Por Tirso Benavides Benavides
La familia de Antonio Navarro Wolff informó que murió hoy a las 2:42 de la tarde. La precisión de la hora tiene algo de campanada definitiva, hasta ese minuto estuvo entre nosotros uno de los protagonistas más singulares de la historia política reciente de Colombia. Sus familiares lo despidieron como «el hombre de la paz». Quizás allí esté resumida su vida, aunque una existencia como la suya no quepa completa en ningún epitafio.
Para quienes vivimos en Nariño, Navarro no fue solamente el exguerrillero que firmó la paz, el constituyente o el candidato presidencial. Fue también alcalde de Pasto y gobernador del departamento. Uno de los nuestros, aunque su trayectoria haya terminado perteneciendo a todo el país.
Había nacido en Pasto el 9 de julio de 1948. Antes de dedicarse por entero a la política fue ingeniero sanitario de la Universidad del Valle, realizó estudios de ingeniería ambiental en Inglaterra y ejerció la docencia. Después vendrían el Ministerio de Salud, la Alcaldía de Pasto, la Gobernación de Nariño, la Cámara de Representantes, el Senado y una breve experiencia como secretario de Gobierno de Bogotá.
Pero la vida de Navarro no puede narrarse saltando prudentemente sobre su militancia en el M-19, como si fuera un charco incómodo en el camino hacia la respetabilidad democrática. Se fue para el Eme en 1974 y llegó a ser uno de sus principales comandantes.
El M-19 fue una guerrilla predominantemente urbana que entendió mejor que otras el poder de los símbolos. Robó la espada de Bolívar y convirtió el hecho en una declaración política. En Pasto se llevó los restos de Agustín Agualongo de la iglesia de San Juan, una historia que alguna vez me contó Cayo Romero, también combatiente, el papá de Camilo, con los detalles de quien todavía veía desfilar aquella época delante de sus ojos. Sin embargo, sería deshonesto reducir al M-19 a una colección de travesuras revolucionarias. Junto a los símbolos estuvieron las armas, los secuestros y la toma del Palacio de Justicia. Las acciones teatrales no borran a las víctimas ni convierten la violencia en una aventura romántica. El propio Navarro vivió dentro de esa contradicción: participó de una organización armada y después dedicó buena parte de su vida a demostrar que las diferencias podían tramitarse sin disparos.
En mayo del 85 fue víctima de un atentado en Cali. Según la Comisión de la Verdad, agentes del Estado encubiertos atacaron con una granada a varios dirigentes del M-19. Navarro perdió parte de una pierna y sufrió lesiones que afectaron su manera de hablar. Desde entonces caminó con una prótesis y su voz estuvo marcada por una pronunciación medio atorada que se hizo una marca personal.
Aquella dicción herida se hacía todavía más notoria cuando pronunciaba una de sus frases de campaña: Palabra que sí. No necesitaba impostar la voz. El esfuerzo para decirla terminaba convirtiéndose en una promesa creíble.
El 9 de marzo de 1990, el M-19 firmó la paz y dejó las armas. Carlos Pizarro fue asesinado pocas semanas después, cuando era candidato presidencial. En lugar de regresar al monte, Navarro asumió su candidatura y defendió la decisión de continuar en la legalidad. Era más fácil volver a la guerra, donde todo enemigo parece evidente, que aprender a sobrevivir en una democracia llena de trampas, maquinarias y viejos caciques politiqueros.
Su papel más importante llegaría con la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. Navarro compartió la presidencia con Horacio Serpa y Álvaro Gómez Hurtado: un exguerrillero, un dirigente liberal y uno de los grandes jefes conservadores sentados en la misma mesa. No pensaban igual y seguramente no se caían bien todos los días. Precisamente por eso aquel acuerdo tuvo valor.
La Constitución de 1991 no acabó con la violencia ni convirtió mágicamente a Colombia en una democracia perfecta. Ninguna constitución tiene semejantes poderes. Pero demostró que los contrarios podían redactar juntos unas reglas comunes sin necesidad de eliminarse. En un país acostumbrado a convertir las diferencias en lápidas, no fue un logro menor.
Navarro siguió utilizando los símbolos. En 1994, durante la campaña presidencial, un debate televisado invitó únicamente a Ernesto Samper y Andrés Pastrana. Las terceras candidaturas quedaron por fuera debido a su ubicación en las encuestas. Entonces decidió hacer visible la exclusión de la manera más gráfica posible: se coló en los estudios de Inravisión y apareció en el escenario para reclamar el derecho de las minorías políticas a ser escuchadas. No llegó con un comando armado. Llegó con su propio cuerpo, ocupando durante unos minutos el espacio que se le había negado.
