Don Antonio Nariño y Rumipamba: víctimas de la reforma tributaria.

Por: Omar Raúl Martinez Guerra

Una borrasca extraña y animosa se desató en la plaza de Bolívar, en Bogotá, cuando aún no terminaba el acto de posesión del Presidente Iván Duque. Edecanes y escoltas corrieron a proteger con sus paraguas a los personajes designados por el protocolo de la Casa de Nariño. Eran las 4 y 25 minutos de una tarde gris y fría como ninguna, de aquel 7 de agosto de 2018. Resultaba infrecuente, considerando que el juramento se hacía como todas las veces, al aire libre, habida cuenta que, en cada tarde de esa fecha en todos los cuatrienios, los dioses del clima parecían haber acordado una amnistía total: no tenían cabida las tormentas, ni los aguaceros; apenas tardes asoleadas y resplandecientes. Los paraguas no estaban previstos para evitar el agua sino para protegerse en caso de un sol caluriento.

Las cámaras de la televisión centraron sus lentes en la figura de la primera dama, mientras su edecana, una joven oficial de la Policía Nacional, buscaba con su voluntad y sus fuerzas, en contra del viento y de la lluvia, sostener la frágil estructura de una sombrilla. Los demás invitados se veían en aprietos, tratando de aferrarse a sus asientos, como implorando que la inesperada tormenta o lo que fuera, no se los llevara a los confines del planeta.

 Todo coincidió como si se tratara del colofón de cierre a las palabras del nuevo presidente del Senado, Ernesto Macías, quien leyó unas eternas cuartillas en nombre del Congreso Nacional. Un discurso dedicado a una despiadada y feroz crítica al expresidente Juan Manuel Santos. Aprovechó Macías su tiempo para reiterarle al país entero el más profundo de sus odios, multiplicados durante 8 largos años por todas las fuerzas de su partido, hasta el fastidio. Fueron las palabas de bienvenida a un nuevo gobierno, que prometía sacar a la nación de la hecatombe en la que según el orador había caído.  Una tarde para los malos presagios.

La borrasca parecía ser apenas el anuncio de las penurias en las que, al poco tiempo del nuevo mandato, sobrevendrían hasta alcanzar el pavoroso apogeo que casi 3 años más tarde cubriría el territorio colombiano, a partir de un paro nacional ordenado para el 28 de abril del año en curso, que ya cumplió un mes completo, contra los impuestos a la clase media, los trabajadores, la empresa pequeña y mediana; en contra de una reforma sibilina al sistema de salud; contra la matanza de líderes; los anuncios de fumigar con glifosato; el anuncio de comprar aviones para el fantasma de una guerra. Un movimiento social de rechazo entre muchedumbres inconformes, en proximidad del tercer pico de la pandemia.

El País se halla descompuesto de cabo a rabo. Hoy ya ni siquiera es un caldo de cultivo sino una mazamorra completa. La mentada bomba social de la que tanto se habla tiene los vestigios de una bomba atómica, que no cae desde el aire sino emerge desde la tierra. El gran poder permitió el crecimiento del peor malestar social en toda la historia republicana, y ofreció el más suculento papayazo, reprimido con violencia sinigual, con decenas de muertos. Detrás de los jóvenes, los estudiantes, los obreros, las amas de casa, los desempleados, los indígenas y la gente con hambre que sale a las calles en forma pacífica, se encuentra una mezcla tóxica que va desde los muchachos que juegan a los policías y ladrones intercambiando piedras a la lata durante jornadas sin fin , pasando por jóvenes sin futuro y mucha hambre, hasta saqueadores, incendiarios y bandidos, infiltrados y maleantes a quienes les tiene sin cuidado la reforma tributaria o el sistema de salud.

Si la gran mayoría del pueblo colombiano es partidario del paro nacional, hoy en día le conmueve la estupidez de una violencia degradante. En nuestro querido Pasto, basta ver las imágenes del postrero estado en que dejaron el nuevo Parque Rumipamba, en el sector de San Andrés, una belleza hecha miseria, por no decir mierda; la única obra nueva en muchos años, que ya eran patrimonio y orgullo ciudadano, convertida en lodazal de puercos por la indolencia de cretinos que viven lloriqueando sus desdichas y ahora se sienten héroes que reivindican falsamente las angustias ciudadanas.

