Albert Camus, el coronavirus, el pánico y la nostalgia.

Albert Camus, el gran escritor argelino-francés escribió en la década de los años 50 del siglo pasado su novela “La peste”, una visión universal de estas catástrofes cíclicas que azotan de una manera despiadada a la humanidad. El virus de las pestes, con cambios o sin ellos, despierta de vez en cuando y se mete a una casa, a un cuerpo, y éste se encarga de contagiar al resto. El autor de “El extranjero” nos recuerda que el virus existe desde los mismos orígenes de la humanidad y que la mayor parte del tiempo el bicho permanece dormido. En “La peste”,  el virus despierta por sí solo, o alguien lo ha despertado, aquellos que tienen interés en hostigar al ser humano y sus debilidades: el pánico, el dolor, el poder, la censura, la resignación, la usura y también la nostalgia.

Como en Orán, la ciudad imaginaria de Camus, de Lombardía miles y  miles de personas querían escapar de la cuarentena que el gobierno italiano se disponía a aplicar en cuestión de horas. El pánico en plena ebullición. Pero en medio de ese miedo hay hombres y mujeres que reaccionan de otra manera: el hombre calmado, el científico, el razonable que, ante todo, quiere ayudar. Ese es el doctor Bernard Riuex, el médico de Orán, cuyo ejemplo y valentía lo comparte con un colaborador, Tarrou, quien sigue el ejemplo del médico.

Hay otro personaje inolvidable, Grand, aquel que quiere encontrar las palabras exactas para describir los momentos que vive él, su familia, sus vecinos, la ciudad entera frente a la Gran Peste de su siglo. Es él, el que en medio de la catástrofe humanitaria, tiene nostalgia del mundo, de sus recuerdos, de sus momentos sublimes. Nostalgia, la palabra más hermosa del mundo en todos los idiomas. Gracias a esta emoción tan íntima y desgarradora, Grand reconoce en la nostalgia sus errores del pasado y tiene confianza en proyectar su vida de otra manera. Recordar, por ejemplo, los tiempos felices en que no hay peste y podemos salir sin temor a la calle. Nostalgia de lo que tenemos y que nunca le dimos importancia alguna.

Y un periodista, atrapado en el laberinto de Orán, o Madrid, o Lombardía, o Wahan. Un ejemplo para todos los comunicadores de estos tiempos de desinformación, de fat news, de bulos.  Éste no se dedica a alarmar a la población, a sacar conclusiones inexactas o a esconder información clave, como sucede  en algunos lugares y tiempos donde acceder a la verdad es un verdadero calvario.

Como cajas de resonancia de las políticas de contención de la Peste del Coronavirus, los medios tienen que asumir su papel de contención del pánico, la alarma, los desmanes de algunos, pero sobre todo, el papel de sujeto activo contra la peste. El periodista de Camus, no solamente cumple su papel a cabalidad, sino que termina ofreciéndose como voluntario, pues ha hecho del drama humanitario su propio drama y a pesar del alto grado de posibilidades de morir, se queda en Orán para ayudar a los desvalidos.

La lucha contra el pánico es hoy tan importante como la lucha contra el virus. En un  país europeo, dice la leyenda, llegó la peste y se cargó a más de 200.000 personas. Alguien pasó al lado de la muerte, que estaba tranquila en una esquina. Y ese alguien le espetó en sus narices: muerte cruel, te has cargado a miles y miles de personas. Y la muerte respondió: yo venía sólo por 1.000, el resto se murió de miedo, no es mi culpa. Y sí, la mayor catástrofe de las pestes es el pánico, el miedo que genera todo tipo de desproporciones. Pocas personas mueren del virus propiamente dicho. La mayoría se alarma y el pavor se extiende más rápido que el virus y la ansiedad, los paros cardiacos y las asfixias acaban con muchas vidas. Es lo que ha sucedido en todos los tiempos y que Camus refleja en “La peste”.

Incluso, son los daños colaterales los que generan más tragedia. Acabo de hablar con una amiga. Me dice que conoce a alguien que tiene mucho dinero, que ha comprado 5 mil mascarillas y que anda en busca de otras tantas. El presidente de Mercadona acaba de aparecer en TV. pidiendo calma a quienes quieren desabastecer los supermercados. En Italia, dos horas antes de que se decretara el confinamiento de Lombardía y 14 provincias más,  la noticia se filtró y la población enloquecida trataba de encontrar un medio de transporte para salir hacia el sur. En las cárceles hay amotinamientos. El miedo cunde.

En “La peste”, no solamente hay este tipo de comportamientos, sino otros que tienen que ver con hechos puramente delincuenciales, como falsa alarma, erróneas soluciones a la tragedia, especulación, secuestros, engaños que llevan rápidamente al caos y al entorpecimiento de las labores que hacen los médicos y paramédicos a fin de controlar la epidemia y salvar vidas. Pues bien, la tarea de los medios de comunicación es salvar vidas, igual que los médicos, pues el pánico es un virus más violento y su contagio supera en miles de veces al contagio de todo virus. He aquí nuestra tarea, ahora.

Comentarios

Comentarios