Los Comuneros del Sur – Levantamiento del pueblo Pasto en 1800 –

A la memoria de mis abuelos, D. Leonor Castro Villaquirán

túquerreña de pura cepa

y D. Guillermo Bustos Castro

quien me enseñó a amar nuestro Sur. 

 

Durante la Conquista, la mayoría de los pueblos indígenas o vernáculos debieron enfrentar una dura resistencia contra los invasores europeos, españoles principalmente, quienes, aprovechando los adelantos tecnológicos que éstos habían copiado de los pueblos árabes, se imponían mediante el uso de armas y de elementos que eran entonces desconocidos para los indígenas. Pero así mismo aprovechaban la supuesta sumisión ante una verdad manifiesta, como supuestamente creían que era la religión católica, desconociendo que se iniciaba un sincretismo que terminaría por forjar una religión ecléctica, donde se ocultaban los sentimientos religacionales de una religión más animista, fundada en la realidad natural antes que en pantomimas metafísicas.

El descontento indígena, negro, inclusive de españoles contra españoles no se dejó esperar y las insurrecciones surgen por doquier. Caso nominal es el del Perú, cuando Francisco Pizarro quería convertirse en Rey del imperio Inca y desconocer a las autoridades españolas. Pero son las revueltas de los comunes las que terminarían por definir el futuro del continente americano.

 

Como “movimientos comuneros” se conoce una serie de levantamientos populares, que tuvieron lugar entre 1780 y 1783 en la América Meridional hispánica. El objeto de su justa ira era protestar contra la dura situación económica social que soportaban los leales vasallos de la corona española, al verse afectados sus escasos intereses por la política de régimen arancelario que día a día se hacía más odiosa, pues su economía autárquica no les permitía soportar sobre sus espaldas los crecidos gastos del régimen burocrático imperial y el pie de fuerza militar que debía vigilar las fronteras se los vastos territorios coloniales españoles contra las asechanzas permanentes del capitalismo naciente amparado en las potencias enemigas otrora de los Hasburgos y de los Austrias y ahora de los Borbones”[1].

 

 

Sin embargo hay otros antecedentes que pueden rastrearse a la inicial Colonia, y que aquí mostraremos brevemente.  El indígena, contrario a lo que se piensa o se ha enseñado, siempre se resistió al invasor. Bien con su propia actitud, prefiriendo morir de hambre antes que dejar su tierra y su labranza, o prefiriendo el suicidio, incluso colectivo, antes que el abandono de sus creencias y rituales, entonces satanizados por el fanatismo religioso de curas doctrineros y frailes impostores y lejos de la misión cristiana fundada en la fe y en la caridad.

 

Pero también se levantó en armas, se organizó y propuso una organización para recuperar lo perdido, así lo demuestra la cacica Gaitana en territorios del Huila, o Lautaro dentro de los legendarios Araucanos de Chile, así como el movimiento continental iniciado por Tupac Amaru, tratando de restablecer la dignidad del Inca en el Perú.  A esto sumamos los de los Comuneros del Paraguay (1724), la rebelión de Santos Atahualpa (1742), el motín de Cochabamba (1730), el de los Catarí (1780), entre muchos otros.

 

Los movimientos comuneros reventaron como pólvora por amplios territorios de  la América hispánica, con diferentes características y con sus propias singularidades. El de Tupac Amaru, de carácter totalmente indígena, cuyo origen puede rastrearse al 4 de noviembre de 1780, en Tungasuca, donde ahorcaron al corregidor Arriaga,  buscaban, como se ha dicho, el restablecimiento del Imperio Incaico mediante la expulsión del invasor. El de Socorro, en la Nueva Granada, de carácter mestizo, cuyo primer motín se presentó el 16 de marzo de 1781, que buscaba el trato de iguales para americanos y españoles, así como por el bienestar social y cultural de indígenas y esclavos, estos últimos jugaron un papel fundamental, ayudando a los levantamientos en las haciendas de Santander, Antioquia y Cauca, hasta el punto que en 1782 organizaron un movimiento negro en Antioquia, en donde cerca de cinco mil negros de Rionegro, Marinilla y Medellín, tenían proyectado levantarse y fundar una verdadera república Cimarrona.