Hace 30 días comenzó la tragedia nacional. Uno de los primeros hechos, ejecutado por los indígenas misak del Cauca, fue el derribamiento de la estatua de Sebastián de Belalcazar en Cali. Ante los reproches de algunos ciudadanos, el escritor Julio Cesar Londoño en El Espectador, publicaba: “Que alguien me explique porque tenemos tantos millones de mestizos a los que les duele más la caída de la estatua de un conquistador que el asesinato de los indígenas…”.

No pasaron muchas horas cuando estupefactos vimos el primer video, un acto similar en la emblemática Plaza de Nariño, en Pasto, con una estatua de don Antonio Nariño cayendo al suelo, en medio de la algarabía de unos pocos jóvenes que al tiempo huían del lugar, como cuando se es consciente de haber causado una infantil fechoría. ¿Qué podían tener en común los dos derribamientos? Aparte de arrancar las dos estatuas, absolutamente nada.

 Nada equiparable con las razones tenidas por la comunidad indígena misak para tumbar la estatua de Sebastián de Belalcazar, un cruel conquistador español, acusado de asesinatos y torturas, saqueo, robo de las tierras y destierro. En la plaza de Nariño, aparentemente, quienes derribaron la estatua lo hicieron inspirados por copiar sin mayor argumento, la acción de los misak.  Para copiones, nosotros.

Cualquier bachiller sabe que no existe parecido entre Belalcazar y Nariño. Finalmente, don Antonio no fue un conquistador. Si bien militó y dirigió las filas patriotas, su mayor distinción estuvo en sus ideales por traducir, transcribir y divulgar los derechos del hombre, ni más ni menos.  Hizo parte de la causa independista, pero nunca estuvo en y con el genocidio criminal ordenado por Bolívar contra la población pastusa. Supongo que promover los derechos del hombre en esa época equivaldría a los riesgos que hoy se tienen por hacerlo con los derechos humanos, y esa virtud lo hacía un entusiasta seguidor de Voltaire, enemigo de la superstición, la ignorancia, la intolerancia y el fanatismo. Eso que ahora abunda y desdibuja las razones de una democrática protesta nacional.

Hablemos brevemente de historia: Don Antonio Nariño fue un hombre estudioso e ilustrado, que se quejaba de la inacción en tiempos de la Patria Boba, según Antonio Caballero en “Historia de Colombia y sus oligarquías”, que la describía en sus palabras, “esta apatía, esta confianza estúpida, esta inacción tan perjudicial en momentos críticos…”. Se dice que quería ser como Napoleón, pero eso propiamente no era un delito. Era panfletario, es decir, responsable de los panfletos como la Bagatela, precursor de los periódicos, en los que difundía sus ideas. Talvez hombre tímido, inseguro y bastante ingenuo.

Caballero incluye en la obra citada una descripción en verso de Francisco Caro que nos dice mucho:

Nariño que es Presidente,

y tiene el mundo y el palo

sobre si es bueno o es malo

dividida esta la gente….

Unos dicen que es villano

otros que es un usurpador

aquellos, que es un traidor,

y estos que es un mal cristiano;

ya dicen que es un tirano

y ya que es un francmasón.

Pero entre tanta opinión

nos ha dicho don Juan Niño

que don Antonio Nariño

es un puro Napoleón.

El incidente de la estatua dio lugar a revivir ciertos desacuerdos con la historia; éstos subsisten, 200 años más tarde. Para muchos, no cabe duda en afirmar que Antonio Nariño se entregó en Pasto, para evitar la matanza del ejército que le respaldaba. Eso fue considerado por Bolívar como una vil traición, pero ¿no puede aceptarse como un acto de un hombre valiente, que se expuso solo a un seguro fusilamiento, para proteger la vida sus hombres? Las fuentes están divididas. Se ha dicho que don Tomás Santacruz evitó el fusilamiento del prócer, y de la mano lo llevó a la hacienda de Obonuco. Otros creen que Nariño fue enemigo del pueblo pastuso, inmerecido de la estatua y de llevar el nombre del departamento. Considera y defienden el liderazgo realista de Agustín Agualongo, un sueño inacabado de algunos compatriotas que exaltan al líder nativo, de alguna manera convencidos de las razones de la gesta enemistada con la independencia de España, que no olvidan la nefasta noche decembrina teñida de sangre inocente, cuyo verdadero responsable fue Bolívar, no Nariño.

