Escuchando nota
Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Conocí a Carlos Salvador Bilardo hace muchos años. Durante el Mundial de Francia 98 compartimos cabinas de radio como comentaristas entrevistados y un largo trayecto de tren como parte de aquella nube de periodistas que cubría el evento en todas las ciudades. Bilardo era muy inteligente, muy preparado, muy serio, pero de vez en cuando se sacaba algún chiste de la manga como quien no quiere la cosa. Coincidíamos en el tipo de fútbol que nos gustaba, que en ese momento era el que practicaban Francia (a la postre, campeón) y Holanda; un fútbol muy ofensivo, rápido y vertical.
Y es curioso porque sobre Carlos Salvador Bilardo sobrevolaba una leyenda negra que venía de 30 años atrás, cuando aún era jugador (volante derecho) del mítico equipo Estudiantes de La Plata, ganador de tres Copas Libertadores y una Copa Intercontinental. El Bilardo jugador era lo que se conoce como “entrenador en la cancha”; es decir, la voz del técnico en el campo de juego. Y ese director técnico era Oswaldo Zubeldía. Bilardo era un gritón. Gesticulaba, ordenaba, discutía con el árbitro y se metía en cuanta refriega había a causa de una falta.
Zubeldía había construido un equipo rocoso y peleón, pero muy sólido y solidario. Aldo Proietto decía en “El Libro del Fútbol”, que cuando Zubeldía tuvo que identificarse con un modelo de fútbol, eligió el defensivo y lo perfeccionó, obteniendo “gran solidez y capacidad para las coberturas”. Y Roberto Fontanarrosa argumentaba en su magnífica obra “No Te Vayas, Campeón”, que aquel Estudiantes siempre estaba en guardia y era “ventajero, de dedicación full-time al partido, de perfeccionar hasta el cansancio todas las jugadas de pelota parada, de no dejar detalle sin considerar, capaz de planificar hasta la forma de ir a presionar en forma conjunta al referí”.
En el libro “Colombia Gol”, que escribí junto a Eduardo Arias, Fidel Cano, Andrés Dávila y otros maravillosos autores, se cita una de las innovaciones defensivas que Zubeldía dio a conocer: el fuera de lugar provocado, mediante la coordinación de los defensas para adelantarse al unísono. Y también métodos poco ortodoxos y éticos como el espionaje del rival, la provocación al delantero contrario, fingir dolor ante cualquier falta, retardar los cobros a conveniencia, o empujar a los que saltan a cabecear.
Por eso se decía que la gente no acudía al Estadio Uno de La Plata para ver a Estudiantes, sino para ver qué cosa nueva se inventaba Zubeldía. Y él, claro, complacía a la tribuna haciendo que hasta tres jugadores saltaran sobre el balón antes del tiro libre definitivo; o metiendo un jugador en la barrera rival para incordiar.
Bilardo fue, pues, el mejor alumno de Zubeldía, aunque no fue el único. De aquel Estudiantes todos los jugadores se convertirían en técnicos (además de Raúl Madero, que fue médico de la selección argentina). Y cinco de ellos dirigieron en Colombia: Bilardo dirigió al Deportivo Cali; Eduardo Luján Manera, al Once Caldas y al Cali; Néstor Togneri, al Medellín; Juan Ramón Verón, al Junior y al Cúcuta; y Miguel Ángel López, al Nacional y al Junior. Y el propio Zubeldía fue director técnico del Atlético Nacional, donde ganó títulos, y admiradores y detractores a partes iguales. Daniel Samper Pizano lo llamó “El gurú del antifútbol”.
Pero ¿porqué aquella obsesión por aquel fútbol tan lleno de trucos? Posiblemente debido a un deseo enfermizo por ganar. Pero también por lo que argumenta Fontanarrosa: cuando surgió este Estudiantes, los partidos de la Copa Libertadores eran auténticos campos de batalla, con un reglamento bastante laxo y permisivo. “Puede ser que en aquella época no nos diéramos cuenta, o que nos pareciera algo natural, pero lo cierto es que se veían unas patadas tremebundas, unas planchas asesinas, una cantidad infinita de zamarreos, remolinos, empujones, puteadas y escupidas… Pero Estudiantes se movía en ese clima como pez en el agua”.
