Por: Pablo Emilio Obando Acosta
La fotografía que acompaña esta crónica es una imagen creada mediante inteligencia artificial. No corresponde a un registro fotográfico real ni pretende documentar un encuentro que no haya ocurrido. Es, sencillamente, la fotografía que siempre hubiera querido conservar y que nunca tuve. Una recreación imaginada de aquellos encuentros con Antonio Navarro Wolff, cuya publicación responde a un sentimiento de admiración y reconocimiento por una figura que forma parte de la historia política y social de Nariño y de Colombia. Porque hay fotografías que no existen en nuestros álbumes, pero que permanecen vivas en la memoria. Esta es una de ellas: una imagen construida con tecnología, pero inspirada en recuerdos auténticos, en dos abrazos reales y en la gratitud que hoy siento al recordar a un hombre que dejó huella en nuestra tierra.
Lo anterior me permite afirmar que existen recuerdos que adquieren una dimensión distinta cuando la noticia de una muerte nos obliga a regresar sobre nuestros propios pasos. Personas que conocimos en circunstancias particulares, encuentros que parecían pasajeros y conversaciones que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en fragmentos imborrables de nuestra historia personal. Antonio Navarro Wolff pertenece a esa memoria que hoy vuelve a tocar mi puerta.
No fueron muchas las ocasiones en que coincidimos, pero dos encuentros permanecen vivos en mi recuerdo. Dos abrazos, dos escenarios y una historia que, desde mi oficio periodístico, tuve la oportunidad de contar. El primero quedó registrado en una crónica que escribí hace años para DIARIO DEL SUR y cuyo título hoy recupera una significación especial: “El ayuno de Navarro”.
Diciembre de 2008. Nariño atravesaba una de las crisis económicas y sociales más dolorosas de su historia reciente. El fenómeno de las llamadas pirámides, particularmente DRFE y DMG, había comprometido los ahorros de miles de familias. La desesperación se extendía por las calles, los reclamos se multiplicaban y el departamento reclamaba respuestas frente a una tragedia que había golpeado profundamente su tejido social.
Antonio Navarro Wolff, entonces gobernador de Nariño, decidió asumir una posición que trascendió los procedimientos habituales de la administración pública. Instaló una carpa en los patios de la Gobernación y emprendió una huelga de hambre de 48 horas para llamar la atención del Gobierno nacional y buscar una solución para los miles de afectados.
El presidente de entonces era Álvaro Uribe Vélez. Las diferencias entre las propuestas del Gobierno y las exigencias de los afectados dificultaban una salida concertada. Mientras se planteaban alternativas de crédito, las familias reclamaban la recuperación de sus ahorros. Navarro intentaba acercar las posiciones y encontrar una fórmula que permitiera atender aquella emergencia social.
Aquella imagen del gobernador instalado en una carpa, en el patio de la Gobernación, me pareció suficientemente significativa para convertirla en materia periodística. No era simplemente una protesta. Era la expresión de un departamento que reclamaba ser escuchado, de familias que veían desaparecer el esfuerzo de toda una vida y de un gobernante que había decidido poner su propio cuerpo como instrumento de presión y convocatoria.
Escribí entonces una crónica titulada “El ayuno de Navarro”. Lo que ocurrió después constituye uno de los recuerdos más gratos de mi ejercicio periodístico. Antonio Navarro tuvo la gentileza de llamarme para agradecerme el escrito y me invitó a visitarlo en aquella carpa instalada en los patios de la Gobernación. Acepté la invitación. Allí conversamos durante algunos minutos, nos saludamos cordialmente y nos dimos un abrazo.
No fue una reunión protocolaria, tampoco un encuentro de compromisos políticos. Fue, sencillamente, el acercamiento entre un periodista que había intentado interpretar un acontecimiento y un gobernante que había encontrado en aquellas palabras una manera de hacer visible la situación que vivía su departamento.
Ese gesto tuvo para mí un significado especial. Uno escribe muchas veces sin saber hasta dónde llegan sus palabras, quién las lee o qué reacción producen. Pero cuando el protagonista de una historia se toma el trabajo de llamar, agradecer e invitar al periodista, uno comprende que la palabra todavía tiene la capacidad de establecer puentes entre las personas y acercarse a las realidades que pretende contar.
Navarro puso su cuerpo para que Nariño fuera escuchado; yo puse mi palabra para que aquella historia no pasara inadvertida.
No conservo una fotografía de aquel encuentro. No sé si alguien alcanzó a registrar gráficamente ese momento, pero no tengo en mis archivos la imagen que hoy habría querido publicar. Me queda, sin embargo, el recuerdo de su llamada, su invitación, nuestra conversación y aquel abrazo que el tiempo no ha conseguido borrar.
Nuestro segundo encuentro y el connatural abrazo tuvo lugar en un escenario diferente, cargado de historia y simbolismo. La Plaza de Nariño fue el espacio de una ceremonia especial: la llegada de los restos de Agustín Agualongo, en julio de 2010, durante las conmemoraciones del Bicentenario.
Era un acontecimiento que convocaba la memoria histórica del sur de Colombia. Agualongo representa una de las figuras más controvertidas y significativas de nuestra historia regional. Su presencia en la memoria de los pastusos obliga a revisar los relatos oficiales, las interpretaciones del pasado y las circunstancias que marcaron la participación de nuestra región en los acontecimientos de la Independencia.