SI me atengo al sabio refrán del “No hay mal que por bien no venga”, la torpe acción contra la estatua se volvió sin pretenderlo, en una oportunidad para repasar la historia, echando mano  de autorizadas voces consagradas a estudiarla. Es entonces cuando encuentro el estupendo ensayo publicado en Pagina10, escrito por Iván Andrés Benavides y juiciosamente comentado por J. Mauricio Chaves. Luego leo y releo a Carlos Bastidas Padilla, a Edgar Bastidas Urresty. Toda una cátedra de historia, sin buscarla. En el lado opuesto hay también argumentos, para mi gusto personal, no convincentes, que celebran lo de la estatua e introducen un adjetivo a las palabras de Nariño, desde el balcón cautivo: “Pastusos miserables, ¿queréis la cabeza del general Nariño…? Aquí la tenéis…. Jamás había oído y nunca podré creer que este hombre nos llamara “miserables”. Una sola palabra también tergiversa la historia.

Mis incipientes lecciones me enseñaron a admirar a don Antonio Nariño, un singular académico que, de todo sabía, incluso el dominar varios idiomas, menor al manejo de armas y tácticas bélicas. Es mi hipótesis, aclarando de paso su extraña militancia en las tropas, tratándose de un hijo consentido de la rancia estirpe santafereña, familiarizado con los libros, las ideas y las letras.

Hablemos de educación: las limitaciones de la enseñanza y el aprendizaje de la historia pueden subsanarse, con una educación sin aulas, a grandes distancias y en todo tiempo y lugar, hoy más que nunca. Podríamos ser más conscientes del valor de conocer y comprender el pasado para hacerlo con el presente y el futuro. Los indígenas misak son sabios en esto, no cabe la menor duda, porque tienen claro en su tradición oral el significado de venerar a sus opresores, por eso se rebelan.  Quieren eliminar los símbolos que representan la expoliación de sus ancestros, pero no corren dementes a apedrear ni a incendiar sus propios ranchos ni malocas; son ordenados, respetan su organización interna, responden a principios y se rigen por valores, muy distantes de los mestizos citadinos violentos.

Necesitamos revitalizar el papel trascendental de la historia en la educación primaria y secundaria, sometida a los graves vacíos conceptuales de los planificadores del currículo por competencias, que la han acorralado, cuando no desconocido, por suponer que ésta, la historia, como todas las ciencias sociales y humanas, no se ajustan al ideal neoliberal del “saber hacer”. ¿no implica saber y saber hacer hasta para derribar una estatua? ¿no se requiere enseñar y aprender un mínimo de amor y respeto por su tierra, antes de convertir un costoso y hermoso parque, en un escorial desventurado de indigencia? ¿será posible inventar una educación basada en el pensamiento autónomo, crítico, constructivo, propositivo, que nos enseñe a dialogar, a negociar, a administrar, a superar las costumbres de elegir a incapaces y corruptos, para no arrepentirnos luego de vivir sus consecuencias?

Para finalizar, la noticia de la estatua me remonta a los finales de los años sesenta, cuando una pequeña turba enardecida recorrió las calles centrales de la tranquila ciudad, para protestar por una nota ofensiva de un diario bogotano en contra del pueblo pastuso. La ardiente rebelión terminó apedreando la modesta oficina del distribuidor del diario capitalino, seguida de la quema del local El Tiempo, en la carrera 24 con calle 20, previa la justificación de uno de los rebeldes:

  • “Uno y otro pasquín son la misma cosa, periódicos de la oligarquía”.

No faltó la noticia al siguiente día, en primera página de El Tiempo:

“Por nota de El Espectador, queman las oficinas de El Tiempo” (En Pasto)

El fugaz y desagradable incidente sirvió, como siempre, para reconocer el imponderable valor del contexto, algo que en Bogotá desconocían por razones obvias, pero que dio motivo a su burlesca ironía. Pero que quedamos como un cuero ante el mundo, no lo duden. Por culpa de una turba. De unos pocos. Representantes genuinos de lo que don Fabio Girón llama, según me entero, “La generación de los idiotas”.

Bogotá, mayo 29 de 2021

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