Nariño necesita ampliar su mirada sobre el desarrollo. El buen vivir ha sido una orientación importante para los gobiernos del departamento y ha contribuido a poner en el centro los derechos, la diversidad y la relación con el territorio. El paso hacia un modelo de desarrollo endógeno no significa abandonar esa apuesta, sino fortalecerla e incorporar otros enfoques que respondan a los desafíos actuales.
El desarrollo endógeno parte de las capacidades de cada territorio: sus recursos, conocimientos, empresas, formas de cooperación y expresiones culturales. Como plantea Antonio Vázquez, esas capacidades pueden generar más valor y nuevas oportunidades cuando se articulan con la innovación, la difusión del conocimiento y la organización de la producción. Para Nariño, esto implica impulsar acciones concretas en campos como las industrias creativas y las economías locales.
El departamento ha avanzado en capacidades relacionadas con el desarrollo humano, especialmente en educación y salud. Ahora es necesario ampliar las oportunidades económicas y fortalecer las instituciones para que respondan a las particularidades de sus territorios. Esto supone revisar cómo se distribuyen las competencias, qué capacidades requiere cada entidad y qué reglas formales e informales orientan la vida social. En algunos lugares preocupa que normas impuestas por actores ilegales lleguen a prevalecer sobre las del Estado. Esa realidad limita la participación y dificulta construir acuerdos duraderos.
La institucionalidad también debe abrir espacios efectivos para la ciudadanía y los movimientos sociales, incluidos quienes trabajan por la protección ambiental. Su participación no puede reducirse a consultas ocasionales: sus voces deben incidir en las decisiones políticas y en la planificación del departamento. Un modelo propio requiere reconocer la diversidad de Nariño y las distintas posturas sobre cómo cuidar y transformar el territorio.
No habrá desarrollo legítimo bajo la presión de las armas. La gobernanza debe excluir a los actores armados ilegales y garantizar que las comunidades puedan participar sin amenazas. El Estado debe cumplir sus responsabilidades, proteger a la población y asegurar el ejercicio legítimo de la fuerza dentro del marco de la ley. La disputa territorial y la violencia restringen la vida cotidiana, debilitan la confianza y hacen inviable cualquier proyecto compartido.
También hace falta pensar en Nariño con visión de Estado: con objetivos de largo plazo, instituciones capaces y una estrategia para aprovechar mejor sus recursos y capacidades. No se trata de desconocer que somos un departamento ni de copiar modelos ajenos. Se trata de aprender de experiencias como Israel, Singapur o Antioquia, identificar qué ideas pueden servir y adaptarlas con humildad a la realidad nariñense. Como señalaba el empresario Luis Ernesto Chávez, referentes como Singapur pueden ayudar a imaginar un territorio más sostenible y autosuficiente, siempre que el aprendizaje parta de nuestras propias condiciones.
Esa mirada exige revisar cómo invertimos en educación y cultura. Una sociedad que quiere innovar debe preguntarse cómo formar mejor a sus habitantes, cómo ampliar el acceso al conocimiento y cómo sostener espacios para la creación. La edad no es una barrera para aprender: puede ser una oportunidad para promover aprendizajes prácticos, dinámicos e intergeneracionales. Pero para que las ideas se conviertan en proyectos, necesitamos un ecosistema de emprendimiento que conecte a las personas y a los sectores, en lugar de dejarlos trabajar de manera aislada.
La música y el arte también pueden aportar al bienestar colectivo y a la economía. El ejemplo de grupos como BTS invita a pensar en la capacidad de la cultura para convocar comunidades, generar actividad y contribuir a la sociedad. En Nariño, las industrias creativas pueden fortalecer la identidad, crear empleo y conectar el talento local con redes nacionales e internacionales. Para lograrlo, hacen falta espacios de cooperación, intercambio de conocimientos y acompañamiento a quienes emprenden.
El desarrollo también requiere fortalecer las empresas locales y regionales. Dentro de las reglas de la Constitución y la ley, las inversiones y los proyectos pueden diseñarse para que el talento, los proveedores y las empresas del departamento tengan oportunidades reales de participar. No se trata de cerrar Nariño al mundo, sino de asegurar que su gente pueda competir, crecer y beneficiarse de las iniciativas que se realizan en su territorio.
La planificación no puede quedar en manos de un solo sector. Debe reunir a instituciones, empresas, organizaciones sociales, comunidades étnicas, mujeres, jóvenes, academia y agentes culturales. El diálogo permanente permitiría conciliar perspectivas distintas y construir políticas que promuevan la sostenibilidad y generen oportunidades. Así también podremos superar la desconfianza que alimenta la frase “pastuso come pastuso” y avanzar hacia relaciones de cooperación.
Las redes, internet y el conocimiento han cambiado la manera de producir y colaborar. Los sectores tradicionales siguen siendo relevantes, pero necesitan conectarse con nuevas formas de organización, innovación y circulación de ideas. También las organizaciones sociales y laborales pueden renovar sus prácticas para responder a una sociedad que ha cambiado. La protesta, las marchas y las huelgas son formas legítimas de participación; el reto es que puedan acompañarse de propuestas productivas y acuerdos que mejoren las condiciones de vida.
La rebeldía que necesita Nariño puede expresarse en la decisión de enfrentar la pobreza y crear riqueza; rechazar la violencia y trabajar por la seguridad; cuestionar los modelos que no han dado respuesta suficiente y construir alternativas. La inconformidad tiene fuerza cuando se convierte en propuestas, empleo, emprendimientos y oportunidades para la ciudadanía. El departamento no puede vivir solo de la nostalgia ni de discursos que no se traducen en resultados.
Nariño necesita un acuerdo que permita ordenar el territorio, planificar su futuro y responder a lo que la población requiere con hechos, acciones e impacto. El desafío es construir un modelo de desarrollo propio, ajustado a la realidad contemporánea y respetuoso de la diversidad: uno que integre desarrollo económico e institucional, derechos étnicos, sostenibilidad ambiental y capacidades de género; que fortalezca la producción y la cooperación; y que garantice la participación en condiciones de libertad y seguridad.
El buen vivir puede abrirse a este horizonte y formar parte de una propuesta más amplia: un desarrollo endógeno que reconozca las capacidades de Nariño y las convierta en oportunidades concretas para su gente. Ese tránsito requiere instituciones sólidas, acuerdos y una conversación permanente sobre el futuro que el departamento quiere construir. La ciudadanía ya no espera únicamente discursos: necesita ver proyectos, resultados y cambios que mejoren su vida.