 

En la propia San Juan de Pasto, realista y católica como la más, también se presentaron sucesos que hablan de levantamientos comuneros, el Teniente General de la Gobernación de Popayán, José Ignacio Peredo, llegó a la ciudad con el fin de instaurar el estanco para el aguardiente y el tabaco, lo que motivó el descontento de los pastusos, buscando éste resguardarse en tierra de los Pastos, los habitantes de la ciudad lo alcanzaron y le dieron cruenta muerte el 21 de junio de 1781 en Catambuco. El 7 de noviembre de 1781, en Tumaco se presenta otra levantamiento comunero, cuando el pueblo se reúne frente a la casa del Teniente de Gobernador, Modesto Ramón Gómez, a quien aprisionan y nombran en su lugar a Josef de Vallejo, permitiendo éste que los comunes se organizaran, al punto que el negro liberto Vicente de la Cruz se convirtió en líder del movimiento, para sembrar posteriormente el terror en la región, ya que expulsaba a todo forastero de la isla, exigiendo contribuciones, a españoles y extranjeros, para su movimiento. Finalmente, es apresado en 1782 y confinado a las fábricas de Cartagena. 

 

El pueblo más organizado y numeroso, el de los Pastos, que ocupara entonces territorios en la provincia del Carchi, al norte del Ecuador, y el departamento de Nariño, al sur occidente colombiano, no fue ajeno a dicha pretensión libertaria. No tan sabida es la posición del Gobernador indígena de San Pedro Mártir de Ipiales, don Pedro de Henao, quien jurídicamente buscó que su resguardo no fuese diezmado con el exilio de sus miembros, quienes eran conducidos a otros territorios para ser explotados en minas y siembras en lugares ajenos a su territorio, viajando a España en 1584, conduciéndose ante el propio Felipe II para que fuesen escuchadas sus solicitudes, obteniendo del Rey que se prohibiesen las servidumbres personales de los indígenas así como que se tasara el salario de los indígenas por el trabajo hecho para los españoles.

 

El Gobernador indígena de Cumbal, don Juan Chiles, también dejó enseña en la escuela que hoy se conoce con su nombre, dando pautas de convivencia, pero también de una resistencia fundada en el lenguaje y en el comportamiento con los invasores, atendiendo a una cosmovisión propia de este pueblo, en donde convergen naturaleza y espíritu, como complemento de un mundo anímico muy particular[2]. Juan Chiles es la columna vertebral del indígena nariñense en épocas de miedo. Nació en Chiles, descendiente de Caciques, a finales del siglo XVII. Se forma en un medio de luchas sociales propias para reivindicar tierras y heredades.  

           

Esta es la herencia que llevaría a que a finales del Siglo XVIII, miembros del pueblo Pasto se revelen contra la imposición de nuevas cargas fiscales, de impuestos que grababan sus productos, particularmente contra los hermanos Rodríguez Clavijo, quienes tuvieron la tarea de llevar a cabo dicha imposición.

 

Los hermanos Rodríguez Clavijo.

 

Después de los sucesos acaecidos en 1781, con el asesinato del Teniente Peredo por parte de una turba embravecida, las élites españolas no perdonarían el levantamiento, ni obviarían la imposición de más y más impuestos. Es así como en 1796 son enviados, por la Real Audiencia de Quito, los hermanos Vicente, Martín Rafael y Francisco Rodríguez Clavijo, provenientes de Cartago, para el recaudamiento de diezmos. Francisco es nombrado corregidor, al respecto anota Germán Arciniegas:

 

Estos son los corregidores, pues, que inventaron los reyes, dizque para poner una especie de ángeles custodios, según reza la política Indiana de Solórzano, que protegiesen a los indios. El tributo es una pesada carga para el indio: pero es carga insufrible, además, bajo el látigo del corregidor. Crecen a un tiempo las tasas que fija el rey, y las que inventa la avaricia del corregidos, pero quien primero muerde den las carnes del indio es quien está más cerca de él, y éste es el corregidor.[3]

 

Los hermanos Rodríguez Clavijo buscan sólo el favor para sí mismos, hasta el punto de volverse déspotas, tiranos y opresores del pueblo Pasto, pasando entonces a la posteridad con el despectivo nombre de Los Clavijos. Anastasio es  elegido diezmero y reciben el estanco del aguardiente Caraguasca, colgando de las vigas de la propia casa real de aguardientes a quien se opusiera a dicho monopolio. Francisco llegó a acumular un poder tal, que estaba por encima del Cabildo de San Juan de Pasto, ya que además de ser corregidor de los Pastos, fue nombrado administrador de las rentas de aguardiente, tabaco, pólvora, papel sellado y naipes, recolector de la alcabala, además de incursionar en prósperos negocios de ganado y textiles.

