Vení charlemos, porque el país de mañana nos necesita juntos

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Por: Tirso Benavides Benavides

Viernes por la mañana en la oficina. El café aún no está caliente, pero el ambiente ya arde. Dos compañeros de años, de esos que compartían almuerzos y chistes, hoy no se miran a la cara. Todo por un comentario en el grupo de WhatsApp sobre el último video de Abelardo de la Espriella que desató una tormenta de insultos mutuos entre colegas. El sábado en la tarde, la escena se traslada al comedor familiar; la tía abandona la mesa indignada, porque su sobrino defendió un trino de Iván Cepeda. Lo que antes era una sana diferencia de opiniones hoy es una batalla campal de improperios. Esto, que se ha vuelto el pan de cada día en nuestra amada Colombia, no tendría por qué ser normal. No debemos permitir que la política nos robe los afectos.

Por fin, mañana se definen estas elecciones que han partido al país en dos bandos. Más que defender proyectos propios, la dinámica de estos meses se ha centrado en despedazar al contrario. Gritos de “¡fascistas!” y “¡comunistas!” van y vienen en un intercambio anacrónico, como si estuviéramos atrapados en una Guerra Fría estancada en el tiempo, endilgándole al rival modelos ideológicos que el mundo y la geopolítica ya mandó a recoger.

Como asesor en comunicación política, me ha tocado ver de cerca las costuras de este teatro. He sido testigo de cómo aquellos líderes que se disputan a muerte un cargo en las urnas, luego de los debates se reúnen a manteles, toman cafecito, cenan entre vinos y licores transando pactos y sonrisas, mientras en las calles y en las redes sus seguidores se agarran de los pelos.

Los ciudadanos de a pie no podemos seguir siendo la carne de cañón de estas guerras mediáticas y digitales. Debemos aprender a participar en los procesos democráticos sin caer en apasionamientos ciegos que solo le sirven a las maquinarias de campaña y a sus estrategas que se encargan en buena parte de caldear el ambiente.

¿Por qué llegamos a esto? Porque la política contemporánea mutó. Ya no se mueven ideas, se mueven pasiones. Y, lastimosamente, en el mercado electoral lo que más rápido vende son las emociones negativas: el odio, la intolerancia, el resentimiento y la revancha. Hemos visto con dolor cómo seguidores de lado y lado han cruzado la línea del debate para agredir al otro con insultos y hasta con violencia física. Eso es inadmisible. En una democracia sana, el opositor político es un contendiente ideológico, jamás un enemigo a aniquilar.

Al final de la jornada electoral, habrá un ganador. Cepeda o De la Espriella asumirán el rumbo, representando dos modelos diametralmente opuestos. Pero sea quien sea el elegido, la vida sigue.

Colombia ya ha soportado a pésimos gobernantes de un extremo y del otro —la historia reciente con Duque y con Petro es prueba reina de ello— y el país sigue en pie. Nuestro Estado, a pesar de sus grietas, cuenta con instituciones y contrapesos que frenan al Ejecutivo, quien se siente en la silla presidencial no podrá hacer lo que le dé la gana, si no se declara en dictadura abierta.

En las próximas semanas, cuando los ánimos apasionados comiencen a enfriarse, nos daremos cuenta de que toda esta peleadera no era para tanto. La vida del ciudadano común regresará a su rutina general. Por eso, el primer paso democrático es aceptar los resultados con madurez, sin apocalipsis ni triunfalismos desmedidos y mucho menos con vías de hecho como aquellas amenazas veladas de “incendiar” al país dependiendo del dictamen de las urnas.

Planteaba Habermas en su teoría de la acción comunicativa que la verdadera democracia no es solo ir a votar, sino que debe incluir la capacidad de ciudadanos libres e iguales de sentarse a deliberar bajo la fuerza del mejor argumento, buscando el entendimiento mutuo. En una línea similar, la politóloga Chantal Mouffe nos recuerda que el pluralismo consiste en transformar el antagonismo destructivo en un “agonismo”, donde reconocemos la legitimidad de la existencia del otro aunque estemos en desacuerdo.

Para lograr eso, hay que romper el aislamiento que nos ha impuesto el algoritmo digital, esa burbuja que nos condena a ver solo lo que nos da la razón y nos oculta a los que piensan diferente. No debemos tener miedo, y mucho menos aversión, hacia otra persona por sus posturas políticas. El miedo se cura conversando.

Vení charlemos. Esa es mi invitación abierta. Volvamos a la conversación real, de frente, sin la pantalla de por medio. Esta invitación no es para convencer a nadie, ni solo para hablar con los que piensan igual. Es, especialmente, para sentarnos con los que ven el mundo distinto. Conocer las motivaciones del vecino, entender sus intereses, su historia de vida y sus miedos nos permite activar la empatía y dejar de juzgar a ciegas. Al final del día, al redescubrirnos en la charla, nos daremos cuenta de que compartimos la misma condición humana y que, básicamente, todos madrugamos con las mismas necesidades e ideales de bienestar.

No le restemos importancia a la política como herramienta de cambio, pero no permitamos que nos quite lo más valioso que tenemos: nuestra convivencia.

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