Platón: el comunista

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Fotografía: Diego Mauricio Rodríguez

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José Luis Chaves López

Pasear por los jardines de El Liceo se convirtió en la actividad preferida de quienes fueran maestro y discípulo. Después de su formación, éste maduró, dejó La Academia donde su maestro Platón lo formó y levantó su propio lugar de reflexión y pensamiento.

Y hoy, como en tantas otras frescas tardes de verano, se volvían a encontrar para caminar y dialogar. Pero, como últimamente sucedía, la conversación derivó hacia la política. Al fin y al cabo, los griegos eran los precursores de estos procesos sociales.

A este encuentro Platón llegó algo taciturno y Aristóteles intuyó que una situación grave lo inquietaba y por eso, espero a que su maestro iniciara el diálogo y lo que esperaba sucedió; en este día había una gran diferencia respecto al tema y al tenor de su charla de otras ocasiones; incluso, diría que se volvió álgida por momentos.

¿Cuál es la mejor forma de gobierno? Le había preguntado un sofista que lo visitó en La Academia y aunque él le contestó, no se sentía satisfecho con lo que le dijo y por eso buscaba que su discípulo preferido lo reafirmara respecto a la respuesta dada. Aristóteles lo escuchó atento, pero no le respondió directamente, pues tenía otros planes y a través de esta puerta que su maestro le abría, aprovechó la ocasión para refutar a su mentor. Era perfecto el momento y, por eso, después que Platón terminó le dijo:

– Maestro, le dijo, en su libro V de La República usted sostiene que quienes ostenten el poder y gobiernen en su “Estado ideal” deben tener en común “los bienes, las parejas y los hijos”. Usted lo llama “comunismo platónico”.

– Así es, hijo. Pero, parece que a ti esta forma de gobierno no te parece posible de realizar. Te recuerdo que tanto la propiedad privada, como la familia “son fuente de discordia, desunión y dificultades”. Y, los estados no progresan por estos conflictos. Por tanto, hay que eliminarla.

– Pero, ¿es esto una buena idea? Maestro su propuesta es utópica, por tanto, irrealizable. Entonces, ¿qué sentido tiene desgastar a los ciudadanos en un esfuerzo vano? Esta forma de gobierno no es un remedio que solucione los males sociales. Diría que es muchísimo peor que la enfermedad.

Platón no daba crédito a lo que escuchaba. Había ido a La Academia, no sólo por encontrarse con su, ahora, amigo, si no buscando apoyo para volver a responderle al sofista si había otra oportunidad. Detuvo sus pasos y con la mano en la cabeza miraba estupefacto a su discípulo. Sin embargo, como no dijo nada más, Aristóteles continuó:

– Maestro, siguiendo su ejemplo, también escribí un libro, lo llamé La Política y cuestiono la idea que usted expuso en La República.

– Espera hijo, si lees con atención lo que escribí, te darás cuenta que mi maestro Sócrates defiende mi idea y la califica de “revolucionaria”. Te recuerdo lo que él dijo: “Si cada ciudadano considera a todos los de la siguiente generación sus hijos, entonces todos los ciudadanos se ocuparán de todos”.

– Espere maestro, o sea que usted afirma que ¿los padres ya no tendrán preferencias por sus hijos en exclusiva?

– Exacto. Todos se ocuparán de todos con el mismo entusiasmo, “porque todos serán hijos por igual”.

Ahora, quien se detuvo fue Aristóteles; esta idea no cabía en su pensamiento y buscaba la manera menos drástica de refutar a su maestro. Y la encontró… o, al menos eso creía. Entonces, con el realismo irónico que lo caracterizaba, le replicó:

– Maestro, “lo que es común a un número grande de personas obtiene mínimo cuidado”. Dicho de otra manera: lo que es de todos no es de nadie. Entonces, conociendo la naturaleza humana, como usted me enseñó, el resultado de tener todos los hijos en común no es para que “todos se ocupen de todos, si no para que nadie se ocupe de ninguno”.

