Arte y política, un binomio inaplazable

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En Nariño el arte no es adorno. Es raíz. Es memoria. Es resistencia. Es esa manera tan nuestra de decirle al mundo que existimos más allá de las cifras de pobreza, de los informes oficiales y de las promesas de campaña. Aquí el arte es tambor, es carnaval, es pincel, es talla en madera, es barniz de Pasto, es telar paciente y es poesía que brota entre montañas.

Por eso resulta refrescante —y políticamente inteligente— cuando una candidata entiende que la cultura no es relleno protocolario sino columna vertebral del desarrollo regional. Nos referimos a la aspirante a la Cámara de Representantes por Nariño, Alejandra Abásolo, quien ha sabido caminar de la mano de nuestros artistas, no como simple espectadora de vitrina, sino como interlocutora de sueños.

Hemos visto —y lo decimos con la franqueza que nos caracteriza— cómo en distintos eventos culturales su presencia no ha sido decorativa. Ha escuchado. Ha conversado. Ha entendido que detrás de cada obra hay una historia de disciplina, de precariedad muchas veces, y de un talento que clama escenarios más amplios.

Allí estaban, por ejemplo, los maestros del color y de la identidad, Boris Arteaga y Hernán Córdoba, dos nombres que ya no caben únicamente en nuestras galerías locales porque su obra es, sin exageraciones, una ventana artística de Nariño ante el mundo. Ellos representan esa estética andina que dialoga con lo universal sin perder el acento. Son prueba viva de que aquí hay talento de exportación, pero muchas veces sin el respaldo institucional necesario para cruzar fronteras.

Y ahí es donde la política debe dejar de ser discurso y convertirse en herramienta.

Nuestros artesanos, nuestros artistas del carnaval, nuestros creadores del pincel y del cincel, los orfebres, los talladores, los maestros del barniz, no pueden seguir sobreviviendo a punta de aplausos. El aplauso dignifica, sí. Pero no paga talleres, no financia exposiciones internacionales, no abre mercados ni garantiza seguridad social.

Qué bueno sería que quienes rigen los destinos del departamento —y quienes aspiran a hacerlo desde el Congreso— le peguen una miradita seria al arte. Que entiendan que apoyar la cultura no es gasto sino inversión. Que legislar en favor del artista no es populismo sino visión estratégica.

Porque el arte genera empleo. El arte atrae turismo. El arte construye identidad. El arte pacifica territorios. El arte nos salva de la violencia simbólica y de la pobreza espiritual.

Celebramod, entonces, que desde una campaña a la Cámara se hable de políticas públicas culturales, de estímulos reales, de vitrinas nacionales y proyección internacional para nuestros creadores. Que se piense en leyes que faciliten la circulación de obras, en fondos al alcance de todos, transparentes, en formación, en internacionalización, en incentivos tributarios para quienes inviertan en cultura.

Y celebramos, aún más, ese roce sano entre artistas y candidatos. Ese diálogo donde el creador no es invitado de piedra sino actor político. Porque el arte también piensa. El arte también opina. El arte también vota.

Ojalá este tipo de expresiones políticas, donde la mano del dirigente se entrelaza con la del pintor, la artesana y el maestro del carnaval, no sean flor de campaña sino compromiso de largo aliento. Ojalá desde el Congreso de la República se escuche con fuerza la voz cultural de Nariño.

Al respecto es bueno, necesario y oportuno resaltar que la doctora Alejandro Abásolo se ha desempeñado con lujo de detalles como directora de cultura de Popayán y directora del museo Negret. Igualmente su talento y sensibilidad le ha permitido desempeñarse como gestora cultural desde temprana edad. Además realizó el dosier para la UNESCO para lograr que Pasto sea declarada como una de la ciudades creativas de la artesanía y el arte popular.

Nuestros artistas no piden privilegios. Piden oportunidades. Piden respaldo. Piden políticas claras y sostenibles.

Y si una candidatura entiende que el desarrollo regional pasa inevitablemente por la cultura, entonces estamos ante una señal esperanzadora.

Porque cuando el arte avanza, la región se levanta. Y cuando la política entiende al arte, la democracia se ennoblece.

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