Antonio Navarro, entonces gobernador de Nariño, estuvo presente en aquella ceremonia. Volvimos a saludarnos y nuevamente compartimos un abrazo. No hubo largas conversaciones ni discursos particulares entre nosotros, pero sí ese reconocimiento cordial que había nacido en nuestro primer encuentro.
Hoy, al recuperar estos dos episodios, encuentro una coincidencia que me resulta especialmente significativa: ambos tuvieron como escenario a Nariño y como trasfondo una preocupación por su dignidad, su historia y su lugar en el contexto nacional.
Uno ocurrió en medio de una crisis social y económica; el otro, en medio de una reivindicación de la memoria histórica. Dos circunstancias diferentes que, sin embargo, permiten comprender la complejidad de nuestra identidad regional.
Aclaro que no pretendo establecer equivalencias entre mi trayectoria periodística y la dimensión de la vida pública de Antonio Navarro Wolff. Sería innecesario. Él recorrió los caminos de la militancia, la confrontación armada, la negociación política, la democracia y la administración pública. Yo, sencillamente, he transitado por los caminos del periodismo, la educación, la escritura, la cultura y la opinión.
Pero encuentro una coincidencia fundamental: la preocupación por la sociedad y por el destino de Nariño. Desde mis columnas he procurado examinar las decisiones del poder, denunciar las desigualdades, defender la educación, reivindicar la cultura y llamar la atención sobre las necesidades de nuestras comunidades. He entendido el periodismo como una responsabilidad pública y no como un ejercicio de complacencia. La palabra debe tener independencia, memoria y capacidad de cuestionamiento.
Navarro, desde su inmensa responsabilidad política, conoció las dificultades de representar a un departamento históricamente relegado en muchas de las grandes decisiones nacionales. Su trayectoria estuvo marcada por la búsqueda de espacios de participación, el reconocimiento de las diferencias y la construcción de acuerdos.
Su vida pública fue compleja y estuvo atravesada por las contradicciones de Colombia. Perteneció al M-19, participó en el proceso de paz, sobrevivió a un atentado que le dejó graves secuelas físicas, fue uno de los copresidentes de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, alcalde de Pasto y gobernador de Nariño.
No fue un hombre ajeno a las controversias de nuestra historia. Las vivió, las protagonizó y, en distintos momentos, procuró transformarlas.
Su tránsito de la confrontación armada a la democracia constituye uno de los episodios que merecen ser examinados con profundidad por las nuevas generaciones. No porque su trayectoria deba estar exenta de cuestionamientos, sino porque la historia también está hecha de transformaciones, decisiones difíciles y posibilidades de rectificación.
Si algo debemos recoger de su trayectoria es la necesidad de perseverar en la construcción de la paz. Una paz que no sea solamente un acuerdo entre dirigentes, sino una posibilidad real para los campesinos, los jóvenes, las mujeres, los trabajadores y las comunidades que durante décadas han soportado las consecuencias de la violencia y el abandono.
Como periodista y educador, considero que la paz también se construye desde las aulas, desde el respeto por la diferencia, desde la formación ciudadana y desde la capacidad de escuchar al otro. No podemos seguir educando para la confrontación mientras reclamamos reconciliación en nuestros discursos. No podemos exigir democracia si no estamos dispuestos a reconocer la legitimidad de quienes piensan diferente.
La historia de Navarro nos recuerda que es posible abandonar las armas y asumir la controversia desde los escenarios democráticos. Ese tránsito no borra las heridas ni resuelve automáticamente los problemas de una nación, pero demuestra que la transformación de los conflictos es una responsabilidad que no podemos aplazar indefinidamente.
Hoy Nariño pierde a uno de sus protagonistas más reconocidos. Pasto pierde a un hijo que alcanzó responsabilidades nacionales y departamentales. Colombia pierde a un hombre que estuvo presente en algunos de los episodios más determinantes de su historia reciente.
Lastimosamente no tengo las fotografías de aquellos abrazos. No quedó el registro gráfico de la conversación en la carpa de la Gobernación ni de nuestro saludo en la Plaza de Nariño. Me habría gustado conservarlas, publicarlas hoy y acompañar estas palabras con aquellas imágenes. Pero la memoria también tiene sus propios archivos, y algunas fotografías permanecen guardadas en ese territorio íntimo donde la vida conserva lo que el tiempo no consigue borrar.
Conservo, en cambio, el título de aquella crónica: “El ayuno de Navarro”. Conservo también el recuerdo de su llamada, su invitación y su agradecimiento. Un gesto que para un periodista tiene un valor particular: saber que una historia escrita con honestidad encontró eco en uno de sus protagonistas.
Quizás esa sea la mejor manera de despedirlo: recordando al hombre que instaló una carpa en los patios de la Gobernación, decidió ayunar para llamar la atención del país sobre el drama de miles de familias y, en medio de una circunstancia política y social tan difícil, encontró unos minutos para conversar con un periodista que había contado su historia.
Hoy no necesito aquellas fotografías para recordar sus abrazos. Los llevo conmigo.
La vida no me concedió las fotografías que hoy quisiera conservar, pero me dejó algo quizá más perdurable: la memoria de aquellos encuentros y el testimonio escrito de una época.
Que tu partida nos invite a mirar nuestra historia sin prejuicios, a reconocer nuestras diferencias sin convertirlas en enemistades y a comprender que la paz no es una herencia terminada, sino una responsabilidad que debemos construir todos los días.
Paz en tu tumba, Antonio. Nariño te recordará.




