Por: Tirso Benavides Benavides
Detenerse en un semáforo de Pasto, ya sea en la céntrica y siempre congestionada calle 17, en el sector de Lorenzo, o en la Panamericana, es lo más parecido a presenciar la largada de un Gran Premio de motociclismo, pero sin el glamour de Mónaco y con mucho más esmog. Mientras el rojo nos da un respiro, una horda de decenas de motos se agolpa al frente, en las primeras filas, haciendo rugir los motores en una coreografía del afán que se repite, calcada, en muchas esquinas de Colombia. Con 11 millones de motociclistas recorriendo nuestras calles, el país parece una gran pista, donde el premio muchas veces es levantar lo de la supervivencia diaria. La moto para muchos es una herramienta de trabajo y un medio para conseguir el sustento familiar.
En este escenario de caos y necesidad, la senadora y hoy candidata presidencial Paloma Valencia ha decidido lanzar un salvavidas electoral. Propone que el SOAT sea gratuito para motos de hasta 250 c.c.
Esta iniciativa es en la práctica un buen anzuelo populista dirigido a todos los usuarios de motos de bajo cilindraje, que son la mayoría, sumando más del 90% de moto usuarios. La idea es que el Estado asuma el costo de este seguro. Básicamente, Paloma quiere ofrecer pólizas de seguridad vial como si fueran tamales de campaña. Una “cortesía” a costa del erario, para que los motociclistas se liberen del engorroso trámite de pagar por su propio riesgo.
Sin embargo, detrás del anuncio no hay más que aire. La aspirante y legisladora habla de un ambicioso proyecto de ley que revolucionaría la seguridad social en las vías, pero la realidad es que, hasta la fecha, no existe documento alguno radicado en las secretarías del Congreso. Estamos ante una promesa de tarima, una de esas banderas que se agitan con fuerza en la plaza pública pero que carecen de soporte técnico, quedando reducidas a un simple eslogan de campaña para captar la atención de un numeroso gremio.
Llamemos a las cosas por su nombre. Es populismo de manual, lubricado con aceite de motor. En plena carrera por la Casa de Nariño, y con una favorabilidad que parece estancada como el tráfico de hora pico, Valencia lanza un señuelo irresistible pero impagable. Es una oferta tentadora para el bolsillo del conductor, pero una puñalada a las finanzas públicas. Pretender que el Estado asuma la responsabilidad de millones de vehículos sin decir de dónde saldrá el dinero es, por decir lo menos, un acto de fe que terminaríamos pagando todos, incluso quienes no sabemos ni prender una Vespa.
Y mientras la senadora candidata promete generosidad con chequera ajena, los hospitales siguen recibiendo el saldo real de la velocidad. No es un secreto que el mayor número de accidentes de tránsito en Colombia involucra a motociclistas que saturan las salas de urgencias. Pagar el seguro obligatorio sin una política seria de prevención es, en la práctica, incentivar el riesgo y dejar al sistema de salud —ya de por sí asfixiado— a merced de una accidentalidad que no tiene control, convirtiendo la tragedia vial en un gasto público desbordado.
Este episodio nos recuerda que el populismo es una enfermedad ambidiestra. No es propiedad exclusiva de la izquierda ni de la derecha, es simplemente el refugio de políticos que, urgidos de aplausos, prometen soluciones mágicas a problemas complejos. Meros espejismos electorales diseñados para seducir al ciudadano, vendiéndole la peligrosa idea de que el Estado es un pozo sin fondo, capaz de cubrir cada imprudencia y cada carencia, con tal de obtener una equis sobre su foto en el tarjetón.
La propuesta de Paloma Valencia no es más que una maniobra desesperada por conectar con las masas. Resulta irónico ver a una figura de la derecha más tradicional recurriendo a las mismas tácticas que tanto le critican a Gustavo Petro. Si el hoy presidente cautivó a las masas con sus trenes elevados que cruzaban la selva, la candidata del Centro Democrático ahora nos propone un país donde los seguros caen del cielo. Dos caras de la misma moneda, prometer lo imposible para convencer al electorado, sabiendo de antemano que todo quedará en palabras.




