Niño y Nariño

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Por: José Arteaga
(Twitter: @jdjarteaga)
La reciente muerte de ese gran campeón que fue Rafael Antonio Niño nos ha hecho recordar una brillante época del ciclismo colombiano en la que el departamento de Nariño era nombre ilustre y protagonista constante de hazañas deportivas. Y eso fue en gran medida por el surgimiento de buenos ciclistas en la región, pero también por la manera tan peculiar en que se corría la Vuelta a Colombia.
Niño apareció fulgurante en la Vuelta de 1970 llegando a ser campeón novato, pues era su primera participación. La Vuelta a Colombia en ese entonces era competencia híbrida, de carácter amateur, pero con patrocinio de empresas privadas. El reglamento establecía que podía inscribirse equipos de cuatro corredores provenientes de cada departamento, más invitados internacionales. Cada departamento podía tener varios equipos siempre y cuando fueran de cuatro, y cada equipo era auspiciado por quien quisiera. Por ejemplo, Cundinamarca tenía dos equipos ese año: Cundinamarca A, patrocinado por Ferretería Reina, y Cundinamarca B, patrocinado por la Empresa Distrital de Servicios Públicos.
Con los países invitados sucedía lo mismo, pero ese patrocinio no necesariamente se conseguía en el país de origen, pues eran pocas las empresas foráneas con sede en Colombia que podían darse ese lujo, sino también en nuestro país. En 1970 se invitó a seis países. A Bélgica la patrocinó Caracol; a España, Alimentos Express; a Italia, RCN; a Suiza, Asociclismo; a Venezuela, la Asociación Tachirense; y a la Unión Soviética, por ser país comunista que rechazaba lo privado, la patrocinó Coldeportes.
Nariño no compitió ese año. Llevaba tres años sin hacerlo por falta de nivel (la preparación era muy precaria) y falta de apoyo económico (no se creía mucho en su potencial). El departamento había participado en la edición de 1967 con un equipo mixto con corredores norte-santandereanos.
Bien, el asunto es que Rafael Antonio Niño emergió como gran figura en 1970, un año en que la Vuelta a Colombia fue llamada “Vuelta de la Paz”, porque el país vivía un clima de violencia política. El 19 de abril las elecciones presidenciales habían sido muy reñidas y la proclamación de Misael Pastrana por encima del general Gustavo Rojas Pinilla por apenas 60.000 votos, desató una ola de altercados. De hecho, cuando la Vuelta arrancó el 27 de abril, se había solicitado un reconteo que sólo se haría en el mes de junio.
Niño había nacido en Cucaita, Boyacá, pero vivía con su familia en Lijacá, al norte de Bogotá. Sus padres cultivaban fresas y lechugas, y sus vecinos hicieron colecta para pagarle el uniforme y la alimentación durante la competencia. El saber eso al terminar la Vuelta, lo convirtió en un ídolo popular de inmediato. Todo era muy precario y hasta las mínimas cosas y acciones se negociaban. Rafael Duque Naranjo, historiador de la Vuelta, contaba una anécdota narrada a su vez por el propio Niño sobre una etapa decisiva: “Cuando yo cacé a Miguel Samacá, un alimentador de Cundinamarca le gritó a Samacá que le pagaban 10.000 pesos si me aguantaba hasta que llegara Gustavo Rincón. Samacá me miró como preguntándome qué le ofrecía yo. Tuve que decirle que le dejaba ganar la etapa en El Campín, y que si yo era campeón le daría algún dinero. Fue entonces cuando empezamos a tirar rápido y parejo”.
Ese Miguel Samacá al que se refiere fue uno de los tres grandes nombres propios del ciclismo colombiano en los años 70, junto a Rafael Antonio Niño, por supuesto, y a Álvaro Pachón Morales. Niño ganó la Vuelta en el 70, Pachón la ganó en el 71 y Samacá en el 72. Pero fíjense en una cosa curiosa: Niño fue campeón sin ganar ninguna etapa. Tampoco lo hizo al año siguiente. Su primera victoria parcial fue en 1972 en el ascenso de Supía a Medellín. ¿Qué quiere decir eso? Que se ubicaba bien y se desenvolvía en todos los terrenos, aunque la historia lo considere solamente como un escalador.
Por eso, tras la Vuelta de 1973, que vuelve a ganar, un equipo recién creado en Italia, el Jollj Ceramica, lo contrata. Niño se convierte en ciclista profesional, coincidiendo en carreras italianas con Martín Emilio “Cochise” Rodríguez, quien corría para el equipo Bianchi-Campagnolo, llevada dos años. Niño le contaba a Héctor Urrego entre risas que: “a Cochise le decían ‘El indio grande’ y a mí me decían ‘El indio pequeño’. Eran auténticos pioneros del ciclismo colombiano en Europa.
