Crónica de viaje: cuatro movimientos, tres ciudades

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Partí en viaje de turismo a Europa uno de los primeros días de febrero. Junto a “lo puesto” sólo portaba una pequeña valija, un bolso de mano y el recuerdo presente de los  habituales “cuídate”, “descansa”, “comunícate” y, el infaltable, “saca fotos”, que días y hasta minutos antes de la partida, familiares y amigos/as, no dejaron de lanzarme de modo cada vez más frecuente e intempestivo.

Luego de catorce horas de vuelo, en las que la ansiedad por llegar, la escasez de espacio en el que esparcir cuerpo y alma y, lo vivificante de las novedosas interacciones “cara a cara”, parecían haber comenzado a reubicar las fronteras sociales de lo público y lo privado entre los pasajeros del vuelo (limpiarse los dientes en los pasillos y/o cambiarse la remera sentados en los propios asientos se hicieron parte del paisaje), el avión, finalmente, toco suelo en una de las pistas ubicadas en el aeropuerto de El Prat, en Barcelona.

  

Luego de escasas estaciones de tren me encontré en la estación central de Sants, ya en plena ciudad. Para un turista, Barcelona vibra, se mueve en múltiples velocidades y direcciones, nos convoca a infinidad de trayectorias. Tomar el mapa y desandar el camino posible que propone, sin proponérselo, seguir la pista de las obras arquitectónicas de Antonio Gaudi, dejarse llevar por la construcción bellamente esplendorosa que representa La Sagrada Familia, o el encanto mágico que emana de Casa Batlló, por mencionar sólo dos de las mismas, es uno de esos itinerarios, de esos posibles recorridos por Barcelona. A su vez, no es menos cierto que la rambla con su impronta entre comercial, cosmopolita y bohemia, con sus pequeños comercios de souvenirs y sus estatuas vivientes, con sus ofertas para turistas y sus paseantes despreocupados y de tono vacacional, aparece como la principal referencia organizadora y de sentido del espacio urbano catalán; la rambla es el lugar de encuentro entre amigos/as y enamorados/as, es la arteria que bifurca, a mano izquierda y derecha, los barrios del Gótico y el Raval, es el camino privilegiado para abandonar el casco urbano de orden céntrico e ir ingresando en la zona “distinguida” de la costa mediterránea de la ciudad, y por todo ello, la rambla se constituye en otro itinerario casi obligado (¿hay sitios, trayectorias o recorridos que posean el status de normativos o exigidos para un viajante?). Fiel al peso de los mandatos, día a día los recorridos que fui eligiendo fueron hechos con cámara de fotos en cuello y mano; incluso, a los pocos días de mi llegada, la cámara tomó tal trascendencia, que me atravesó la sensación de que era ella la que comandaba mis itinerarios, que la figura del recuerdo, inmortalizada en una foto, adquiría más relevancia que lo vibrante del instante y la experiencia misma, que el viaje se estaba volviendo el registro gráfico de lo vivido. De allí en adelante, la cámara frecuentó mucho más tiempo su cómodo sitial en una de las valijas.

 

La zona del puerto y de las playas, hacía allí iba en la redacción, con sus restaurantes de tono moderno y sus bares de moda, con sus paseos peatonales y con la impronta deportiva que ciertas máquinas de gimnasio y las canchas de vóley, instaladas en plena arena, le otorgan, es otra de las trayectorias posibles. Es una zona de la ciudad en la que conviven -aunque sin entrecruzarse- los dueños de barcos y yates cuyo precio no sabría acertar, junto con artistas callejeros de diversas nacionalidades y cualidades (los hay cantantes, los hay quienes cultivan artes de rasgos circenses, etc.), a la par que con trabajadores ambulantes, que en su mayoría, son de origen africano y, que, suelen vender lentes oscuros, pequeños recuerdos conmemorativos de iconos catalanes, etc.; vendedores cuyas vidas se encuentran jaqueadas por la mirada y el accionar siempre amenazante y represiva de la policía local.

 

 

