Conciliar la vida con el cuidado

Columnista invitada: Juliana Echeverry.

La decisión:

Empezaré por reconocer que la decisión de ser madre la tomé por temor a perder algo que busqué durante toda mi vida: una familia. Mi familia era, como muchas familias contemporáneas, de dos. Mi esposo y yo llevábamos una vida simple, tranquila y un poco hedonista.

Un embarazo no planeado apareció y con ello un horizonte incierto en el que había por lo menos dos posibilidades: intentar tener una familia de tres o aplazar esta primera posibilidad -tal vez para siempre-, con el riesgo de cargar con una culpa por mucho tiempo.

Yo, Juliana, siento culpas. Todos los días me culpo por algo distinto. Y sé cuánto me cuesta cargar con ello. Por eso pensé -y trato de no juzgarme por eso- que decidir interrumpir mi embarazo acabaría con todo lo que tenía en ese momento, incluida mi estabilidad, mi felicidad y el amor mutuo y bueno con el que contaba.

No sé cuántas mujeres han decidido ser madres, libres de cualquier condicionamiento externo, pero creo que no son muchas.

Pocas cosas me llaman más la atención que las mujeres que afirman querer tener hijos. Siento algo similar cuando un hombre me dice que habría preferido ser mujer. Desconozco cuáles serán sus motivos, pero, desde mi perspectiva, es tan llamativo que una mujer esté dispuesta a perder los privilegios que tiene por el hecho de no ser madre, como un hombre que esté dispuesto a perder los privilegios que se le han otorgado por no haber nacido mujer.

Esta discusión, por supuesto, es interminable, pero no quería dejar de plantearla.

Como sea, yo debo decir que no decidí libremente ser madre, porque mi decisión estuvo atravesada por dos condiciones para nada desestimables: estaba casada y estaba embarazada.

Desde allí han seguido un sinnúmero de situaciones a las cuales me he visto abocada y es por esto que me atrevo a afirmar que: casi nada de lo que ocurre en mi rol como mamá lo decido yo.

La proyección:

Con el embarazo, como lo he manifestado antes, se viene un largo proceso de introspección y revisión de deseos, de buenos y malos recuerdos, y de luminosas y oscuras proyecciones.

Tenía en mi mente ser una madre productiva y exitosa, tal y como las mujeres que más admiro y quienes son, consciente o inconscientemente, mis madres referentes. Quería también un hijo feliz, autónomo e inteligente.

Al mismo tiempo quería evitar que mi hijo tuviera mi misma niñez. Supongo que todas en algún momento queremos alejar a nuestros hijos de la posibilidad de repetir nuestras historias, y no porque hayamos sido insoportablemente desafortunadas, si no por algo muy básico: porque seguramente nuestros padres, al igual que nosotras, tampoco fueron los papás que hoy desearían haber sido. En mi caso, el patrón que no quería reproducir es el haber visto a mis padres muy poco y haberlos visto casi siempre agotados por sus ritmos laborales.

Insisto: todas sabemos qué tipo de madres queremos ser y qué tipo de vida queremos darle a nuestros hijos, pero es muy difícil conciliar esto con nuestras propias posibilidades.

En mi caso, las tres proyecciones estaban en pugna y estaban, por sobre todas las cosas, irresueltas: El trabajo se demoró años en volver a aparecer y con ello mi idea de ser una madre productiva.

Mi esposo se convirtió rápidamente en un padre excepcional, pero con ello llegó también una lista eterna de responsabilidades asociadas a la crianza con apego: lactancia exclusiva, escucha exclusiva, tiempo exclusivo y todo exclusivo, en función de que el hijo, se convirtiera en esa segunda proyección: un niño feliz y sumamente inteligente.

Lo de autónomo sigue siendo un deseo porque su estabilidad sigue dependiendo de nuestra exclusividad.

La realidad:

Para mí ser mamá ha sido una experiencia sumamente trascendental. Intelectualmente ha sido un reto ubicarme dentro de un contexto que me permita entender por qué me cuesta tanto conciliar el ideal de vida que tenía antes de ser madre con la vida que tengo. He culpado a los medios de comunicación, al mundo laboral, a mis amigos, a mi esposo, a mis papás (nunca a mi hijo, por lo obvio), pero en el fondo sé que el peso de criar es excesivo por razones más profundas que espero poder ir desentrañando conforme avance este texto.

Para mí, lo más difícil de ser mamá es haber perdido con ello la libertad de hacer sin que esto afecte todo lo demás. Cuando se es madre, cada hora cuenta y cada decisión afecta la vida de dos o de tres. No puedes sencillamente hacer una siesta cuando lo necesitas, porque para hacerlo deberás poner en primer término una cantidad de condiciones que no dependen de ti. Tampoco podrás viajar, escapar, emborracharte o pernoctar donde tus amigas porque eso podría llegar a costarte todo.

Como me lo dijo una buena amiga: “ser madre te devuelve a la minoría de edad”: más exactamente, te devuelve las restricciones que se tienen en ese momento de la vida y espero poder explicar por qué.

Hace un poco más de un año mi hijo entró al jardín. Fue la primera vez desde que nació que no debí pedir permiso para bañarme, para escribir o para trabajar.

Me entregué a la guitarra como jamás en mi vida lo había hecho. Compuse canciones, leí cuanto texto llegaba a mis manos, tomé clases de canto, hablaba con mi esposo, escribí un proyecto para una película y varias entradas para este blog. Cada segundo de las ocho horas que mi hijo pasaba diariamente en el jardín lo ocupaba en alguna de mis vocaciones, hobbies, deseos, proyectos o trabajos.

