Cuando la evaluación deja de ser una nota y se convierte en pedadogia.

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Pablo Emilio Obando A.

La experiencia de la Institución Educativa Municipal José Antonio Galán, en el corregimiento de Santa Bárbara, demuestra que la calidad educativa no se decreta: se construye todos los días, con liderazgo, compromiso y una profunda comprensión del ser humano.

Por lo anterior puedo afirmar, sin temor alguno, que existen instituciones educativas que enseñan desde sus aulas y otras que, además, enseñan desde cada uno de sus espacios, desde sus prácticas y desde la manera como entienden a sus estudiantes. La Institución Educativa Municipal José Antonio Galán, ubicada en el corregimiento de Santa Bárbara, municipio de Pasto, pertenece a esta segunda categoría. Allí, la pedagogía no parece limitarse a los horarios, los tableros o los contenidos curriculares: se respira en los espacios, se reconoce en las relaciones humanas y se expresa en una manera particular de comprender la educación.

Durante la visita realizada hoy, junto con las profesionales de la Secretaría de Educación Municipal adscritas a la Subsecretaría de Calidad Educativa, Janeth Meza Meza, Jéssica Vallejo y Jenny Puerres, tuvimos la oportunidad de conocer de cerca una experiencia que merece ser compartida, analizada y, sobre todo, comprendida en su verdadera dimensión.

La magister María Clemencia Prado Galarza, rectora de la institución, nos recibió con una generosidad que fue más allá de la atención institucional. Nos abrió las puertas de su establecimiento, pero también las de un proyecto educativo que habla por sí mismo. Su recorrido por la institución fue una invitación a descubrir que cada rincón puede convertirse en una oportunidad para aprender, crear, experimentar y crecer.

Encontramos espacios dedicados a la música, el arte, la cultura, la recreación, el juego, la ciencia y la tecnología. Ambientes concebidos para que los niños y jóvenes no sean simples receptores de información, sino protagonistas de su formación. Lugares donde el aprendizaje adquiere sentido porque dialoga con la curiosidad, la creatividad, las emociones y las capacidades de cada estudiante.

Sin embargo, sería un error reducir esta experiencia a la infraestructura o a la belleza de sus espacios. Lo verdaderamente significativo está en la concepción pedagógica que los sostiene y en el liderazgo de quien ha sabido articularlos alrededor de un propósito común.

María Clemencia Prado Galarza es una rectora que conoce su institución, domina los procesos pedagógicos y comprende que dirigir una comunidad educativa implica mucho más que administrar recursos, cumplir calendarios o responder a requerimientos burocráticos. Su liderazgo se expresa en el conocimiento, en la capacidad de orientar, en la cercanía con sus docentes y directivos y en las relaciones que ha construido con las familias y la comunidad.

Una institución educativa no puede vivir de espaldas al territorio que la acoge. Cuando su rectoría logra establecer vínculos sólidos con la comunidad, la escuela recupera una de sus funciones más importantes: convertirse en un referente de encuentro, participación, transformación y esperanza. Esa dimensión comunitaria también se advierte en el trabajo de la rectora Prado Galarza, cuyo aporte trasciende los límites físicos de la institución.

Pero hubo un aspecto que llamó especialmente nuestra atención: la manera como se entiende y se practica la evaluación de los aprendizajes.

Durante demasiado tiempo, la evaluación escolar ha sido asociada casi exclusivamente con una cifra, una calificación o una sentencia que determina quién aprueba y quién reprueba. Hemos terminado, en ocasiones, confundiendo el resultado de una prueba con la totalidad de lo que un estudiante sabe, puede hacer y está en capacidad de llegar a ser.

¿Puede una nota numérica explicar por sí sola el esfuerzo de un niño? ¿Es suficiente una calificación para reconocer sus habilidades, sus avances, sus dificultades y sus circunstancias? ¿Evaluamos para comprender y acompañar el aprendizaje o solamente para clasificar estudiantes?

La experiencia de la Institución Educativa Municipal José Antonio Galán nos invita a formular estas preguntas y a reconsiderar algunas de nuestras prácticas.

Allí encontramos una apuesta por una evaluación integral, predominantemente cualitativa, en la que participan docentes, directivos, estudiantes y padres de familia. No se trata simplemente de cambiar los números por palabras, sino de modificar la mirada: pasar de una evaluación que se limita a registrar resultados a otra que procura comprender los procesos, identificar dificultades, reconocer avances y ofrecer oportunidades reales de mejoramiento.

Esta concepción guarda correspondencia con los propósitos del Sistema Unificado de Evaluación de Estudiantes (SUMEE), entendido como una construcción colectiva, democrática y permanente, orientada hacia una evaluación diagnóstica, inclusiva y formativa.

Evaluar, desde esta perspectiva, significa reconocer los saberes, los conocimientos, las competencias, las actitudes, las habilidades y las capacidades de cada estudiante. Significa comprender qué sabe, qué sabe hacer con aquello que sabe y cómo se relaciona con los demás, cómo convive y cómo construye su propio proyecto de vida.

El aprendizaje no puede reducirse a memorizar contenidos ni a superar una prueba. La educación debe permitir que el conocimiento se transforme en capacidad, que la capacidad se traduzca en acción y que la convivencia se convierta en una práctica cotidiana de respeto y responsabilidad.

Para ello, las técnicas, las herramientas y los instrumentos de evaluación deben guardar coherencia con la concepción pedagógica que orienta la formación. No tendría sentido proclamar una educación integral y continuar evaluando de manera fragmentada; tampoco hablar de inclusión si nuestras prácticas terminan excluyendo a quienes aprenden a ritmos diferentes o necesitan otros caminos para alcanzar sus objetivos.