 

Francisco, fue destituido por el Gobernador del cargo de Corregidor, pero afanosamente, parece ser que por compra del cargo, el virrey Ezpeleta lo reincorpora nuevamente en sus antiguas funciones, aun en contra del propio gobernador y del sentir del pueblo Pasto. En agosto y septiembre de 1799 los habitantes de Ipiales se sublevan contra éste, huyendo hacia Túquerres. Melchora Igués, indígena principal de dicha localidad, insta para que se subleven en motín.

 

Los Pastos se quejaban permanentemente de los desafueros cometidos por los Clavijos, principalmente por Francisco, a quien acusaban de:

 

No pagar a los indígenas por el trabajo realizado, maltratos, abusos contra mujeres, extorsiones, un mayor porcentaje por el cobro de la alcabala, la obligación que tenían los comerciantes de comprar tejidos a bajo precio que luego revendían a altos costos –lo que significaba que pagaban un reducido valor por los tejidos elaborados por las indias-, el porcentaje que obtenían por obras públicas, dirigían juegos prohibidos ilegales, se aprovechaban de las personas que tenían que recurrir a ellos como usureros y robaban dinero de la Corona, se inventaban nuevos impuestos.[4]

 

El levantamiento

 

El 18 de mayo de 1800, en Guaitarilla, distante 15 km. de Túquerres, el cura Bernardo Eraso da lectura al documento denominado “Recudimiento de Diezmos”, donde se anunciaba que además de grabar el ganado mayor, ganado menor, papas y cereales, se extendería el cobro a cuyes, legumbres, quesos, frutas, huevos, cebada, lana, caña de azúcar, así como sobre porcinos y aves,  ante lo cual las indígenas Francisca Aucu y Manuela Cumbal, arrancan de la mano de éste el decreto, lo rompen e instan a sublevarse a todo el pueblo, nuevamente alzando voz en cuello para alentar gritando, ¡Viva el rey, muera el mal gobierno!  Éstas, por orden de Francisco, son apresadas. El principal de Guaitarilla instó para que se pidiera ayuda a los indios de Chaitán. Aprovechando los chasquis, convocaron a los Pastos de Sapuyes, Imues, Chaitán, Yascual y Túquerres, para liberar a las prisioneras y para exigir la suspensión del cobro de diezmos. 

 

Ya en Túquerres, el 19 de mayo, el indígena Lorenzo Piscal, dirigió el asalto a la casa real de aguardientes, en tanto que la india Paula Flórez iniciaba la escaramuza gritando: “¡mientras esta casa de los diablos exista, no hemos de tener paz!”  El cura Ramón Ordóñez trató de apaciguar los ánimos mediante procesión con el Santísimo, sin embargo el pueblo furibundo hizo caso omiso del acto ceremonial, al contrario, arrebataron la Custodia y animaron con ella a seguir la sublevación. Temeroso el cura de su vida y de la de los Clavijos, insta para que estos se escondieran en el templo.

 

El 20 de mayo, los comunes, alentados por Ramón Cucas Remo y Julián Carlosama, se dirigen al templo, en donde se encuentran Francisco, Atanasio y Martín Rafael. Mientras Martín Rafael escapaba disfrazado de mujer, los dos primeros fueron asesinados dentro del mismo templo por la furiosa turba. Ahí fueron golpeados a garrotazos y muertos por lanza. Sus cuerpos fueron arrastrados hasta la plaza, en donde fueron despedazados y humillados hasta el cansancio, para finalmente ser enterrados, a medio día,  a un costado del templo. Los motines continuaron, no perdonaron estanquillo de aguardiente, violentaron todo aquello que les recordaba la imposición de un orden señorial que no era el suyo. La revolución se regó como polvorín en tierra de Pastos, en Guachucal y Sapuyes el 20 de mayo, nuevamente retornan a quemar el estanquillo en Guaitarilla el 21 de mayo, en Carlosama queman los estancos de aguardiente y tabaco el 23 de mayo, igual sucede en Guabo y Colimba, el 24 de mayo rompen vasijas de aguardiente en Cumbal, igual en Ipiales el 25 de mayo. 

 

Posteriormente viene la intervención militar de San Juan de Pasto y Tulcán, luego las investigaciones judiciales pertinentes por parte de Quito, Popayán y Santafé. El Virrey de la Nueva Granada, Pedro de Mendinueta, envía al gobernador de Popayán, Diego Antonio Nieto, para reducir a los indígenas y castigar a los autores de los desmanes. Casi tres años durarían las pesquisas judiciales, para ser condenados al presidio en Cartagena y Chagres (Panamá) o al destierro Jerónimo de la Cruz, Bernardo Vaca, Manuel Santander, Mariano Cerón, Baltasar Tutistar, Pedro Valenzuela, José Betancur, Sebastián Sapuyes, Francisco Naspucíl, Nicolás Asamasa y Eusebio Quiñones. Al garrote y al escarnio público las mujeres Paula Flórez, Francisca Aucu, Manuela Cumbal, Liberata Morangal, Josefa Bolaños y Fulgencia Chaucanés.