La Corte Constitucional no le dio posteriormente la razón jurídica y reconoció el margen editorial de los medios que organizaron el debate. Colarse en un estudio tampoco puede convertirse en modelo de deliberación democrática. Pero la imagen dejó planteada una pregunta que todavía conserva vigencia: ¿quién decide cuáles voces merecen llegar al país y cuáles deben resignarse a hablar desde afuera de la cámara?
Como alcalde de Pasto, entre 1995 y 1997, puso en práctica una administración de puertas abiertas. Los jueves recibía a representantes de juntas comunales y locales; los viernes, a cualquier ciudadano que quisiera hablar con el alcalde. Las filas comenzaban de madrugada y, en ocasiones, se extendían hasta por más se una cuadra. También atendía inquietudes en un programa radial dominical, cuando todavía gobernar incluía escuchar y no solamente publicar videos en redes sociales.
Durante su administración comenzaron los cabildos y las experiencias de presupuesto participativo, primero en el sector rural y luego en todo el municipio. Navarro entendió algo que a muchos gobernantes les produce urticaria: los ciudadanos pueden opinar sobre el destino de los recursos públicos y, en ocasiones, conocen mejor sus necesidades que los funcionarios sentados detrás de un escritorio.
También quedó un lunar que tiene sigla propia: EMAS. Durante su alcaldía se autorizó y constituyó una empresa por acciones sometida al régimen de derecho privado. Actualmente, la composición accionaria es mayoritariamente privada y, después de operaciones empresariales posteriores, EMAS Pasto terminó dentro de la red de la multinacional francesa Veolia. No sería exacto afirmar que Navarro entregó directamente la empresa a los franceses, porque esa adquisición ocurrió muchos años después. Pero tampoco lo sería desconocer que durante su gobierno se abrió la puerta jurídica y empresarial que hizo posible ese tránsito. Las biografías honestas no necesitan borrar los posibles desaciertos; los reconocen en medio de los errores.
Como gobernador de Nariño, entre 2008 y 2011, volvió a impulsar los cabildos, la participación ciudadana y una manera de gobernar cercana a las comunidades. Podía perder elecciones —y perdió varias—, pero regresaba. Fue un político curtido en derrotas, atentados, divisiones y reconciliaciones.
También pasó fugazmente por la Secretaría de Gobierno de Bogotá durante la alcaldía de Gustavo Petro. Su renuncia fue presentada oficialmente como una decisión personal, aunque eran visibles las diferencias de carácter y de estilo. Por fortuna, estar a la izquierda no convierte a dos personas en gemelos ni las obliga a soportarse indefinidamente.
Ninguna derrota electoral debió golpearlo tanto como la muerte de su hijo Gabriel, quien en 2015 fue encontrado con un disparo en su residencia. Las autoridades investigaron entonces la hipótesis de un suicidio. Navarro, el hombre que había sobrevivido a una granada, a la guerra y a incontables batallas políticas, escribió apenas que estaba «aplastado». Hay dolores frente a los cuales hasta los personajes históricos vuelven a ser humanos, vuelven a ser padres.
Antonio Navarro Wolff no fue un santo y seguramente tampoco habría querido que lo convirtieran en uno. Su vida tuvo armas y votos, aciertos y equivocaciones, victorias y derrotas. Pero su mayor legado consiste en haber recorrido el difícil camino que va de considerar al otro un enemigo al que debe eliminarse, a reconocerlo como un contradictor con quien es posible redactar una Constitución.
Lastimosamente la reconciliación que buscó sigue estando pendiente. Basta entrar unos minutos a las redes sociales para comprobarlo. La mayoría se entristece, pero algunos hasta aplauden su muerte ignorando su historia y sus aportes a la democracia colombiana. Nos deja algo quizá más útil: la prueba de que entenderse con los diferentes es posible, incluso entre quienes alguna vez estuvieron dispuestos a matarse.
A las 2:42 de la tarde se apagó su voz trabajosa. Queda su ejemplo, con todos sus bemoles, recordándonos que la paz no consiste en pensar igual, sino en aprender a vivir con quien piensa distinto.
Palabra que sí.




