Ha llegado la Semana Santa y en el mundo se expanden narrativas sobre la fe, el sacrificio y la redención. En ese contexto, declararse ateo suele ser interpretado como una provocación o como un gesto de inmadurez, pero eso es distante de la realidad.
Ser ateo, mucho más allá de ser una negación de lo divino, es una postura filosófica ante al mundo y sus acontecimientos. En primer lugar, es necesario afirmar que no es una actitud caprichosa, el ser ateo demanda tener y desarrollar una comprensión material de la existencia, tener una lectura histórica de las ideas y la humanidad, y una convicción profunda de que no hay una instancia superior que ordene el destino humano. Somos, en consecuencia, como humanos, responsables determinantes de nuestra historia.
Una de las obras filosóficas que contienen la reafirmación de lo humano como uno de sus umbrales críticos, está en la obra del filósofo alemán y quien abre la grieta decisiva de la filosofía materialista Ludwig Feuerbach, específicamente en “La esencia del cristianismo (1841)”, en este texto se sostiene que “la teología es antropología”. Esta tesis no está dirigida a hacer una simple crítica religiosa, se atreve a hacer una inversión radical en el entendido de que Dios no es el creador del hombre, sino que Dios es un producto del hombre. En ese sentido, las cualidades divinas se convierten en proyecciones de la esencia humana. Es decir, al ser humano, al no reconocerse como poseedor de esas cualidades, las externaliza y se somete a ellas. Todo es una contraposición. Dios es inmortal, eterno, infinito, ilimitado, omnipresente; la humanidad está en la tierra, dios está en el cielo; Dios es creación, el humano fue creado; Dios es santidad, la humanidad pecadora; Dios es redentor, la humanidad la condenada.
Esta descripción de la relación humanidad/divinidad es categórica porque le da apertura a una crítica de la religión que no está dirigida a negar su verdad, su esencia radica en tratar de entenderla históricamente. Ahora bien, Marx retoma la crítica de Ludwig Feuerbach y la profundiza en su reconocida formulación: la religión es “el suspiro de la criatura oprimida… el opio del pueblo”, esta descripción de la religión puede ser entendida como un consuelo, como un bálsamo para el mundo de los oprimidos. Pero tampoco puede ser concebida como una consiga, pues es desconocer su densidad, es hacer de su expresión un reduccionismo intelectual o transportarla al cajón de las frases cliché. Esta formulación es, ante todo, un diagnóstico histórico. La religión, por lo tanto, no es causa, sino que es síntoma, es entenderla como origen de la alienación.
Este es el punto de partida en donde el materialismo histórico realiza un rompimiento que se condensa en que no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida social la que determina la conciencia (Marx & Engels, 1845). Por lo tanto, las ideas (incluidas las religiosas) no flotan en el aire, no son un espectro, emergen de condiciones materiales concreta, tiene su raíz en las cotidianidades humanas, por eso las palabras de categorías socio-políticas, no son lo que etimológicamente significan, sino lo que en su contexto histórico representan. El ateísmo, en consecuencia, no se reduce a una negación abstracta, por el contrario, se asume como la consecuencia de comprender el mundo en su historicidad.
Por eso, el ateísmo no le quita sentido al mundo, ni es ese su propósito. Sus formulaciones están encaminadas a llenar el mundo de responsabilidad con la existencia. De esa manera la justicia es acción humanamente responsable y no designio divino. La dignidad debe construirse aquí, en medio de las contradicciones de la historia.
Esta línea de pensamiento tiene asiento también en Friedrich Nietzsche, pero desde un quiebre distinto. Cuando declara que “Dios ha muerto” (Nietzsche, 1882), no está celebrando la desaparición de la fe, está definiendo la caída de los valores absolutos que constituían a Occidente. El problema central es que hacer con la ausencia de Dios. El nihilismo que se lo entendía como amenaza, tiene en su esencia la posibilidad de crear nuevos valores desde la afirmación de la vida.
El ateísmo que se afirma desde una perspectiva materialista no contempla la ausencia de sentido como un abismo. El sentido no se descubre, debe ser construido, y esa construcción no es individual ni abstracta, sino histórica, colectiva y atravesada por conflictos.
Por eso, ser ateo en el siglo XXI es una afirmación de la humanidad como núcleo del debate ético y político. Y, además, no se trata de poner etiquetas ideológicas versadas entre izquierdas o derechas porque en las dos orillas pueden existir creyentes y no creyentes, pero ha sido en el pensamiento crítico donde el ateísmo encuentra su mayor coherencia con su principio fundamental que es la transformación del mundo como tarea humana.
Este es el sustento para afirmar que no se trata de una postura abstracta. Frente a la realidad de la humanidad se toma una postura. El rechazo a la guerra como expresión de la barbarie, oposición al racismo como estructura histórica de dominación, denuncia de la persecución migratoria y condena a los genocidios que han marcado y siguen marcando la historia contemporánea, como el que hoy desgarra a Palestina.
Por lo tanto, hoy el ateísmo deja de ser una discusión sobre la existencia de Dios, ese fue un debate del siglo XVIII y XIX, E n la actualidad se ha convertido en un debate sobre una ética de responsabilidad radical con el devenir del mundo y la humanidad. Toda injusticia es, en última instancia, responsabilidad humana. No hay absolución posible fuera de la historia, por la tanto la justicia social que se persigue está en los términos de la humanidad.
Entonces, no se puede entender el ateísmo como ausencia de espíritu. El espíritu, ha dejado de ser inmaterial superior, para convertirse en una producción humana ética, social, histórica; el espíritu de lo humano está en el arte, la creatividad, la cultura, el pensamiento y las luchas por la dignidad y la justicia social. Como sugiere Friedrich Engels al desarrollar el materialismo dialéctico, la realidad no es estática ni está dada, es proceso, contradicción, devenir, y en ese devenir, la humanidad no es espectadora es el anclaje de la transformación del mundo.
Ser ateo es, en última instancia, asumir que la vida no tiene un sentido dado, que ese sentido se debe construir de manera constante, y que esta es una tarea profundamente humana, y en esa tarea la humanidad se juega esencialmente todo.
Referencias
- Engels, F. (2014). Anti-Dühring (M. Sacristán, Trad.). Akal. (Obra original publicada en 1878).
- Feuerbach, L. (2009). La esencia del cristianismo (J. L. Vermal, Trad.). Trotta. (Obra original publicada en 1841).
- Marx, K. (2008). Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Introducción. En K. Marx & F. Engels, Obras escogidas (Vol. 1). Progreso. (Obra original publicada en 1844).
- Marx, K., & Engels, F. (2010). La ideología alemana (W. Roces, Trad.). Akal. (Obra original escrita en 1845-1846).




