Don Epaminondas

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Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Varias personas me han preguntado por una placa que hay en un costado del Santuario de Las Lajas y que dice: “A Epaminondas Sarasti, maestro de capilla. Cantó 50 años y sirvió otros tantos”. Sin duda, y valga la explicación lógica por delante, fue puesta allí como agradecimiento a una obra artística e histórica sin la cual no existiría este majestuoso escenario tal cual lo conocemos. Por eso vale la pena contar quién era este personaje, a todas luces un hombre renacentista, con múltiples habilidades y un deseo permanente por trabajar. Sin embargo, esa placa habla de dos aspectos concretos suyos (“cantó y sirvió”). Y es que, en lo que concierne al Santuario y a la población de Las Lajas, Epaminondas Sarasti fue dos hombres en uno: un músico y un gestor.
Hablemos primero del músico. Epaminondas Sarasti nació como Epaminondas Garzón en Yacuanquer en 1875. Su apellido fue cambiado durante su infancia, pero él siempre firmó como Epaminondas G. Sarasti, en reconocimiento a su raíz familiar.
Menor de cinco hermanos, Epaminondas aprendió música con sacerdotes alemanes y siendo cantor de procesiones llegó en una peregrinación a Las Lajas, donde el padre Manuel María Insuasti, capellán en aquel tiempo y quien también era de Yacuanquer, lo convirtió en cantor oficial del antiguo templo en 1893, que es el año que reza en la placa. Y en Las Lajas se especializó en la interpretación de órgano de tubos y de armonio.
El órgano de tubos fue la gran revolución de las iglesias desde el barroco, en gran medida por los aportes de Bach y Messiaen, pero sobre todo por la ritualidad, que convirtió el Coro Alto, donde se ubicaba, en un sitio de tanta admiración como el Altar Mayor. El tamaño del órgano varía según tamaño de la iglesia. En las catedrales suele ser majestuoso, enorme, imponente, y sus intérpretes son músicos contrastados. Es muy difícil tocar un órgano, pues tiene teclados, pedales y botones diversos. De allí sus tonalidades, su uso en contrapuntos y su adecuación para la interpretación de fugas.
El órgano de Las Lajas era de los llamados De Caja Convencional, del siglo XVIII y era pequeño y desmontable. Fue una donación de Idelfonso Díaz del Castillo en 1803. Pero durante la construcción del Santuario, acabó destruido y a Epaminondas se le encargó que buscase un armonio para reemplazarlo, pues no había mucho dinero para un órgano similar. Epaminondas logró conseguir uno de 15 Registros, hecho en Turín. Por eso se decía en aquel entonces que del era de ascendencia italiana.
El armonio es un instrumento de teclado, muy parecido a un órgano casero, y cuyo sonido proviene de un fuelle que activa unas lengüetas por las que pasa el aire. Patentado en París en 1840 por Alexandre Debain, fue muy popular a finales de siglo XIX porque era pequeño, liviano y fácil de transportar. Así que encajaba a la perfección en las iglesias modestas. Pero se requería una habilidad especial para tocarlo. Se dice que Epaminondas no pulsaba las teclas con firmeza, sino que deslizaba las manos, consiguiendo que el sonido fluyera desde el altar hasta el atrio.
Nombrado Maestro de Capilla al ser responsable de la música en los oficios religiosos, Epaminondas llamaba la atención por su tono de voz. Sobre ese papel artístico se menciona en los libros históricos así: “Su voz tornasolada se enreda como luciente metal en el trono secular de los recuerdos perennes”.
El padre Justino Mejía y Mejía le dedicó un capítulo de su libro “Tradiciones y Documentos” (1950), en el que exaltó su talento musical: “Cantaba como sentía y sentía con toda el alma: con todo el alma de un artista. Por eso el prodigioso matiz de su garganta se acomodaba en un oleaje de admiración a los gustos más dispares y a la cultura más diversa. Su gama musical recorría los caminos de todos los corazones”.