Dicho esto, volvamos a Bilardo y su leyenda negra. Basta decir que con lo anteriormente dicho, no hace falta tener una leyenda negra, sino una vitola de infractor. Pero es que del Bilardo jugador se decía que pinchaba con alfileres a los rivales en los saltos para cabecear, algo que nunca se comprobó. Y del Bilardo entrenador se hablaba de prácticas deleznables como el caso conocido como “El bidón de Branco” en el Mundial de Italia 90.
Resulta que en Octavos de Final se enfrentaban Argentina y Brasil. Bilardo era el entrenador de Argentina, flamante campeón cuatro atrás en el Mundial de México 86. Minuto 39, el partido iba 0-0 y Brasil dominaba. El defensor brasileño Rocha le hace una falta al centrocampista argentino Troglio. Entran el médico Madero y el masajista Galindez, y mientras atienden al lesionado, el volante argentino Giusti le ofrece agua al defensa brasileño Branco en un acto de deportividad. Branco pasó el resto del partido mareado y con náuseas.
Con el tiempo se supo que el agua contenía flunitrazepam, una droga de efecto sedante. Jugadores como Julio Olarticoechea se sintieron avergonzados. “Era algo muy del equipo, que no tendría que haber salido. Lamentablemente, lo sacaron a la luz. No estoy de acuerdo, pero lo que pasó, pasó”. Y Branco se limitaría a lamentar: “Carlos Bilardo era un estratega del mal”.
Pero, claro, dirán ustedes: estas prácticas no garantizan el triunfo, porque para ganar hay que hacer goles. Y es verdad. Estas malas artes son, digamos, “defensivas”. Por eso, para ganar, los equipos de Zubeldía y Bilardo tenían delanteros de mucho talento, capaces de definir en los momentos claves del partido.
En Estudiantes de La Plata ese delantero era Juan Ramón “La bruja” Verón, en teoría puntero izquierdo; en la práctica un jugador total, capaz de ocupar todas las posiciones. Un gol suyo le dio la Copa Intercontinental en 1968, y cuando llegó años más tarde al Atlético Junior, fue jugador y técnico al mismo tiempo.
Cuando Bilardo dirigió la Selección Colombia en las eliminatorias para el Mundial España 82, ese jugador decisivo era Willington Ortiz, santo y seña del futbol colombiano durante dos décadas, un jugador superlativo, gambeteador excelso y con una mentalidad ganadora contagiosa. Y cuando Bilardo dirigió la Selección Argentina, ese jugador decisivo a su servicio era Diego Armando Maradona, ni más ni menos.
Pues bien, todo esto nos lleva al Mundial 2026 que acaba de terminar, a la Selección Argentina que dirigió Lionel Scaloni y específicamente a la manera como jugó la final ante España.
Nada hace pensar que Scaloni sea un heredero directo de Bilardo y Zubeldía. De hecho, su formación como entrenador fue en Rozas bajo la tutela del español Luis De la Fuente, quien le ganó en la final del Mundial.
Pero lo que si es verdad es que la “Escuela Estudiantes” existe y cualquier entrenador puede acudir a ésta cuando las condiciones individuales de sus dirigidos así lo determinan. Esta Argentina reunía todas esas condiciones: rocosa, obediente, de carácter rígido, competitiva, capaz de luchar hasta el cansancio y con un solo jugador al que acudir en caso de atascos: Lionel Messi.
Vuelvo a citar a Fontanarrosa cuando dice que todo esto “dejó el germen de una polémica histórica en el fútbol argentino, el otro referente para alimentar una más de las recurrentes divergencias que tanto nos unifican a los criollos, como Braden-Perón, Gálvez-Fangio o Gatica-Prada”. Llevado al fútbol argentino, Menotti-Bilardo. Es decir, cuando el fútbol debe cambiar la actitud ofensiva por la especulación atrás, o cuando no hay otra manera de alcanzar el triunfo.
La verdad, nunca me atreví a preguntarle a Bilardo que pensaba de aquellas divergencias, en alguna de esas charlas que tuvimos. Se lo habían preguntado tantas veces que me atemorizó caer en un lugar común. De manera que hablábamos de Verón, al que admirábamos ambos. La técnica capaz de transformar el caos en gol, una de las muchas formas en que la “Escuela Estudiantes” ha seguido dando que hablar.




