Pablo Emilio Obando Acosta
Las democracias poseen una extraña sabiduría. Callan durante meses y hablan un solo día. Ese día se llama elección. Allí no solamente se cuentan votos; también se contabilizan las esperanzas perdidas, las decepciones acumuladas y los silencios que nadie quiso escuchar.
La derrota del Pacto Histórico y de Iván Cepeda Castro no nació en las urnas. Las urnas apenas certificaron una realidad que llevaba tiempo creciendo bajo la superficie del debate político. Como ocurre con los grandes árboles, la caída se produce en un instante, pero el deterioro comienza mucho antes, cuando sus raíces dejan de alimentarse de la tierra que las sostiene.
El primer error fue político y humano al mismo tiempo: creer que el prestigio del presidente Gustavo Petro Urrego era suficiente para conducir una nueva victoria. Se confundió el liderazgo con la garantía del triunfo. Se pensó que el respaldo ciudadano podía heredarse, cuando la democracia no reconoce herencias. Cada elección obliga a conquistar nuevamente la confianza de la gente. El poder prestado suele durar menos que la ilusión.
Pero hubo un error todavía más profundo. Alrededor del gobierno comenzó a construirse una atmósfera donde la crítica fue reemplazada por la ovación. Muchos dirigentes y numerosos seguidores dejaron de ejercer el deber más importante de toda democracia: decir la verdad incluso cuando resulta incómoda.
Todo parecía digno de aplauso. Cada decisión encontraba defensores. Cada desacierto era explicado. Cada controversia era atribuida a conspiraciones o malas interpretaciones. Y así, lentamente, el aplauso terminó ocultando la realidad.
Los gobiernos no se debilitan porque existan críticos. Se debilitan cuando desaparecen quienes tienen el valor de advertirles que están equivocados.
También falló la comunicación con el país. En distintas ocasiones, las intervenciones presidenciales generaron incertidumbre, interpretaciones contradictorias y un innecesario desgaste político. Sin embargo, pocos dentro del propio movimiento se atrevieron a reconocer que el problema existía.
La política necesita convicciones, pero también necesita autocrítica. Cuando una organización deja de revisar sus propios errores, la ciudadanía termina haciéndolo mediante el voto.
Nariño ofrece un ejemplo particularmente revelador. Los congresistas elegidos bajo las banderas del Pacto Histórico tuvieron la oportunidad de convertirse en la voz firme de un departamento históricamente olvidado por el centralismo colombiano. La expectativa era enorme. La respuesta terminó siendo insuficiente.
La región esperaba liderazgo. Esperaba debates. Esperaba defensa de sus proyectos estratégicos.
Esperaba una presencia permanente en las grandes discusiones nacionales.
En cambio, la percepción dominante fue la de un silencio demasiado prolongado. Muchos ciudadanos sintieron que sus representantes terminaron reproduciendo las mismas prácticas burocráticas y clientelistas que durante años habían criticado. Cuando el cambio empieza a parecerse demasiado al pasado, deja de ser cambio.
Paradójicamente, algunas de las voces más persistentes en defensa del agro nariñense provinieron de sectores políticos distintos al oficialismo. Ese contraste no pasó inadvertido para los electores.
Pero la inconformidad nacional iba mucho más allá. La crisis del sistema de salud. El deterioro de la seguridad. Las enormes dificultades de la denominada Paz Total. Los reiterados escándalos de corrupción. La presencia de viejos actores de la política tradicional en espacios donde se había prometido una renovación ética.
Todo ello fue alimentando una sensación de distancia entre el discurso gubernamental y la experiencia cotidiana de millones de colombianos.
Mientras muchas familias hablaban de incertidumbre, desde el poder se transmitía con frecuencia la impresión de que el país avanzaba sin mayores sobresaltos. Cuando la narrativa oficial deja de coincidir con la realidad que vive la ciudadanía, la confianza comienza a resquebrajarse. Y sin confianza no existe proyecto político que perdure.
Quizá el fenómeno más preocupante fue otro. La transformación de muchos seguidores en una comunidad incapaz de aceptar el disenso. La crítica empezó a confundirse con la traición. La diferencia de opinión fue interpretada como enemistad. El contradictor dejó de ser un interlocutor para convertirse en un adversario moral. Ese ambiente empobreció el debate público.
