De hipopótamos y otras herencias malditas, una historia de “realismo trágico”

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Por Tirso Benavides Benavides

Los amaneceres del Magdalena Medio suelen ser cómplices de los silencios, pero hay madrugadas en que el río no trae calma. Un pescador, con la pericia que dan los años sobre una canoa, siente un desplazamiento de agua extraño, un movimiento que no corresponde a los caprichos de la corriente. De pronto, la superficie se rompe. Una cabeza colosal, de un gris cenizo, con ojos pequeños cargados de furia emerge frente a él. Un “bostezo” amenazante, una bocaza capaz de triturar la embarcación como si fuera una rama seca. El hombre no piensa dos veces y se lanza al río, nadando impulsado por el instinto de supervivencia de que quien ha visto la muerte de cerca. Esta vez escapó, pero la suerte no acompaña a todos.

En Puerto Triunfo, Doradal y otros municipios de la zona, el miedo ya suma víctimas y cicatrices. Desde ataques que han dejado a campesinos en cuidados intensivos, con extremidades destrozadas, hasta encuentros fatales que confirman que estos animales, territoriales y agresivos son un riesgo para los humanos. Han desplazado a especies nativas como el manatí y la nutria para convertirse en los patrones de la ribera.

El origen de esta pesadilla tiene nombre y apellido, los de un personaje con un ego tan grande como su Hacienda Nápoles. En los años ochenta, cuando Pablo Escobar decidió que el mundo debía caber en su patio, importó cuatro ejemplares de África para su zoológico privado. Tras su muerte en diciembre de 1993, los animales quedaron en el limbo. Ni el Estado ni los descendientes del capo se hicieron cargo. Sin depredadores naturales, con un clima que les recordó su hogar, un río generoso y un ecosistema donde sobra la comida, el idilio reproductivo comenzó. Lo que empezó como un capricho excéntrico se convirtió en una invasión biológica sin precedentes.

Hoy, la noticia nos devuelve a la realidad y nos despierta con un golpe seco, el Ministerio de Ambiente ha anunciado que se aplicará la eutanasia a 80 ejemplares durante este segundo semestre de 2026. Esta fue la solución por la que optaron las autoridades ante unas cifras alarmantes: se estima una población de 170 individuos —algunos censos hablan ya de 200— y, de no intervenir, la proyección para el 2035 supera los mil ejemplares.

Es un dilema bioético que lacera conciencias: ¿por qué matarlos?

Se han conocido alternativas que suenan más humanas, pero que en la práctica se estrellan contra la pared de la inviabilidad. El traslado a santuarios en la India o México, e incluso la repatriación a África, han sido descartados por los expertos debido a los altísimos riesgos biológicos y los costos astronómicos —cerca de 40.000 dólares por ejemplar—. Los zoológicos del mundo tampoco son una opción, pocos están dispuestos a recibir una especie tan costosa de mantener y que, además, carga con el estigma de la endogamia. Al descender todos de los mismos animales originales, estos hipopótamos son portadores de una genética defectuosa que los convierte en un riesgo incluso para las poblaciones silvestres del continente africano.

Sin embargo, estos hipopótamos son apenas el legado más visible del narco paisa. Hay otras herencias, quizás más letales, que no pastan en las riberas pero sí en nuestra psiquis: la narcocultura. No se trata solo de un gusto por lo extravagante o lo prohibido, sino de la instauración de una ética del “atajo”. Es la validación social del éxito medido en la cantidad de oro, el tamaño de los implantes y el calibre del arma. Esta pleitesía y admiración hacia el matón que escaló a punta de plomo es una estética que la industria cultural ha explotado hasta el hartazgo, convirtiendo la tragedia nacional en un producto de exportación rentable.

Desde la literatura hasta las “narconovelas”, hemos construido un marco narrativo —la sicariesca— donde el criminal no es el villano a evitar, sino el antihéroe a emular. En estas historias, la ley no es una institución que protege, sino un estorbo burocrático para el “emprendimiento” del capo. El problema es que la ficción terminó por devorar la realidad: los jóvenes en las comunas y en los campos ya no sueñan con ser el doctor o el ingeniero, sino con ser el “patrón” que domina el barrio.

La narcocultura no fue un fenómeno pasajero, sino un virus que mutó nuestra identidad. Nos inoculó la perversa filosofía del dinero fácil, donde el esfuerzo es para los tontos y la astucia criminal para los “vivos”. Validó la violencia como el único mecanismo eficiente para resolver conflictos y hasta talló una estética femenina de consumo, donde las mujeres son reducidas a trofeos que deben encajar en prototipos de belleza esculpidos a punta de silicona y bisturí. Una herencia que nos sigue costando vidas y dignidad.

Pero el peor legado del capo, el tumor que ha hecho metástasis en el tejido nacional y filtrado todas las ramas del poder público, es el Narcoestado. Mientras los hipopótamos reclaman el río, el narcotráfico ha reclamado las instituciones, convirtiéndose en el titiritero invisible que maneja los hilos de nuestra democracia. Las ganancias astronómicas del negocio ilícito han tenido la capacidad de comprar conciencias sin distinguir matices ideológicos, demostrando que el dinero sucio es el único lenguaje universal en nuestra política.

La infiltración de los narcos es un inventario de infamias que no conoce orillas. Desde el Proceso 8.000 de Ernesto Samper, cuyo escándalo tuvo como simbolo otro animal foráneo -el elefante-, donde el Cartel de Cali financió la llegada del político liberal a la presidencia, hasta las sombras persistentes que han rodeado la carrera de Álvaro Uribe y los vínculos de su entorno con estructuras paramilitares, también traficantes. El ciclo no se detiene como lo demuestran las recientes revelaciones sobre la entrada de dineros oscuros en la campaña de Gustavo Petro que confirman que la enfermedad es sistémica. No importa si se ondea la bandera de la derecha o de la izquierda, el fango del narcotráfico iguala a todos en el cinismo.

El tráfico de drogas ha sido el combustible infinito de nuestra guerra. Tanto los grupos paramilitares como las guerrillas, despojadas hace tiempo de cualquier romanticismo revolucionario, han terminado siendo, en el fondo, los capataces de un mismo holding de las drogas. Los hipopótamos de Escobar son solo un recordatorio de una soberanía que perdimos hace décadas frente al poder del gramo y el dólar.

A 32 años de la muerte de Pablo Escobar, el realismo mágico en Colombia ha dejado de ser una figura literaria para convertirse en una condena cotidiana. Solo en este rincón del mundo los antojos de un delincuente hacen posible que un hipopótamo africano aparezca pastando tranquilamente en el jardín del vecino, recordándonos que su sombra, larga y pesada, se niega a abandonar el caudaloso cauce de nuestra historia. Si bien García Márquez nos enseñó a convivir con el realismo mágico como una forma de explicar lo inexplicable, lo que hoy ocurre en las riberas del Magdalena nos obliga a acuñar un término más sombrío: el realismo trágico. Aquí, lo insólito no surge de la literatura o del mito, sino de la desmesura criminal de un delito trasnacional que nunca acabará mientras se prefiera el prohibicionismo a la regulación.

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