 

En San Juan de Pasto, el 22 de noviembre de 1802, en la plaza mayor, se llevaron a cabo las ejecuciones de Lorenzo Piscal, Julián Carlosama, Ramón Cucas Remo y Marcelo Ramírez, cabecillas de los comuneros del Sur. Sus cuerpos fueron descuartizados, cuyas cabezas, como escarmiento público, fueron repartidas así: las de Cuca Remo y Carlosama, en la plaza de Túquerres; la de Piscal, frente a la Real Fábrica de Aguardientes; y las cuatro manos de los dos primeros en la plaza de Guaitarilla.

 

Hay mucho que resaltar de esta gesta revolucionaria Pasto, sin embargo nos detendremos en una circunstancia que nos parecen paradigmáticas para la propia vida y desarrollo de la vida nariñense: la participación de la mujer en el levantamiento de los Comuneros del Sur. Curiosamente, y aparejando lo sucedido con la epítome de las revoluciones comuneras en Colombia, como lo es la de los Comuneros de Santander, también la mujer Pasto toma el papel de gestora e impulsora del levantamiento. Melchora Igués, Paula Flórez, Francisca Aucu, Manuela Cumbal, Liberata Morangal, Josefa Bolaños y Fulgencia Chaucanés, parecieran reproducir lo hecho por una Manuela Beltrán en Socorro nueve años antes.

 

La mujer Pasto ocupa un lugar destacado, partiendo de su mito germinal, en una cosmovisión fundada en un dualismo que posibilita el mismo universo: el aquí y el allá, el centro y la periferia, lo alto y lo bajo, el mundo y el submundo, no en una dialéctica que niega lo uno para que se posibilite la existencia de lo otro, sino en un entramado en donde, como bien lo manifiesta el símbolo de la espiral, presente en petroglifos y orfebrería antiquísimos, se conjuga lo uno subsistente con lo otro, no negándose, sino complementándose.

 

Los mitos germinales parten de reconocer el aporte de lo masculino y lo femenino para la creación del pueblo Pasto, por ejemplo, en Cumbal se cree que el ser humanos surgió de la unión del cerro Cumbe y de la laguna la Bolsa. De ahí que en este pueblo sea normal hablar de cacique y cacica, ambos con iguales derechos y deberes, así, por ejemplo, “la comunidad de Pastasa (hoy Aldana) surgió del matrimonio entre el cacique Pastás y la cacica Ancayllá que vivía solo en la parte de arriba (del actual resguardo) y la cacica que vivía en la parte de abajo. Igualmente, la comunidad de Muellamués tuvo su origen en el matrimonio del cacique de arriba, Don Diego Muellamués y la cacica de abajo, Doña Aurora Cerbatana”[5].

 

Pese a que no hayamos encontrado un estudio sociológico sobre el papel de la mujer en el pueblo Pasto, podemos intuir que, aunque aparentemente esté relegada a las labores del hogar, participa en la labranza y la cría de animales, también participa activamente en actividades que impliquen tomar decisiones importantes para su comunidad. No es raro, aun hoy en día, encontrar mujeres Gobernadoras en los diferentes resguardos. La mujer Pasto participa activamente en la elección de Gobernadores de Cabildo, así mismo está presente en las luchas de reivindicación de tierras y heredades. Con esto queremos decir que el papel de la mujer Pasto en el levantamiento de 1800, obedece a una circunstancia cultural de este pueblo, donde se reconoce la experiencia de la mujer como madre y por ende como educadora, como propagadora de ritos y creencias. La mujer, así como el hombre, entre más ancianos más sabiduría representan, de ahí que sea común entre los habitantes del Sur llamar a la abuela como “mamá”, ya que representa la sucesión de una sabiduría ancestral.  