La democracia necesita ciudadanos libres, no creyentes políticos. Ningún proyecto, por noble que sea, debería exigir obediencia absoluta. La inteligencia colectiva nace precisamente del contraste de ideas.
A ello se sumó una explicación que terminó perdiendo fuerza con el paso del tiempo. Frente a cada episodio de corrupción aparecía la misma respuesta: “nos traicionaron”. Sin desconocer que pueden existir deslealtades individuales, un gobierno también debe preguntarse por qué esas situaciones se repiten y qué responsabilidades le corresponde asumir. Gobernar implica responder por los resultados, incluso cuando estos son adversos.
Todo este conjunto de circunstancias terminó convirtiéndose en un peso demasiado grande para la candidatura presidencial de Iván Cepeda Castro. Ninguna derrota importante obedece a una sola causa. Las derrotas políticas son siempre el resultado de pequeñas equivocaciones que, al no corregirse, terminan formando una gran fractura.
Ahora comienza una etapa distinta. No la del resentimiento. No la de la revancha. No la de perseguir al mensajero porque incomoda el mensaje. La verdadera grandeza de una democracia consiste en aprender de sus derrotas con la misma serenidad con que celebra sus victorias.
Nariño tiene hoy la oportunidad de inaugurar un tiempo diferente. Un tiempo donde el debate sustituya al insulto; donde la propuesta venza al eslogan; donde la crítica sea entendida como un acto de responsabilidad y no como una declaración de guerra.
Porque el futuro de una región no puede edificarse sobre fanatismos, sino sobre inteligencia, trabajo colectivo y respeto por quien piensa distinto. Las urnas hablaron. Ahora corresponde que la política aprenda a escuchar.
Ese será, quizá, el primer paso para que Colombia deje de convertir cada elección en un campo de batalla y comience a verla como la oportunidad permanente de corregirse a sí misma.
Hay un último elemento que tampoco puede pasar inadvertido. El Iván Cepeda Castro de la segunda vuelta no fue el mismo que el de la primera. Durante buena parte de la campaña transmitió la imagen de un candidato distante, poco cercano al ciudadano común y con escasa capacidad para ampliar su base electoral. Su discurso parecía dirigirse a quienes ya estaban convencidos, más que a quienes aún esperaban razones para confiar. En política, ninguna elección se gana únicamente conservando el respaldo de los propios; también exige conquistar nuevos sectores y despertar entusiasmo más allá del núcleo de seguidores. Esa conexión, según la percepción de muchos electores, nunca terminó de consolidarse.
A ello se sumó el debate alrededor de su fórmula vicepresidencial, la senadora Aída Quilcué. Para un sector importante de la opinión pública, la candidatura no logró generar la confianza ni la identificación que una fórmula presidencial requiere en un país tan diverso como Colombia. En una democracia, el aspirante a la Vicepresidencia no es un actor secundario: representa una posibilidad real de asumir las más altas responsabilidades del Estado y, por ello, también es objeto del juicio de los ciudadanos. Esa percepción, acertada o no, hizo parte del ambiente político que rodeó la campaña y terminó influyendo en la decisión de muchos votantes.
Por eso sería un error atribuir esta derrota exclusivamente a quienes, desde el periodismo, la academia o la ciudadanía, formularon críticas oportunas y señalaron dificultades que consideraban evidentes. La historia demuestra que los proyectos políticos rara vez fracasan por la existencia de voces críticas; con mayor frecuencia se debilitan cuando quienes los rodean prefieren sustituir la reflexión por el aplauso, la autocrítica por la complacencia y el debate por la obediencia incondicional. Allí, quizás, se encuentre una de las lecciones más valiosas de esta elección. Porque los gobiernos no pierden únicamente por sus opositores; también pueden perder cuando dejan de escuchar a quienes, desde la lealtad y la buena fe, se atreven a decirles aquello que no desean oír. Después de todo, el verdadero enemigo de un proyecto político no suele ser quien advierte sus errores, sino quien lo convence de que nunca los comete.