Pero Epaminondas también compuso una sucesión de cantos, entre los que destacan: “Madre del Alma Mía”, “Salve a María Inmaculada”, “A la Santísima Virgen”, “Oh Jesús del Alma Mía”, y “Amor a María”. Hay registradas 32 obras suyas que van desde cantos litúrgicos hasta cantos de procesión, pasando por himnos, alabanzas, marchas, oratorios, plegarias, réquiems, Te Deums y Agnus Deis. Algunos de estos fueron transcritos por el talentoso músico pastuso Javier Martínez Maya para su libro “Legado Musical Nariñense. Siglo XIX y XX” (Arte Nova, Bogotá, 2021).
Bien, hasta aquí el músico. Ahora hablemos del gestor. Su papel fue de administrador laico. Durante la construcción del Santuario de Las Lajas colaboró como recaudador de donaciones y contribuyente económico, además de ser amanuense, síndico y jefe del economato.
Hombre de confianza del padre Insuasti, lo fue también de los siguientes párrocos del templo: Leonidas Rojas, con quien defendió la población durante la Guerra de los Mil Días; José María Cabrera, con quien consiguió el dinero para la construcción del Santuario; Félix María Cabrera, Ángel María Chamorro, Juan Bautista Pérez, Alfonso Romo y Justino Mejía y Mejía. Este último dijo sobre él: “Su nombre está estrechamente vinculado a todas las obras que se han llevado a cabo en el Santuario a partir del año de 1886”.
Aquí hay que hacer hincapié en ese período con el padre Cabrera. La idea de erigir un nuevo santuario (que es el actual) se oficializó en una pastoral del obispo Ezequiel Moreno Díaz el 5 de agosto de 1899. El plan de construcción se organizó en 1904 con el nombramiento de José María Cabrera como capellán.
Lo primero era, por supuesto, conseguir dinero, así que él y su protegido, Epaminondas se repartieron las tareas: Cabrera se quedó en Las Lajas recibiendo las donaciones de la comunidad, que eran muchas, aunque de poco dinero, pero debían registrarse. Y Epaminondas empezó a viajar entre Popayán y Quito buscando contribuciones mayores.
En ese ínterin de tiempo ambos recibieron, analizaron y llevaron a Pasto para su presentación al obispado, siete propuestas de Santuario en la hoya del río Guáitara. La definitiva sería la de Lucindo Espinosa, otro personaje cuya placa también engalana el actual templo.
Y cuando la construcción empezó, comenzó también su labor como síndico, administrando el dinero, y buscando permanentes trabajadores. Mi buena amiga Rosa Isabel Zarama me compartió un aviso de prensa de 1915 que dice: “Se necesitan trabajadores en Las Lajas, en la calera del Pún y en Teques. Pagos adelantados. Para todo arreglo entenderse con el infrascrito Epaminondas G. Sarasti”.
La verdad es que el tema de las obras de construcción no le era desconocido. En 1906 le encargaron recibir a las hermanas Franciscanas, levantando un convento y una escuela mixta para que ellas la dirigieran en los linderos de su propia casa. Varios años después el Santuario de las Lajas quedaría bajo la administración pastoral de las hermanas Franciscanas de María Inmaculada.
Epaminondas también fue responsable del puente sobre el río Guaitara que une Potosí con Las Lajas, pues puso dinero para ello. Del servicio de luz eléctrica para el municipio, pues hizo el acuerdo con don Julio Bravo. Y de la construcción del cementerio local, tras petición hecha al Obispo de Pasto. Allí está enterrado. Durante mucho tiempo se ha hablado de trasladar sus restos al Santuario, pero por una u otra razón, ese pedido de sus familiares no se ha llevado a cabo.
Casado con Trinidad Cabrera, tuvo dos hijas: Ana Rosa y Concepción. La primera se casó con Federico Arteaga Flores y se fue a vivir a Pasto. Heredó de su padre el talento para la música, siendo notable intérprete de piano. La segunda era soltera y llevó el economato del Santuario hasta que fue muy mayor. También tuvo otro hijo, Gonzalo Mejía, radicado en Quito. Fue padrino de más de 20 niños nacidos en Las Lajas, Ipiales y Potosí, además de sus nietos.
A manera de colofón, Benjamín Endara, en su obra “Historia de la Virgen de Las Lajas aparecida en el sur de Colombia” (1940), dice lo siguiente: “Honorable colombiano, ferviente honrador a la Madre De Dios, ejemplar católico y devotísimo de la Virgen de Las Lajas, señor Epaminondas Sarasti… lo han de bendecir día y noche”.

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