Camino a Casa, un hogar entre páginas

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Por Tirso Benavides Benavides

Hay una pregunta que casi nadie se hace en voz alta cuando entra a comprar un libro: ¿a quién le está comprando? En las grandes superficies, la respuesta es incómoda —a un algoritmo que impone la moda, a una góndola, o a una promoción de temporada—. En Pasto, sin embargo, existe un lugar donde esa pregunta tiene una respuesta con nombre propio, con historia y con memoria: la Librería Camino a Casa.

Ubicada en la Carrera 32a #20-43, en el sector de la Avenida de los Estudiantes, esta librería no se presenta como un negocio sino como un hogar, como su nombre lo anuncia sin rodeos. El homenaje no es casual. Camino a Casa toma su nombre del libro homónimo de los colombianos Jairo Buitrago y Rafael Yockteng, y con él hereda algo de una idea central, que volver a casa —o a los libros— es siempre un acto de reconocimiento, más que de consumo.

Detrás del proyecto está Mariela Guerrero Vélez, con más de tres décadas dedicadas a la promoción de lectura en la región. Es la directora de la Fundación Qilqay y la principal gestora de La Temporada de Letras y Feria del libro de Pasto e Ipiales, que este año llega a su décima novena edición. Su idea de lo que debe ser una librería es, en el fondo, una declaración de principios: “Una librería no solo vende libros, sino que construye comunidad, forma miradas críticas y sensibles y siembra preguntas en lectores de todas las edades.” Ahí está, ya desde el origen, la distancia que separa a Camino a Casa de cualquier estantería de centro comercial.

Existe una idea equívoca, que una librería especializada en literatura infantil y juvenil es, por definición, un espacio menor, de paso, hecho solo para acompañar mientras los niños escogen su cuento. Camino a Casa desmiente esa idea desde su puerta. Su fortaleza está, sí, en el libro ilustrado —ese territorio donde la imagen y la palabra negocian el mismo relato—, pero su catálogo va mucho más lejos. “Aunque nuestra fortaleza está en la literatura infantil y juvenil, no es cierto que solo se ofrezcan este tipo de libros; también tenemos una gran variedad de literatura general de editoriales independientes colombianas, como también libros importados de gran calidad literaria y una gran variedad de libros clásicos.”, aclara la anfitriona.

Lo que distingue a este espacio, en últimas, no es solo el catálogo sino la mediación. En un mercado que tiende a la despersonalización, aquí sigue existiendo alguien capaz de recomendar, de preguntar, de acompañar la elección. Como explica Mariela Guerrero: “La principal diferencia radica en que no es un simple punto de venta, sino un proyecto cultural vivo y un punto de encuentro para familias, jóvenes, niñas y niños. Quien compra aquí no solo adquiere un libro, sino que se lleva una experiencia única que incluye calidez, cercanía y, sobre todo, recibe la orientación de verdaderos mediadores de lectura.”

Esa vocación de comunidad no se queda en el discurso; se traduce en una agenda que convierte el local en un lugar de encuentro cultural. En Camino a Casa siempre hay un plan:

La Hora del Cuento, todos los sábados, de 4:30 a 5:30 p.m., con adivinanzas e historias narradas en familia; Club de arte y lectura para niñas y niños de 3 a 8 años, los sábados en la mañana, de 9:30 a 12:00 m., un taller donde el libro ilustrado se convierte en pretexto para crear; Club de lectura ConVersemos, cada quince días, para adultos que quieren discutir una obra y construir sentido en comunidad; Conversemos con el autor, encuentros cada dos meses con creadores locales y nacionales; Talleres de mediación de lectura, formación para docentes, padres, cuidadores y bibliotecarios; Cuentos Rodantes, un programa itinerante que lleva la mediación lectora a instituciones educativas de la región. Ningún supermercado del libro —por eficiente que sea su logística— puede replicar estos valiosos encuentros.

No todo es celebración, claro. Sostener un proyecto cultural independiente en una ciudad intermedia tiene un costo, y los libreros no lo esconden. Señalan como principal obstáculo estructural la competencia desigual con el comercio electrónico, los descuentos de las tiendas que tienen cadenas nacionales, por la ausencia en Colombia de una ley de precio único del libro, esa herramienta que en otros países protege a las librerías físicas de las prácticas desleales de las grandes plataformas y distribuidoras.

Frente a esas dificultades, lo que sostiene el proyecto son los gestos pequeños, casi domésticos, que solo ocurren en un espacio con memoria. “Ver llegar a niños o niñas con sus monederos, porque han decidido romper sus alcancías para gastar sus ahorros en un libro. Ese gesto, tan sencillo, es la prueba más clara de que la lectura es parte importante en los hogares.”, narra Mariela. También conserva una escena recurrente que habla del tiempo y su influencia, algo que no se mide en ventas sino en generaciones: “Está la emoción de ver crecer a nuestros clientes más pequeños: aquellos que llegaban en brazos de sus padres, siendo apenas bebés, y que hoy, años después, siguen viniendo, ahora con autonomía, seguridad y criterio propio para elegir sus propias lecturas.” Pocas librerías pueden decir eso, menos aún pueden probarlo con nombres y rostros.

Camino a Casa te invita a que cruces la puerta. Que te sientes un sábado en la tarde a escuchar un cuento, que lleves a un niño a romper su alcancía por una buena razón, que te unas a un club de lectura cada quince días.

La gestora de este proyecto hace una pregunta que funciona también como invitación: “¿Te imaginas un lugar donde los libros no solo se leen, sino que se sienten, se ven, se viven? Ese lugar existe y está en Pasto. Aquí encontrarás un catálogo seleccionado con el corazón, un ambiente que huele a familia, una programación cultural que llama a quedarse calientito y los libreros listos para recomendarte esa lectura que no sabías que necesitabas.”

En un país donde cada librería independiente que cierra es una pequeña derrota colectiva, Camino a Casa sigue abierta, y entre toda la comunidad lectora y cultural debemos asegurarnos de que su labor continúe, con las luces encendidas, cada tarde, esperando a que alguien —niño, adulto, lector distraído o lector de toda la vida— decida, una vez más, volver a casa.

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