Recuerdo el día en que fui a devolver al bosque a mi gata Martina.
La tenía conmigo hacía unas tres semanas y, junto con ella, había recibido a dos gatitos prematuros que no sobrevivieron. Pensé que mis cuidados y mi amor no habían sido suficientes y que, por esa razón, los gatitos murieron. Realmente, desde ese momento empecé a darme cuenta de que mi corazón era torpe y que estaba iniciando una temporada en mi vida de gran reinvención y empatía.
Fui decidida a entregar a Martina a su mamá gata, que, por cierto, todos los días la iba a buscar y a maullar. Deduje que no era merecedora de su amor y que mi incompetencia era razón suficiente para regresarla.
La saqué del guacal. A los pocos minutos su mamá llegó y, resguardándose detrás de una valla, desesperada, le pedía a Martina que le obedeciera y regresara con ella. Mi corazón latía fuerte y mis lágrimas se fugaron. La solté deseándole el mejor de los destinos y pidiéndole disculpas por no tener la capacidad de cuidarla.
Martina se fue. Caminó diez, veinte, treinta metros, mientras yo observaba cómo su mamá parecía no encontrar la forma de llevarla con ella. En un momento se quedaron quietas, frente a frente mirándose, oliéndose, reconociéndose… o quizá sintiéndose. No lo sé.
Yo estaba esperando que su imagen se desvaneciera ante mis ojos, pero, para sorpresa mía, en un parpadeo observé a mi Martina corriendo hacia mí. Yo estaba congelada. Se lanzó a mis brazos y se quedó allí para siempre, en mi vida y en mi corazón.
Ahora ella tiene ocho años.
El egoísmo que ignoraba que me habitaba fue confrontándose, poco a poco, con muchas historias de amor y silencios. Por eso creo que quienes hemos tenido la fortuna de conocer la pureza de su amor real, noble y sincero empezamos también a aspirar a una forma distinta de empatía y de gracia frente a la vida.
Quizá por eso amamos tanto a nuestras mascotas: porque tienen nombre, historia, hábitos; porque conocemos la forma en que nos miran, sabemos qué les asusta y reconocemos su alegría. El problema comienza cuando nuestra capacidad de sentir termina en la frontera de aquello que consideramos “nuestro”.
Pareciera que cada día perdemos un poco de sensibilidad: incendios, inundaciones, desplazamientos y otras tragedias terminan convirtiendo lo extraordinario en habitual y corremos el riesgo de acostumbrarnos a aquello que nos estremece. Personalmente, compito contra esa indiferencia. Una de mis formas de hacerlo es escribir sobre esas circunstancias, detenerme en ellas y recordar que detrás de cada dato hay vidas concretas, dolores reales y territorios que están cambiando frente a nuestros ojos.
Eso ocurre hoy en Nariño y en toda Colombia con los incendios de cobertura vegetal. Las cifras muestran una emergencia que no puede reducirse a la imagen de una montaña ardiendo: cientos de incendios han afectado buena parte de nuestro departamento, dejando hectáreas productivas comprometidas, familias campesinas afectadas, pérdidas económicas millonarias y cientos de animales expuestos a las consecuencias del fuego. El balance agropecuario para Nariño registró, entre otros impactos, 1.485 hectáreas productivas afectadas, 699 familias y 856 animales, con pérdidas preliminares superiores a los 15.700 millones de pesos.
En La Unión, Nariño conocí el caso de una cerdita que sufrió graves quemaduras durante uno de los incendios. Estaba preñada y su propietario se resistía a sacrificarla porque estaba finalizando su etapa de gestación. Duele lo que esa escena revela: incluso aquello que clasificamos técnicamente como un “animal de producción” deja de ser solamente una unidad económica cuando lo vemos sufrir.
¿Por qué nuestra empatía cambia según la relación que tenemos con el animal que sufre? A nuestra mascota le damos un nombre, conocemos su carácter, interpretamos sus gestos y reconocemos inmediatamente su dolor; a otros animales solemos mirarlos primero desde su función productiva.
Esto tampoco significa desconocer la realidad económica del campo. Para una familia campesina, perder animales, cultivos o infraestructura puede significar perder buena parte de su sustento. Una vaca, un cerdo, una gallina o un cuy también son alimento, ahorro e ingresos. Pero reconocer su valor económico no debería impedirnos reconocer algo más elemental: son seres vivos expuestos al fuego, al dolor, a la deshidratación y al desplazamiento.
Precisamente por eso, enfrentar los incendios únicamente como un asunto ambiental resulta insuficiente: estamos ante un problema que compromete simultáneamente biodiversidad, producción agropecuaria, economía familiar, bienestar animal, agua y gestión del riesgo.
Y el panorama puede hacerse aún más difícil. El IDEAM confirmó el fortalecimiento de El Niño y, en su actualización del 10 de septiembre, estimó una probabilidad superior al 90 % de que alcance una intensidad muy fuerte durante el último trimestre de 2026 y un 75 % de que sea el más intenso de los últimos 76 años.
Y los incendios no son la única emergencia que los pone en riesgo. Basta recordar lo ocurrido tras el terremoto del pasado 10 de agosto en Colombia: 199 animales fueron rescatados con vida entre Cali, Manizales, Pereira y Armenia. Solo en Armenia, 216 fueron reportados como desaparecidos, principalmente perros y gatos. Ellos también quedaron entre los escombros, perdieron sus hogares o se separaron de sus familias.
Por eso creo que hay algo concreto que Nariño puede hacer: territorializar y hacer efectiva la aplicación del Protocolo de Atención para los Animales en Situaciones de Emergencia, adoptado por la UNGRD mediante la Resolución 1295 del 19 de diciembre de 2024. Este instrumento establece cómo coordinar la respuesta para proteger a animales de compañía, de producción y fauna silvestre antes, durante y después de una emergencia, e incluye acciones de rescate, atención en salud, refugio, suministro de agua y alimento, manejo de animales muertos y evaluación de daños y necesidades. Además, ordena a las entidades territoriales integrarlo en sus estrategias de respuesta a emergencia. El protocolo ya existe; la pregunta es si está llegando hasta la vereda cuando comienza el fuego.
Martina regresó hacia mí hace ocho años y, sin saberlo, me obligó a mirar la vida de una manera distinta.
Desde entonces hay algo que aún estoy aprendiendo: la empatía es relativamente sencilla cuando aquello que sufre tiene un nombre que amamos. El verdadero desafío comienza cuando somos capaces de reconocer el valor de una vida aun cuando no nos pertenece.




