“Relatos desde Urabá”, de Juan Mares

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Para un resto grande de colombianos, las tierras que circundan el Golfo de Urabá son aún exóticas, llenas de leyendas y de mitos ancestrales (quizás algunos transformados en los actuales); de misterios originados en la mezcla de culturas negra e indígena; de historias de la invasión española de fines del siglo XV (ahí estuvo otra de las puertas de entrada a  nuestro continente); de la historia trágica actual de nuestro país debido a la riqueza bananera y de minerales (masacres causadas por fuerzas regulares e irregulares -sea entre sí o contra habitantes indefensos y humildes-); pero tierra también de grandes deportistas y de muchas cosas más y así podría continuar; por espacio dejo aquí.

Es desde Urabá desde donde Juan Mares, nos entrega parte de su colección de experiencias en el libro que hoy reseño. Tengo claro, eso sí, que intentar explicar quién es Juan Mares, da para otro relato exótico, un paisa de corazón increíble y voy a tratar de esbozarlo brevemente.

Lo conocí en los talleres de escritores de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín (entre los aciagos ochenta y noventa de las bombas en sus calles) que dirigían por separado Manuel Mejía Vallejo el uno y el poeta X-504, el otro. Mi recuerdo de la primera vez que lo vi se remonta a la imagen de una infaltable e interminable Coca-Cola litro y medio que usualmente cargaba en su mano siempre bondadosa, que la sacaba de su descomunal mochila de cabuyas crudas, para compartirla con sus amigos a pico de botella, junto con sus historias y su bonhomía. Supe luego que era (y sigue siendo) un campesino de Quebradarriba, vereda de Guatapé (Antioquia). Que tomado como remiso en una calle de Apartadó, caribe antioqueño, debió prestar servicio militar en la IV Brigada de Medellín, tiempo que aprovechó para adelantar su escuela primaria, siempre pospuesta por la errancia y los problemas económicos de su familia de 13 hermanos. Que terminado su servicio, migró como campesino a Tierralta, (Córdoba) y de ahí a trabajar por 15 años en alguna de tantas empresas bananeras de Urabá. De allá llegó como enfermo de urgencia terminal -luego milagrosamente convaleciente- al Hospital La María (hoy el General), de Medellín, a causa de un accidente que casi se lo lleva en alguna de sus labores obreras, “cuando se me cayó media bodega encima” dice. La larga convalecencia la aprovechó con su asistencia a los talleres literarios mencionados y comiendo caldos de cerebro y ojos de buey o de vaca y huevos entremezclados en esas sopas que le preparaba su madre (que merece otra reseña junto a su padre), “para que coja fuerzas de nuevo”, mijo. En Medellín, su familia también vivó una errancia de barrios populares, similar a la que antes los había llevado a deambular por una amalgama de tierras caribeñas (viviendo un tiempo a expensas de las ayudas alimenticias mensuales de los Cuerpos de Paz gringos, mientas su padre había desaparecido inexplicablemente por un año) y antioqueñas, hasta que su padre se adueñó de un solar que servía como botadero de basuras entre los barrios Castilla y Castillita y le levantó los muros de la casa familiar.

En las bananeras, desempeñó todas las tareas “menos administrar ni desmanchar”, dice. Cuando digo todo es todo. Validada su primaria (a los 26 años) hizo un bachillerato nocturno en Medellín (diploma a los 46 años, 1996); de ahí estudió una licenciatura en letras en la Universidad de Antioquia, Medellín (diploma a los 51 años, 2002), de manera semipresencial. Para su estudio universitario, con más de 46 años, madrugaba en una bicicleta desde Apartadó a Turbo cada fin de semana; ida y vuelta por 6 años. Sin terminarla aún, se dedicó desde entonces al magisterio y a la labor cultural en el Golfo, el caribe antioqueño, donde ya había fundado -como buen paisa- el taller literario Urabá Escribe que funciona desde 1985. En ese mismo Urabá al que hacía años había llegado como chapeador de canales y botalones, empacador, sellador, cartonero, barcadillero, cunero, empinador, cortador, garruchero, auxiliar de deshoje, embolsador, regidor de abono, regador de rechazo de boleja, lavador y empacador de fruta, gurbiero, etc. (explicar cada actividad requiere espacio adicional prolongado); es decir desempeñó todas las labores del banano -menos las de desmanchador ni administrador- en algunas de las empresas de la región, y allá mismo, después de años y años, y cuando ya poseía sobre su pecho la licenciatura en Letras de la U de A y trabajaba entonces como profe, tallerista de literatura y líder cultural de casi toda la zona de Urabá, fue seleccionado por el Canal Caracol de televisión, como uno de sus Titanes de 2019.

Por correos de brujas (o amigos, que es lo mismo) se sabe que hay algunos de los antiguos compas de los talleres de La Piloto (varios de los cuales aún deambulan tragándose el aire diurno y nocturno de las calles de Medellín) que han viajado a visitarlo por un fin de semana y que se han quedado semanas y hasta meses y meses, a sabiendas de que Mares respondería por su manutención y techo, como así ha ocurrido. Su quehacer poético, también, dio mérito para asistir en dos ocasiones a hacer lecturas de su obra, en el recinto magno de la Universidad de Salamanca (España).

Su última obra es “Pirontes, Poteas y Musirontes. Relatos desde Urabá” (Medellín, 2022, Editorial Unaula) que, como señala su subtítulo, se trata, en algunos casos de una recopilación de tradiciones que corren parejas entre los lugareños de los diferentes pueblos y campos de los tres departamentos -Antioquia, Chocó y Córdoba- con asiento en esas tierras. P. Ej. “El mango en el corazón”, corresponde a la ternura de una fábula de amor juvenil en donde su autor recrea el relato con un vocabulario propio de como a él le contaron el mito. Como no hay un glosario, el lector debe deducir sus equivalentes; varios relatos quedan así. Hay más historias de amor, claro, de amores diferentes, como cifradas cartas de amor (“Nada como verla y nadear”) o evocaciones con destinataria también cifrada (“La marca indeleble”). “Emy” se detiene en un fragmento de la dura vida de algún obrero bananero que también celebra en la noche, la llegada a sus cuarenta años, en medio de su soledad y la discriminación gay. En otras ocasiones es la dureza de la vida diaria, la común y corriente de Urabá, casi siempre más cercana a la muerte (“El chirinete”). En este tipo de relatos de la violencia actual, no entra en disquisiciones filosóficas ni políticas; con sutileza nos muestra su punto de vista. “Cometí un error” nos habla de la dantesca situación de vida y muerte tan hermanadas en esas tierras a las que la producción bananera y la extracción minera la convirtieron en tierra de ejércitos, en donde son lo mismo las fuerzas del Estado y las de los otros de diferentes bandos, amangualadas o adversarias, para el crimen o la muerte. Igual tragedia ocurre con “Crónica desde la aldea”, pero con diferentes protagonistas. “Candó” nos habla de la sabiduría popular ancestral, una imbricación de sapiencias indígena africana. “La tres tetas” es el relato de una mujer valiente que sin más armas que su ser mujer, logra vengar el homicidio de su hermana, mesera de un bar.

A pesar de que no todos los relatos son “desde Urabá”, como lo señala su autor en el subtítulo, se convierten en un testimonio que “desde allá” los cuenta alguien que llegó “desde acá” a formar parte de “los de allá”, con la visión del forastero que se vuelve raizal. 13.II.24

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