– O sea, que tú consideras que ¿en vez de hacer lo que le corresponde, cada uno tendrá la idea de que “ya lo hará otro”?

Aristóteles no alcanzó a responderle, pues una ligera llovizna proveniente del mar empezaba a caer mojando sus togas y dejando un sabor salado en los labios. Rápidamente se guarecieron en uno de los quioscos que se habían levantado para ocasiones como esta cuando Aristóteles, peripatéticamente, instruía a sus propios discípulos y algo así sucedía.

– De buena nos libramos. Ibas a responderme, hijo.

– Si maestro. Por ejemplo: “cada ciudadano tendrá mil hijos, y esto no como propios de cada uno, sino que cualquiera será por igual hijo de cualquiera, así que todos se despreocuparán igualmente”.

El argumento era irrefutable y Platón guardó silencio. No podía cuestionar este lógico argumento.

– Maestro, en el momento en que todos los niños son mis hijos, en realidad ninguno lo es. Por tanto, con la propuesta de su comunismo, en lugar de extender la fortaleza de la unión de la familia a toda la ciudad, lo que conseguirá es, simplemente, destruirla y ya está.

– ¿Quieres decir que la consecuencia sería catastrófica porque al no haber ya lazos de parentesco, las agresiones serían constantes, “porque ninguno es de los míos”? Veamos si entendí. En una ciudad en la que ya no exista la familia habrá como resultado mayor violencia…

Eso era, pero Aristóteles no sabía cómo expresar sus pensamientos sin herir la susceptibilidad de su maestro. Se levantó, caminó hacia la entrada del quiosco y mirando hacia afuera continúo diciendo como si pensara en voz alta:

– Y, si de suprimir la propiedad privada se trata… no olvide que uno cuida mejor de lo que es suyo. Ya se lo dije antes, “lo que es de todos es de ninguno” y, por tanto, recibe muy poca atención.

– El trabajo, continuó diciendo, es otro punto de reflexión. Se volvería foco de recelo, pues si trabajando menos recibo lo mismo que el que trabaja más…

– Pero, mi propuesta es eliminar la propiedad privada.

– Esa es una propuesta equivocada, maestro, con mi más grande respeto. Tenga en cuenta que, si se le elimina a un ciudadano la posibilidad de tener ciertos bienes en privado, por ende, se elimina también la posibilidad de ejercer sus virtudes como persona, por ejemplo, la generosidad. “Si todos los bienes son de todos, yo no puedo ser generoso con lo que es mío, porque no hay nada que sea mío”.

– Quieres decir, hijo, que las personas ya no harán favores, ni ayudarán…

– Eso es, “el hacer favores y ayudar a los amigos, huéspedes o compañeros es la cosa más agradable, y esto sólo se hace si la propiedad es privada”. Por consiguiente, con la comunidad de bienes se les impide a los gobernantes ejercer las virtudes de una vida humana plena. Por tanto, maestro, su propuesta debe ser planteada de manera contraria, pues cada quien está más motivado para cuidar de lo que es suyo.

– ¿Qué propones, hijo, entonces?

– Maestro, “la propiedad privada debe ser en cierto modo común, pero en general privada”.

En este momento se detuvo el diálogo porque llegó la hora de degustar un vino proveniente de los viñedos de Esparta y, como Aristóteles sabía que este licor a su maestro le gustaba, dio por finalizado este encuentro diciendo:

– Tanto la propiedad privada, como la familia, vienen de tiempo del que no tenemos cuenta, entonces si existiera una alternativa mejor que éstas ya la hubiésemos encontrado, pues, “casi todo ya está descubierto”. A su salud, maestro.

Aristóteles es un pragmático, no un idealista. Pero, no todo se le va en crítica. El mejor sistema de gobierno, propone él, tiene como base a la familia, que unida a otras, forma la “Polis”. Para que todos tengan una vida buena, se desarrollarán las virtudes y ésta sólo es posible si se vive en una comunidad democrática.

– Bueno planteamiento, hijo. Pero, esto será motivo de otro diálogo en otro día, pues para mi edad y con estos vinos, por hoy es suficiente…

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