En la institución José Antonio Galán se destaca, además, el seguimiento permanente de los procesos académicos. El diálogo con los estudiantes y sus familias, la comunicación frecuente con los padres, la revisión periódica de los desempeños y la búsqueda de alternativas para superar las dificultades hacen parte de una dinámica que privilegia el acompañamiento sobre la sanción.

Cuando un estudiante presenta dificultades, la respuesta no consiste simplemente en esperar el final del periodo para comunicarle que ha fracasado. Se procura identificar oportunamente qué está ocurriendo, conversar con quienes pueden contribuir a resolver la situación y construir alternativas de recuperación y mejoramiento.

Esta es una diferencia fundamental: la evaluación formativa no espera a que el estudiante fracase para intervenir; actúa mientras todavía hay tiempo para ayudarlo a aprender.

La institución reporta niveles de pérdida del año escolar inferiores al cuatro por ciento y una deserción mínima, resultados que merecen ser examinados con rigor, atendiendo a los periodos de referencia, las cifras verificables y las condiciones particulares del establecimiento. Más allá de los porcentajes, lo importante es comprender qué prácticas contribuyen a sostener las trayectorias educativas y qué podemos aprender de ellas.

Porque perder un año escolar y desertar no son fenómenos equivalentes, aunque pueden estar relacionados. Un estudiante puede reprobar y continuar en el sistema; otro puede abandonar sus estudios sin llegar a culminar el proceso de evaluación. Detrás de cada situación hay historias, dificultades, oportunidades perdidas y responsabilidades compartidas.

Cuando la escuela no consigue reconocer a tiempo las señales de alerta, el fracaso académico puede convertirse en desmotivación, distanciamiento y abandono. Por eso, la evaluación debe ser también una herramienta de prevención, inclusión y permanencia escolar.

La experiencia de la Institución Educativa Municipal José Antonio Galán no debe asumirse como una fórmula que pueda trasladarse mecánicamente a todos los establecimientos educativos. Cada comunidad tiene características, necesidades y desafíos propios. Pero sí constituye una oportunidad para conocer buenas prácticas, promover el diálogo entre instituciones y descubrir caminos que puedan adaptarse a otras realidades.

Desde la Subsecretaría de Calidad Educativa del municipio de Pasto agradecemos a la rectora María Clemencia Prado Galarza y a su comunidad educativa por la extraordinaria disposición para compartir sus experiencias, explicar sus procesos y permitirnos conocer de primera mano una propuesta que merece atención.

Las visitas pedagógicas tienen sentido cuando nos permiten aprender, contrastar nuestras ideas y transformar las preguntas en acciones. No se trata de llegar a las instituciones para señalar lo que falta, sino también para reconocer lo que se ha construido, valorar el trabajo de los educadores e identificar aquellas experiencias que pueden enriquecer la educación municipal.

Por eso, esta visita constituye una invitación a los rectores, directivos docentes y maestros de Pasto: abramos espacios de conversación, compartamos nuestras experiencias y hagamos de la evaluación un asunto central de nuestra reflexión pedagógica.

Nos preocupa, como comunidad educativa, la pérdida del año escolar y su posible relación con la repitencia y la deserción. No podemos normalizar cifras que comprometan las oportunidades de nuestros niños y jóvenes. Tampoco podemos enfrentar esta realidad únicamente con llamados de atención, informes administrativos o decisiones tomadas al finalizar cada periodo académico.

Necesitamos revisar nuestras prácticas, fortalecer el acompañamiento a los estudiantes, involucrar a las familias, cualificar permanentemente a nuestros docentes y asegurar que los sistemas institucionales de evaluación sean coherentes con una educación inclusiva y de calidad.

El desafío no consiste en eliminar la exigencia académica, sino en acompañarla de mejores oportunidades para aprender. No se trata de aprobar a todos sin considerar sus desempeños, sino de garantizar que cada estudiante encuentre apoyo, orientación y condiciones para desarrollar sus capacidades. La calidad no se mide por la cantidad de estudiantes que reprueban, ni se demuestra aprobándolos a todos, sino creando las condiciones para que aprendan, progresen y permanezcan en el sistema educativo.

Al salir de la Institución Educativa Municipal José Antonio Galán, quedó una convicción: la calidad educativa no es un discurso reservado para los documentos oficiales ni una meta que se alcanza de una vez y para siempre. Es una construcción cotidiana que exige liderazgo, conocimiento pedagógico, sensibilidad humana, trabajo colectivo y voluntad de transformación.

En Santa Bárbara encontramos una experiencia que merece ser reconocida y estudiada. Encontramos espacios que educan, prácticas que invitan a reflexionar y una rectora que entiende que el liderazgo escolar comienza por conocer profundamente aquello que se dirige y por reconocer a las personas que hacen posible la tarea educativa.

Que esta experiencia nos ayude a comprender que evaluar es mucho más que calificar, que enseñar es mucho más que transmitir contenidos y que dirigir una institución es mucho más que cumplir funciones administrativas.

Nuestro gran reto en Pasto es que ningún niño o joven se quede atrás por falta de acompañamiento, por una evaluación que no comprenda sus necesidades o por una escuela que no encuentre la manera de despertar sus capacidades.

La invitación está abierta. Que las buenas experiencias se conviertan en aprendizajes colectivos, que el diálogo sustituya el aislamiento y que la evaluación deje de ser motivo de temor para convertirse en una oportunidad de crecimiento.

Tenemos la certeza de que cuando una institución comprende que cada estudiante es una historia en construcción, la educación recupera su sentido más profundo: formar seres humanos capaces de conocer, crear, convivir y transformar su realidad.

Y esa, sin duda, es una tarea que nos compromete a todos.

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