. También puede ser insano cuando alguien supone que el personaje le concede impunidad. El traje de policía no entrega autoridad; el de ladrón no concede amnistía; y los cuernos de demonio no derogan el consentimiento ni convierten la noche en zona franca del Código Penal, como suele suceder en las llamadas “motadas” donde cientos de motociclistas salen en caravana adueñándose de las calles.

Aunque gracias la tecnología ahora ni siquiera necesitamos esperar al 31 de octubre para disfrazarnos. Los filtros de las redes sociales son máscaras disponibles todo el año. Algunos son evidentes y divertidos: orejas de conejo, bigotes de gato o rostros deliberadamente deformados. Otros son más discretos: borran poros, afinan narices, aumentan ojos, alargan pestañas y construyen una versión corregida de la cara. Varias investigaciones han encontrado asociaciones entre el uso de filtros destinados a mejorar la apariencia, la insatisfacción facial y otras preocupaciones relacionadas con la imagen corporal. No significa que todo filtro cause necesariamente esos efectos, pero sí muestra que la relación entre la imagen editada y la forma como nos percibimos merece algo más que un gesto de indiferencia.

El filtro es un disfraz sin costuras. La diferencia es que en Halloween todos sabemos que estamos frente a una ficción. Drácula reconoce que no es Drácula y la oveja sabe que debajo del algodón no hay lana. El rostro filtrado, en cambio, suele presentarse como si fuera el verdadero.

Tampoco todas las máscaras de la vida cotidiana son una mentira. Algunas hacen posible la convivencia. El empleado que responde “con mucho gusto” aunque quisiera contestar algo distinto; el jefe que se muestra sereno mientras cada mes hace cuentas para saldar la nómina; el médico que oculta su angustia para tranquilizar al paciente; la familia que sonríe para una fotografía después de discutir. Interpretar un papel no significa necesariamente ser falso. A veces significa cumplir una responsabilidad o proteger a los demás.

El problema aparece cuando olvidamos que estamos actuando, confundimos el personaje con nuestra identidad o utilizamos la máscara para engañar, someter o maltratar.

Mañana Mario volverá a ser un hombre cualquiera y Luigi dejará de pertenecer al universo de Nintendo para recuperar su condición de perro. La familia de ovejas se quitará el algodón, los superhéroes regresarán a sus escritorios y los vampiros guardarán los colmillos hasta el próximo año.

Las otras máscaras, las que llevamos al trabajo, a la política, a las reuniones familiares y a las redes sociales, permanecerán puestas. Tal vez por eso Halloween sea una de las fechas más honestas del calendario: nadie pretende que el personaje sea verdadero.

El 31 de octubre, al menos, la máscara tiene la decencia de mostrarse.

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