Por Tirso Benavides Benavides
Hace pocos días llegó a mis manos un ejemplar de El fantasma de la Ópera, de Gaston Leroux. Pertenece a la colección Austral Mínima: pequeño, de tapa dura, con sobrecubierta y un separador de cinta semejante al de algunas biblias. Cabe casi completo en una mano, aunque encierre los pasadizos, los camerinos y el lago subterráneo de la Ópera de París. Antes de abrirlo, ya me había conquistado.
La historia, por supuesto, no cambia por la encuadernación. El fantasma continúa escondido detrás de su máscara, Christine sigue escuchando la voz que viene de las sombras y el amor conserva su conocida inclinación a convertirse en obsesión. Sin embargo, esa edición modifica mi relación con la obra. No contiene palabras nuevas, pero les ha dado otro cuerpo.
Y el libro también es eso: un cuerpo.
Umberto Eco comparó el libro con la cuchara, el martillo, la rueda y las tijeras: inventos tan bien resueltos que resulta difícil mejorarlos. Se pueden modificar sus materiales, reducir su tamaño, iluminar su pantalla o almacenar miles en un dispositivo, pero su principio continúa intacto: alguien fija unas palabras y otra persona, quizá siglos después y a miles de kilómetros, las convierte nuevamente en pensamiento.
Pocos inventos han hecho tanto por la humanidad. Los libros preservan conocimientos, contradicen dogmas, transmiten ideas, conservan la memoria de los pueblos y permiten que los muertos sigan conversando con nosotros. También poseen una virtud menos solemne y acaso más maravillosa, nos permiten viajar sin pedir visa, sin comprar tiquetes y sin soportar a nadie que recline el asiento delantero contra nuestras rodillas.
A través de ellos he caminado por ciudades que no conozco, entrado en casas inexistentes, acompañado asesinos, enamorados, muertos y seres que sería prudente evitar en la vida real. Un libro puede llevarnos a la Rusia de Tolstói, al París de Víctor Hugo, al Cali convulsionado de Andrés Caicedo o a los territorios sombríos de Edgar Allan Poe, H.P. Lovecraft o Mary Shelley. Uno permanece sentado, pero algo de uno se desplaza.
Los formatos digitales conservan esa capacidad. No tengo interés en declarar una guerra religiosa entre el papel y la pantalla. Un libro electrónico puede ser más barato, facilita el acceso inmediato y permite transportar una biblioteca completa sin destruir la espalda ni reforzar las tablas de un armario. Resulta práctico, generoso con los espacios pequeños y muy útil para quienes viajamos o leemos de noche. Pero no es lo mismo.
Un archivo contiene el texto; el libro impreso, además, ocupa un lugar en la casa y en la memoria. Tiene peso, textura, dimensiones, tipografía, márgenes y una cubierta escogida por alguien. Puede envejecer, mancharse, conservar una flor, un tiquete, una fecha escrita con lápiz o una dedicatoria que les da otro significado. Algunos libros terminan guardando una historia distinta de la que imprimió la editorial.
Por eso compraré otros títulos de Austral Mínima, aunque ya tenga algunas de esas obras en ediciones diferentes. Es en ese punto donde la lógica empieza a sentirse incómoda y el lector se transforma en coleccionista. No se compra únicamente el texto, se compra esa forma particular de poseerlo.
Con Poe me ocurre con frecuencia. También con Andrés Caicedo. Sus obras se repiten en mi biblioteca con portadas, tamaños, prólogos y diseños distintos. Desde una perspectiva estrictamente utilitaria, bastaría un ejemplar de cada una. La literatura, por fortuna, no siempre obedece a la administración eficiente de recursos. Un mismo libro puede tener varias vidas físicas. Una edición permite subrayar; otra se conserva casi intacta; una tercera contiene un prólogo interesante; otra, simplemente, es demasiado bella para dejarla en la librería. La repetición no siempre es redundancia. A veces implica otra forma de leer.
Están, además, los ejemplares firmados. En mi biblioteca conservo una edición de La fiesta del Chivo dedicada por Mario Vargas Llosa. También ejemplares dedicados por Fernando Vallejo, Héctor Abad, Ricardo Silva, Pedro Juan Gutierrez, Padura, Villoro, Arriaga, Jorge Franco, Coetzze, Caparrós, Fuguet, Salman Rushdie, Wendy Guerra, Labatut, Ungar, Sergio Ramírez, entre otros tantos con los que he tenido la idea de coincidir.. Sus firma no mejora la novela -sería absurdo suponer que unas palabras manuscritas corrigen o embellecen las impresas-, pero vuelve único ese ejemplar. Entre los millones que pueden existir, ese estuvo durante unos instantes frente al autor y después llegó hasta mí. Una dedicatoria transforma un producto editorial en la constancia de un encuentro.