Con la pandemia, todo eso cambió. Nuevamente éramos dos al servicio de sus 14 horas de vigilia, de sus juegos, de su alimentación, de sus ansias de aprender, de correr, de ser. Pero todo lo demás seguía allí, porque antes de ser mamá soy un montón de cosas más, que estuvieron en pausa durante mucho tiempo y que volvieron a salir con más ímpetu que antes, apenas les di vía libre.

No. No se murieron con la pandemia. Seguían allí, silenciadas, haciéndome un hueco en el estómago.

Al principio decidí hacerle frente a la situación de manera estoica y callarme y cuidar mientras todo se normalizaba.

Obviamente esto no sucedió y, después de varias discusiones, algunas cosas se fueron asentando. Apareció con ello esta amarga certeza de que no me siento cómoda destinando mi vida al cuidado y que necesitaba tiempo para producir. Por eso tuvimos que redistribuir funciones en aras de que cada uno contara con unas horas mínimas semanales para sí mismo: mi esposo para dar sus clases y yo para intentar surfear este mundo de la informalidad laboral de los freelancers.

A mí esto me parece obvio, pero no sé si lo será para cualquiera: en mi casa no se pide tiempo para descansar; se pide tiempo para producir. Cada segundo del tiempo que mi esposo cuida de nuestro hijo, yo lo utilizo para solventar mis y nuestras necesidades más vitales: el trabajo (el que es remunerado y el que no), el aseo personal y la alimentación. En mi casa trabajamos y cuidamos dos. Hasta ahora yo, al contrario de mi esposo, no tenía horarios, pero ambos aportamos de manera equitativa a la economía del hogar. Por eso, ambos tenemos el derecho o la necesidad de un tiempo sin hijo que nos permita cumplir con otras obligaciones.

Esto lo pongo sobre la mesa porque lo personal es político y porque me he sentido juzgada por no ser yo quien va todos lo días al parque con su hijo, contrario a la mayoría de mamás de mi barrio. Ellas, que no cuentan con el apoyo de sus esposos para el cuidado de sus hijos, me ven como una mujer privilegiada y han cuestionado ese privilegio.

Yo no puedo decirles a ciencia cierta qué pasa por la cabeza de mi esposo. Sé que los consensos a los que hemos llegado parten del entendido de que, por una lado, él disfruta enormemente cuidar, que le gustan los parques, que disfruta de los juegos de rol que propone un niño de tres años y que esto responde a cuestiones muy particulares de su historia de vida, que es mejor las cuente él mismo cuando así lo sienta conveniente. Y por otro lado, que somos una pareja contemporánea, feminista y equitativa que comparte derechos y deberes.

Sin embargo -y ésta también es una discusión extensa-, el hecho de haber crecido en una sociedad patriarcal, le enseñó, como a la gran mayoría de los hombres, que las responsabilidades que él ha asumido son naturalmente mías, y que él ha accedido a perder privilegios en nombre del amor (de esposo y padre).

Cada vez que aparece este fantasma. Cada vez que alguien pregunta: “¿y por qué el niño no vino con la mamá?, ¿cómo es que se distribuyen ustedes el tiempo si a ella no la vemos? o ¿por qué tienes que ser tú el que le dé la comida?” ocurre en su interior una confrontación. Y aparece esa figura del macho que no cuida, que provee lo suficiente para que en la casa no falte nada y que es, en últimas, también una cruz.

La conclusión:

Pese a que es difícil elaborar conclusiones; pese a la certeza de que las condiciones de cada mujer son distintas; y pese a que el camino de la maternidad es cambiante y con ello nuestras reflexiones, me atrevo a aseverar lo siguiente: nunca seremos las madres que queremos ser porque cada una de nuestras condiciones condiciona (valga la redundancia) nuestro desempeño.

Si lo que queremos es delegar, dependeremos para hacerlo, o bien del dinero, o bien de la cercanía y/o la voluntad de aquellos que nos rodean. Si no lo tenemos, esa necesidad se verá restringida.

Si lo que queremos es un hijo criado con la presencia exclusiva de su(s) padre(s), madre(s), deberemos postergar un sin fin de necesidades que en muchos casos serán impostergables. Sobre todo, si no se tienen las condiciones económicas para hacerlo.

Mucho de esto redunda en lo económico porque la reproducción social es una responsabilidad privada. El cuidado exige tiempo, fuerza y voluntad, y no es retribuido. El trabajo, por el contrario, exige y lo mismo, pero sí se retribuye (mejor o peor según las condiciones económicas en las que estamos insertos). En esos términos, la conclusión más ágil sería que es mejor trabajar que cuidar, pero cuando somos padres esta dicotomía no puede resolverse escogiendo una u otra opción, sino buscando salidas que generalmente nos hacen sentir de alguna manera oprimidos y que casi siempre nos revelan una verdad que no es fácil asumir y es que ya no somos solo fuerza laboral, sino papás (mamás).

Para terminar quiero decir dos últimas cosas:

Yo conozco mis privilegios y acá los he narrado. Pero a diferencia de mí, allá afuera, una de cada dos mujeres debieron renunciar a sus empleos por causa de la pandemia y las demás están haciendo malabarismos para sortear este problema que no es de hoy sino de siempre: conciliar la vida con el cuidado.

Desde mi perspectiva y desde las tácticas que en mi casa hemos desplegado para hacerle cara a esta situación, debo decir que, mientras el cuidado siga siendo un tema que se resuelve en la intimidad del hogar, va implicar siempre una suma de renuncias. Es ésa la razón de ser de este manifiesto: poner en la mesa que criar es un laberinto que no tendrá salida hasta que no se convierta en un tema de todas y todos.

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