Por Xiomara Erazo
Ya se acerca mi cumpleaños y el numero 13 me ha acompañado toda la vida. Y aunque cada año encuentro nuevas razones para celebrar la vida, también encuentro preguntas que antes no me hacía. Con el tiempo he comprendido que un cumpleaños no es solamente una fecha para recibir abrazos, agradecer afectos o recordar lo vivido. Es también una oportunidad para reconocer lo que nos ha formado, aquello que hemos decidido defender y, sobre todo, lo que todavía queremos transformar.
Hay algo particular en haber nacido en noviembre. Es un mes atravesado por la memoria, la libertad, las pérdidas y las grandes luchas de nuestra historia. Este mes parece recordarnos que la vida, tanto la individual como la colectiva, nunca está desligada de las circunstancias del país en que nacemos y habitamos.
Pienso en todas las historias que pudieron haber sido y no fueron. En las vidas interrumpidas por la tragedia de Armero, ocurrida precisamente un 13 de noviembre de 1985. En las familias que aún esperan respuestas por lo sucedido en el Palacio de Justicia, apenas unos días antes. Son heridas distintas, pero unidas por una pregunta que sigue incomodándonos: ¿Qué tanto influyen quienes ejercen el poder en la capacidad del Estado para proteger la vida?
Conocer estas historias me ha llevado a entender que la memoria no puede ser únicamente una obligación con el pasado. También debe ser un compromiso con el presente. Porque una tragedia que no transforma nuestras instituciones corre el riesgo de convertirse en una fecha que recordamos solemnemente mientras continuamos repitiendo nuestros errores.
Pero me encanta noviembre en especial porque representa valentía.
La independencia de Cartagena, proclamada un 11 de noviembre, nos recuerda que hubo generaciones capaces de desafiar un orden que parecía inamovible. Y la historia de Policarpa Salavarrieta, cuya memoria honramos el 14 de noviembre, demuestra que las mujeres no hemos sido espectadoras de las grandes transformaciones de Colombia, aunque durante demasiado tiempo se haya contado la historia como si lo fuéramos.
Quizá por eso siempre me ha interesado comprender el poder desde una perspectiva distinta. No como un lugar al que se llega, sino como una responsabilidad que se ejerce. No como la capacidad de imponer decisiones, sino como la posibilidad de abrir caminos y transformar realidades.
Esa convicción ha orientado buena parte de mi vida. Desde el derecho, la gestión pública y las relaciones internacionales he comprendido que las grandes transformaciones exigen visión estratégica, liderazgo y determinación para convertir las ideas en decisiones que trasciendan. Conocer el poder desde distintas perspectivas me ha enseñado que el futuro no se espera: se construye con criterio, audacia y capacidad de incidencia.
Y es precisamente allí donde encuentro uno de los mayores desafíos de nuestro país. Hemos aprendido a conmemorar nuestras conquistas, pero no siempre a defenderlas; a reconocer nuestros problemas, pero no necesariamente a resolverlos. Nos hemos acostumbrado a medir la gestión pública por sus anuncios, la democracia por sus elecciones y el desarrollo por sus cifras, olvidando que el verdadero progreso se refleja en las oportunidades que una sociedad es capaz de generar.
Noviembre también me invita a pensar en la tolerancia y en la infancia, dos asuntos que en el fondo hablan del tipo de sociedad que estamos construyendo. ¿Qué futuro estamos ofreciendo a nuestros niños si todavía nos cuesta convivir con quienes piensan diferente? ¿Qué democracia estamos defendiendo si las oportunidades siguen dependiendo del territorio donde se nace? La tolerancia que conmemoramos el 16 y los derechos de la infancia que recordamos el 20 deberían ser mucho más que buenos propósitos.
No tengo todas las respuestas. Y, afortunadamente, cada año me convenzo menos de que alguien pueda tenerlas. Pero sí tengo algunas certezas: que la dignidad no debería depender de la geografía, que el liderazgo pierde sentido cuando se desconecta de su propósito y que ningún logro individual resulta suficientemente grande si no contribuye, de alguna manera, al bienestar colectivo.
Finalmente, noviembre también nos llevará al 25, una fecha para reconocer el liderazgo de las mujeres y reafirmar nuestro derecho a vivir, decidir y ejercer el poder con libertad. Quizá por eso este mes me resulta tan significativo: entre la memoria, la libertad y la celebración de la vida, ratifico una convicción: las mujeres no solo somos protagonistas de nuestra historia, también tenemos la visión y la determinación para transformar el rumbo de una sociedad.
Celebro mi nacimiento con gratitud. Por las personas que han acompañado mi camino, por las oportunidades que he sabido aprovechar, por las traiciones que me enseñaron a elegir mejor mis lealtades y por las dificultades que me exigieron reinventarme sin renunciar a mis convicciones. También por las decisiones difíciles, las lecciones inesperadas y, sobre todo, por la certeza de que siempre es posible comenzar de nuevo.
Hoy miro hacia adelante convencida de que el verdadero valor de una vida no está en lo que se acumula, sino en lo que somos capaces de impulsar. Recibo este noviembre con la lucidez que dejan las experiencias y con la ambición intacta de seguir construyendo aquello que otros consideran improbable. Porque he comprendido que la vida no consiste en cumplir expectativas ni en esperar circunstancias favorables, sino en tener el criterio para elegir nuestro camino, el carácter para defenderlo y la audacia para cambiar las reglas cuando sea necesario.




