Escuchando nota
Pablo Emilio Obando A.
Lo expresamos una vez más, existen momentos en la vida de un departamento en los que las diferencias políticas deberían quedar a un lado. Momentos en los que no importa quién hace el llamado, sino la importancia del llamado. Momentos en los que una región entera debería ser capaz de reconocerse en una misma causa.
Ese momento parece haber llegado para Nariño. La senadora Liliana Benavides ha convocado a los congresistas del departamento a reunirse, analizar la situación presupuestal de nuestra región y construir una posición conjunta frente al Presupuesto General de la Nación para 2027.
No es un llamado de poca monta. Y tampoco debería ser recibido con la estrechez de quienes todavía pretenden mirar la política con los lentes de los colores partidistas. Si el llamado beneficia a Nariño, bienvenido sea. Si busca más recursos para nuestras carreteras, nuestros municipios, nuestras escuelas, nuestros colegios, nuestros programas sociales, nuestra infraestructura y nuestras comunidades, entonces lo sensato es escucharlo.
No importa de dónde venga la voz. Importa lo que dice. Y, sobre todo, importa lo que está en juego. El Presupuesto General de la Nación para 2027 asciende actualmente a $634,9 billones. Ese monto global fue aprobado previamente por las comisiones económicas del Congreso y ayer fue aprobado en primer debate el proyecto de presupuesto, que ahora continúa su trámite en las plenarias de Senado y Cámara.
En medio de ese gigantesco universo de cifras hay una realidad que no puede pasar inadvertida para Nariño: según la regionalización de la inversión del Presupuesto General de la Nación elaborada por el Departamento Nacional de Planeación, Nariño pasa de $2,747 billones en 2026 a $2,673 billones en la regionalización inicial para 2027. Son aproximadamente $74.742 millones menos, equivalentes a una disminución nominal cercana al 2,7 %. El propio Departamento Nacional de Planeación precisa que este ejercicio de regionalización tiene carácter preliminar e indicativo y que la localización de las inversiones puede variar durante su ejecución.
Setenta y cuatro mil millones menos no son una cifra menor. Son otra historia. Son carreteras que pueden esperar. Obras que pueden aplazarse. Proyectos que pueden quedarse en los escritorios. Escuelas que pueden continuar esperando. Caminos rurales que seguirán deteriorándose. Programas sociales que tendrán menos margen. Comunidades que volverán a escuchar la palabra “priorización” cuando en realidad lo que necesitan son soluciones.
Por eso el llamado de la senadora Benavides llega en un momento particularmente oportuno. Y hay una circunstancia que lo hace todavía más significativo: ella preside la Comisión Cuarta Constitucional Permanente del Senado, una de las instancias fundamentales en la discusión del Presupuesto General de la Nación. Fue elegida para esa responsabilidad por unanimidad y ha señalado que su tarea debe contribuir a que los recursos públicos se distribuyan con equidad y transparencia.
Pero hay algo más importante que el cargo. Está la voluntad de convocar. Convocar a todos. No solamente a quienes comparten una bancada. No únicamente a quienes militan en un determinado partido. No exclusivamente a quienes piensan como ella. A todos los congresistas de Nariño. Ese detalle merece ser destacado.
Porque la política, cuando se pone al servicio de una región, deja de ser una competencia de egos para convertirse en una herramienta de transformación.
Nariño necesita que sus senadores y representantes entiendan que en Bogotá pueden existir muchas diferencias, pero que cuando se trata de defender los intereses del departamento debería existir una sola voz. Una voz plural. Una voz firme. Una voz nariñense.
No se trata de renunciar a las diferencias ideológicas. Tampoco de borrar las legítimas contradicciones políticas. Se trata de comprender que hay asuntos que están por encima de las fronteras partidistas.
La carretera que necesita un campesino no pregunta por quién votó. El niño que espera una escuela digna tampoco. La familia que necesita una vivienda no pregunta qué partido gobierna. El estudiante que requiere alimentación escolar no distingue entre izquierdas y derechas.
El municipio que reclama infraestructura, agua, conectividad o vías terciarias necesita respuestas, no discursos. Por eso resulta alentador que una dirigente política tenga la capacidad de convocar más allá de su propia colectividad.
Y sería igualmente alentador que los demás congresistas respondieran al llamado. Todos. Sin excepciones. Sin cálculos pequeños. Sin mezquindades. Sin preguntarse primero quién obtiene el crédito político. Porque el crédito, en este caso, debería pertenecerle a Nariño.
Hay momentos en que las regiones tienen que aprender a defenderse colectivamente. Y este es uno de ellos.
El país atraviesa restricciones fiscales, una pesada carga de deuda y una fuerte discusión sobre las prioridades del gasto público. El Banco de la República ha advertido sobre la necesidad de continuar con el ajuste fiscal, mientras el proyecto presupuestal refleja precisamente esa tensión entre obligaciones, funcionamiento, deuda e inversión.
Eso significa que conseguir mayores recursos para Nariño no será sencillo. Pero precisamente por eso se necesita unidad. Unidad no significa unanimidad. Unidad significa propósito.
Significa sentarse alrededor de una mesa y preguntarse, con seriedad: ¿qué necesita Nariño?, ¿cuánto necesita?, ¿qué proyectos son prioritarios?, ¿qué recursos pueden gestionarse?, ¿qué compromisos deben defenderse?, ¿qué obras no pueden seguir aplazándose?
Y después ir juntos a tocar las puertas que haya que tocar. Ese es el ejemplo que hoy se está planteando. Y merece ser valorado.
A la senadora Liliana Benavides hay que reconocerle, más allá de cualquier consideración partidista, la sensibilidad política de entender que el presupuesto no puede mirarse únicamente desde Bogotá. También tiene rostro territorial. Tiene nombre de municipio. Tiene acento campesino. Tiene necesidades concretas.
El presupuesto se convierte en realidad cuando llega a una carretera, a una escuela, a una vivienda, a un programa de alimentación, a una obra de infraestructura, a una comunidad.
Las cifras solamente adquieren sentido cuando se transforman en bienestar. Por eso Nariño necesita que sus congresistas despierten una conciencia regional. Que comprendan que hay momentos para competir y momentos para coincidir.
Este es, indudablemente, uno de esos momentos para coincidir. Que nadie pregunte primero de qué partido viene la propuesta. Preguntemos si la propuesta beneficia a Nariño. Que nadie pregunte quién recibirá los aplausos. Preguntemos cuántas obras podrán hacerse. Que nadie piense en la fotografía política. Pensemos en la fotografía de un departamento que puede avanzar. Ojalá esta convocatoria encuentre eco.
Ojalá los congresistas de Nariño acudan. Ojalá se sienten juntos. Ojalá discutan, confronten ideas, construyan acuerdos y salgan de esa reunión con algo mucho más importante que una declaración: una agenda común para defender los recursos del departamento.
Porque cuando se trata de Nariño, la política debería tener un límite: el interés colectivo.
Y una obligación: trabajar unidos.
Quizás entonces descubramos que, por encima de los colores políticos, existe un color que debería convocarnos a todos.
El de nuestra propia tierra.
Nariño.