 

Otro hecho fundamental que hay que resaltar es que el movimiento comunero del Sur obedece a un hecho articulado de sublevación indígena, no es un suceso aislado en el entramado de un pueblo olvidado por los centros administrativos de la alta colonia, al respecto Williams Derek, considera que:

 

La sublevación de los Pastos debe ser considerada como una variación a corto plazo dentro de un proceso de larga duración de resistencia y acomodación a la autoridad. Los indígenas del altiplano de Tuquerres-Ipiales, siempre interactuaban con las fuerzas dominantes de su mundo local, enfrentándose con hacendados intrusos, cobradores codiciosos, y corregidores ambiciosos. La reacción extraordinaria contra Clavijo surgió de este mismo patrón de adaptación resistente, pero tomó una forma distinta (violencia abierta) frente a un contexto de opciones limitadas. De hecho, se puede percibir la articulación de una dinámica cultural política de resistencia expresada a lo largo del periodo colonial tardío, tanto en los conflictos cotidianos en los cortes y zanjas, como en la confrontación dinámica y sangrienta de mayo de 1800.[6]

 

Es decir que obedece a una dinámica coordinada, que genera en una protesta organizada, eso se ve en el entramado que comunica a diferentes localidades del pueblo Pasto, desde Guaitarilla hasta Ipiales. La Corona impuso una carga muy pesada a los pueblos de indígenas, sin embargo las reformas Borbónicas fueron el detonante para que se desataran sublevaciones, revoluciones y rebeliones, conduciendo a lo que se ha reconocido como la Era de la Insurrección Andina[7]. En últimas, como se ha demostrado, los movimientos Comuneros del Perú, como el de Otusco de 1780, Quito, Socorro, Medellín, así como los del Sur, obedecen al descontento del pueblo frente a un gobierno que buscaba explotarlo al máximo, imponiendo cargas fiscales altísimas, frenando con ello el desarrollo de las localidades y favoreciendo una élite que no representaba para nada el sentir y el querer populares.

 

También el movimiento de los Comuneros del Sur sirve para destacar la diferencia ideológica existente entre San Juan de Pasto, centro administrativo y político de la región, frente al territorio de los Pastos, a La Provincia, como otrora se la conociera. Pasto detenta una elite añeja en blasones perdidos y heredades mal administradas, unas pocas familias se repartían la administración y los cargos públicos, mientras a los pueblos de Pastos se les imponía cargas altísimas para alimentar el orgullo de una ciudad que quería equipararse a Quito o Popayán[8]. Las diferencias llegan a tal punto que, durante la Independencia, pueblos como Ipiales o Tuquerres son patriotas, en tanto que es consumado y sabido el realismo de San Juan de Pasto. La revolución de los Comuneros del Sur, por tanto, no llega a tierras de esta ciudad, se recobra, y así sucede con las comunicaciones de Chasquis, oficio aprendido de Incas, la otrora confluencia de un pueblo que se identificaba en sus creencias y costumbres. Sin embargo hay que anotar que si existía una identificación con los indios de Pasto y de sus alrededores, los Quillacingas, al punto que se colaboraban mutuamente en levantamientos y revueltas contra criollos, españoles u otros invasores, tal y como se comprueba con lo sucedido en San Juan de Pasto en 1781 con Peredo.  



[1] ANDRADE GONZÁLEZ, Gerardo. Los Comuneros de Tumaco. En: Raíces Históricas. Memorias del Encuentro Internacional de Historia, verificado con motivo de los 450 años de pasto. Academia Nariñense de Historia. Pasto, 1987. pp. 67-84.

[2] Las enseñas son:

1. Hay que saber desatar la lengua quichua.

2. Hay que saber leer las escrituras de Carlomán.

3. Hay que ser como el agua, la espuma y el río. Somos como el agua, la piedra y la espuma, pues mientras el agua dice vámonos, la piedra dice quedémonos, y la espuma dice bailemos. Pero somos el río.

4. Hay que saber labrar a cordel.

 

[3] ARCINIEGAS, Germán. Los Comuneros. En: Grito de Independencia en Colombia. V. III. Medellín: Ediciones Académicas Montoya y Montoya, 1960.

[4] CERÓN SOLARTE, Benhur y ZARAMA RINCÓN, Rosa. Historia socio espacial de Túquerres. De Barbacoas hacia el horizonte nacional. Pasto: Universidad de Nariño, 2003. p. 136.

 

[5] DAMIÁN, Doumer. Los Pastos. En: Geografía humana de Colombia. Región Andina Central. Tomo IV, Volumen 1. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, 1996. pp. 9-118.

[6] WILLIAMS, Derek. Etnicidad, género y rebelión en los Andes colombianos: la sublevación de los Pastos, 1800. Quito: Revista Ecuatoriana de Historia. #11, pp. 17-43. 1997.

[7] GUTIÉRREZ RAMOS, Jairo. Los indios de Pasto contra la República (1809-1824). Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia, 2007. pp. 95 y ss. 

[8] No sobra recordar que Pasto tenía un cabildo que reclamaba permanentemente a la Corona la instalación de Obispado, universidad y casa de moneda, tal y como lo detentaban sus principales rivales, Popayán y Quito. (El autor).

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