Lo mismo sucede, de una manera más cercana, con los libros escritos por personas que conozco. En mi biblioteca hay una repisa especial para las obras de Diana Ospina, Jaime Espinal, Rivas, Vivian Newman, Tavo Carvajal, Gilmer Mesa, Andrés Pascuas, Josehp Avski, Rikardo Pantoja, Caputo, El Chispas, Rosbel, John Rodríguez, entre otros amigos que ejercen el oficio. Allí no están únicamente sus cuentos, ensayos o novelas. También están las conversaciones, los afectos, los proyectos compartidos y la satisfacción de ver convertido en objeto aquello que alguna vez fue apenas una idea contada entre trago y trago, en los almuerzos, en el compartir cotidiano.
Mi biblioteca es mi lugar favorito. Me acoge entre páginas. Hay quienes encuentran refugio en un jardín, una cocina o un sillón frente al televisor. Yo lo encuentro en ese espacio donde los lomos forman una geografía irregular y las voces de escritores que nunca coincidieron en vida terminan viviendo pared con pared. Walter Benjamin comprendió esa intimidad. En Desembalo mi biblioteca no se ocupó solamente de los títulos que poseía, sino de la relación entre el coleccionista y sus libros. Cada ejemplar le devolvía las circunstancias de su hallazgo, una ciudad, un viaje, una época de su vida.
Una biblioteca no es simplemente una acumulación de obras; también es una forma material de la memoria. Por eso organizarla es un ejercicio de edición. Hay que decidir qué autor conversa con cuál, quién merece quedar a la altura de los ojos y quién será desterrado a los estantes inferiores. Se puede ordenar por autores, países, géneros, temas, editoriales, tamaños o colores, aunque esta última posibilidad me parece una herejía más atractiva para diseñadores de interiores.
Una de las intimidades que más disfruto compartir con una pareja es organizar los libros. No se trata únicamente de moverlos. En esa tarea se discute el canon doméstico: dónde van las novelas, si la poesía debe mantenerse aparte, si los libros de derecho merecen convivir con la literatura y qué hacer con esos ejemplares enormes que nunca caben en ninguna parte. Ordenar juntos una biblioteca es negociar una manera de entender el mundo. También es descubrir que el amor puede sobrevivir a muchas cosas, pero quizá no a colocar a Paulo Coelho junto a Borges.
Existe, además, una clasificación inevitable: libros leídos y no leídos. La repisa de estos últimos aumenta con una velocidad bastante superior a mi capacidad de lectura. Los japoneses tienen una palabra para esa costumbre: tsundoku, la acumulación de libros comprados que esperan ser leídos. Ponerle un nombre extranjero al problema no lo resuelve, pero le concede cierta dignidad cultural.
A veces miro esa fila creciente y me preocupa no alcanzar a leerlo todo. Cada nuevo libro aumenta una deuda que se paga con horas, atención y vida. Sin embargo, sigo comprando. Es uno de los vicios del lector compulsivo: sabe que el tiempo es limitado, pero actúa como si le hubieran concedido varias existencias. No conviene romantizar demasiado esa conducta. Comprar libros no equivale a leerlos y una biblioteca puede convertirse en escenografía, trofeo social o papel tapiz para aparentar una cultura que nunca se abre. La belleza del objeto no debe reemplazar el placer de la lectura. Un libro cerrado puede ser hermoso, abierto puede transformar a quien lo sostiene.
Leer sigue siendo lo esencial, el silencio que se forma alrededor, la página que obliga a detenerse, la frase que se subraya, el párrafo al que regresamos porque algo se nos escapó o porque algo nuestro quedó atrapado allí. El objeto importa porque acompaña ese ritual. Le da a la lectura una geografía, sabemos que cierta frase estaba cerca del final, en una página izquierda o junto a una marca que hicimos años atrás.
Tal vez por eso las bibliotecas terminan pareciéndose a sus dueños. Tienen zonas ordenadas y rincones caóticos, entusiasmos pasajeros, obsesiones duraderas, amistades, deudas y asuntos pendientes. Son una autobiografía escrita por otros.
Estas reflexiones llegan justamente cuando Pasto celebra la XIX Temporada de Letras, la feria del libro que se realiza hasta el primero de noviembre en la Casona Taminango, con entrada libre, como nos gusta. Allí el libro es el personaje principal. Hay autores, lectores, editoriales, conversaciones, actividades culturales y ejemplares esperando encontrar dueño.
Vale la pena ir. No únicamente para comprar, sino para mirar, hojear, conversar, escuchar a quienes escriben, conocer a los escritores regionales y recordar que alrededor de un libro todavía puede reunirse una ciudad.
Yo por supuesto iré, e intentaré comportarme con moderación. Tengo muchos libros pendientes y no necesito aumentar su número, pero sé y es lo más probable, que regrese a casa con algunos. Leer es un vicio sano, pero también genera compulsiones.