Los días en Barcelona se consumieron con la velocidad en que se extingue el fuego sin la compañía del aire y, pronto, me vi viajando una noche estrellada en una incómoda butaca de micro con destino a París. La ola de frío que abrazaba la ciudad al momento de mi llegada, no alcanzó a opacar el deslumbramiento que, con la potencia perturbadora de un rayo, generó en mí apenas comenzar a observarla y transitarla. Sí, París deslumbra y conmueve, aunque no (o, más bien, no sólo) por sus postales tradicionales convertidas en fetiches comerciales. Entiéndase bien, la grandilocuencia de la autopercepción burguesa expresada en la Tour Eiffel, el obsceno orgullo militarista francés que representa el Arc de Triomphe, la abrumadora colección de arte mundial que encierra el Musée du Louvre y/o la voluptuosidad aristocrática que destila el Jardin de Luxembourg, no carecen de belleza; pero la ciudad adquiere su potencia vital, en otros escenarios y experiencias. Por ejemplo, en los pintorescos puestos de libros que proliferan a los costados del Seine, en los miles de cafés en los que, sentados de cara a la rue, en otros tiempos los/as militantes e inconformistas, discutían apasionadamente los textos de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir y, hoy, los/as estudiantes de Grandes Écoles intercambian sus pareceres, con menos fervor, en torno al último grito de la literatura mainstream; o en las noches en que squatters italianos proponen, con espíritu inconfundiblemente anarquista, abrir las puertas de sus casas tomadas a quien quiera ingresar y disfrutar de unas horas  exquisitas en las que suena en vivo mucha tarantella napolitana y otras canzonetas y, en que la única ley que rige las relaciones y acciones entre los asistentes es el cariño y el cuidado del otro/a. Aunque también la ciudad se potencia a través de experiencias de orden más intimista y menos público, como la que protagonizan cotidianamente miles de inmigrantes y estudiantes de grado y posgrado de todo el mundo, quienes con escasos recursos económicos en sus bolsillos pero armados de la fuerza del coraje y su juventud, habitan y tejen sueños y vida en las famosas chambre de bonne, pequeñas habitaciones que no suelen superar los quince metros cuadrados, que carecen en su mayoría de baño privado y que, para hacer más encumbradas las cosas, en muchos casos sólo se alcanza su puerta luego de ascender cinco o, más de cinco, pisos por escalera. He tenido la ocasión de pasar muchas de las horas del viaje en ellas, aun puedo recordar la asfixiante sensación de encierro que sus paredes, tan inmediatas al cuerpo, me transmitieron.

 

La París que es dueña de fuerza vital, es también la que vive en su propio subsuelo, la que conforma ese extenso mosaico subterráneo que representa la red de metro (animada por catorce líneas interconectadas). Tierra de los clochard, de viajantes preocupados y no, de oficinistas apurados y de músicos populares ensayando sus destrezas, de cabezas arremolinadas y de hedores enfrentados -se puede disfrutar de los mejores perfumes franceses en “carne viva”, aunque también, es factible sufrir en “carne propia” lo peor de nuestros olores “naturales”-, es un eje central en la socialización cotidiana de los/as parisinos/as, la velocidad de la frecuencia de sus formaciones y lo puntual de las mismas, lo vivificante y rico del paisaje que la habita, no sólo han despertado gran cantidad de textos académicos alusivos sino, que también, son un núcleo central del deslumbramiento y la potencia vital parisina que aquí intentamos ilustrar.  

 

El último desplazamiento antes del fin del viaje, esta vez, realizado por aire, se produjo a la capital italiana, Roma. No soy original al señalar que una marca distintiva de la ciudad es que en ella cohabitan, al modo de un palimpsesto, diversas temporalidades históricas; no son más de unos cuantos metros los que separan a la distinguida y moderna Via del Corso del glorioso Colosseo y de las ruinas que lo rodean, como tampoco es infrecuente que en el marco del cuadro de una misma foto obtenida en el espacio público, como por ejemplo, en la toma fotográfica de una escultura histórica, se cuele como imagen de fondo la figura de una macchina fiat último modelo transitando a toda velocidad. De modo que no es posible diseccionar un sector de la ciudad e identificarlo como la “Roma histórica”, por el contrario, hay convivencia e integración. Asimismo, las múltiples plazas abiertas y públicas situadas por toda la ciudad, de las cuales, tal vez, Piazza del Popolo sea la más impactante, nos recuerdan que la tan reciente democracia parlamentaria representativa italiana, no puede obviar el fuego y espíritu colectivo asociativo y deliberativo que las mismas han sabido -y sabrán- cobijar. La maravillosa y conmovedora Fontana di Trevi no escapa a la “lógica palimpsesto”, por el contrario, es una figura representativa de la misma. Casi avergonzada de sí misma, se encuentra oculta en el pequeño espacio que genera el cruce de tre vie, de allí que sea enorme la sorpresa que despierta el repentino enfrentarse a ella. Como empotrada en el contrafrente de un edificio, el resplandor de su fuente, la figura del Neptuno domando con orgullo a los hipocampos y el mito de la promesa del cumplimiento de nuestros deseos, alimenta entre los solteros y solteras, entre las parejas que se encuentran en estado larval y las ya formadas, múltiples fotos, sonrisas cómplices, besos consentidos e ilusiones de amor.

 

 

La beldad de “la Fontana” se inserta en un tipo de belleza más amplia y global, la que es formada por la trama urbana romana que es constituida por sus infinitas calles angostas y las coloridas fachadas de los hogares -que contrastan de modo notable con la disciplina urbana parisina tan homogeneizante-, las que dan forma a la “Roma profunda” y en las que no es posible esquivar perderse de forma entusiasta en ellas. Perderse para dejarse sorprender por lo inesperado, perderse para mimetizarse, perderse para cruzarse con un bambino afiebrado jugando de forma solitaria al fútbol al grito de Io sono “il capitano”.  

 

El avión partió desde el Aeropuerto Internacional de Fiumicino con destino a Buenos Aires un día frío, aunque soleado, de finales de febrero. El lector se preguntara por la ausencia de referencias a los efectos sociales pauperizantes y dolorosas de la crisis europea, desde aquí sólo podemos apuntar que los mismos se revelan como no visibles a los ojos ingenuos del turista, lo cual, por supuesto, no niega su existencia.

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