Pero su labor fue de gregario, ese tipo de corredor que tiene que estar al servicio de su líder y poner delante suyo según lo demanden las circunstancias, ese ciclista que se exprime en los kilómetros iniciales y deja a su líder bien ubicado de cara al último premio de montaña. Su líder en este caso era el talentoso Giovanni Battlaglin. Niño corrió entre otras pruebas, el Giro de Italia del 74, que ganó “El caníbal” Eddy Merckx.
Niño no siguió en el profesionalismo. Regresó, pero ya tenía claro poner en práctica todo lo que había aprendido: el papel de los gregarios, el trabajo del líder, la planificación por etapas, el uso de los fisioterapeutas, la alimentación y la asistencia técnica. La influencia de Niño y de Cochise, tras su experiencia en Europa, fue determinante para que cambiara el concepto de los equipos, elemento clave hacia la profesionalización. Eso atrajo a grandes patrocinadores como el Banco Cafetero, y el aumento del monto de los premios permitió que nuevos ciclistas pudieran competir. Y Nariño volvió a aparecer en escena.
Y hubo un penalista que de inmediato llamó la atención, Carlos Campaña Ramírez, pastuso de la Avenida Colombia, bajito, acuerpado, incansable, que corría con la cabeza agachada. Había surgido al tiempo que Niño en 1970, pero en el Nacional de Ruta. Campaña se convirtió muy pronto en un ídolo de Pasto y del sur de Colombia. Con la ayuda y preparación de Francisco Luis Otálvaro, técnico de Telecom, Campaña fue quinto en la Vuelta del 71, segundo en la del 72 y noveno en la del 75, pero siendo una de las grandes figuras al ganar dos etapas: Armenia-Riosucio y Caldas-Anserma. El cronista Rafael Matallana escribiría: “Ese pequeño gigante del ciclismo nariñense  que se llama Carlos Campaña clavó sus garras en las agresivas y peligrosas montañas del Alto de Minas y el Alto del Tigre, así como en los escalofriantes descensos a La Pintada”.
Lo llamaban “Nariño” Campaña y un día que ganó, dieron día cívico en los colegios y entró en la ciudad en caravana. Fue el más famoso, pero no fue el único. En la Vuelta del 71 por Nariño corrieron también Jorge Amable Vásquez y Salustio Ramos. En la Vuelta del 72 estuvieron también Wilfredo Insuasty y Luis Tovar. En la Vuelta del 74 hubo una participación estelar, pues aparte de los ya citados corrieron Enrique Cuellar, Segundo Gomajoa Jojoa, César Cónsul Guerrero y Guillermo Pantoja.
Sin embargo, como en todo deporte no hubo nada fácil. En una de las etapas de la Vuelta a Colombia de 1975 los ciclistas Segundo Gomajoa, César Cónsul Guerrero y Jesús “Topo” Chamorro llegaron al punto de salida de la etapa. Pero no lo hicieron en bicicleta porque venían de hotel, y las bicis las llevaba el auto acompañante. Pues la etapa comenzó sin ellos. 15 minutos más tarde apareció el carro con las bicis y ellos empezaron a perseguir al pelotón. La etapa era de subida y eso hizo más difícil la cacería. Pasaron el premio de montaña y cuando vieron al pelotón a lo lejos, la organización dio luz verde al tráfico vehicular, que estaba parado hasta que pasara la caravana ciclística. Nunca pudieron enlazar. Desconsolados, en medio de una lluvia pertinaz, abandonaron. La foto de “los pastusos llorando” se hizo famosa.
Rafael Antonio Niño ganaría la Vuelta a Colombia en el 75, 77, 78 y 80, cuando nuevos talentos emergieron, comenzando por José Patrocinio Jiménez y Alfonso Flores. La generación de ciclistas nariñenses continuó creciendo con Omar Torres, Ernesto Sandoval y otros. Pero la llegada de los años 80 trajo una transformación fundamental: Colombia empezó a competir asiduamente en carreras europeas. Ahora el mundo podía ver aquella fuente inagotable de talento. Sus éxitos trajeron más invitaciones, los contratos individuales proliferaron y Colombia pensó más en la Vuelta a España, el Giro de Italia y el Tour de Francia, que en la Vuelta a Colombia.
Así empezó la leyenda de los escarabajos, en la que no pudo estar aquella generación tan brillante de nariñenses. De allí hasta los nuevos tiempos de Darwin Atapuma y familia pasaron muchos años con tan solo unos cuantos triunfos memorables en el ciclismo regional y nacional. ¿Volverá Nariño a brillar?, ¿volverá Colombia a estar en esta nueva élite que domina todo el ciclismo internacional de World Tour?, ¿aparecerá alguien con el talento, el empeño, el deseo de modernizar y el carisma de Rafael Antonio Niño? No lo sabemos, pero lo esperamos.

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