Drogas, en la mira del debate

Cada cultura tiene sus propias normas para lo que es aceptable, aunque haya oposición las dinámicas de la sociedad actual demandan que se asuma una perspectiva en torno al consumo de drogas y se tenga la disposición para estar al tanto de la información que circula.

Somos una sociedad que debe aprender a convivir con las drogas como lo ha hecho con otras sustancias, el proceso de aprendizaje es imprescindible para disminuir e interiorizar los efectos negativos que se derivan del abuso de las mismas, superando el prejuicio de convertir a los consumidores en criminales.

Al revisar algunos datos de la historia y los aportes teóricos que se pronuncian al respecto, puede notarse que la relación de la humanidad con las sustancias alucinógenas se remonta a la prehistoria. Según la teoría del mono dopado, uno de los grupos de homínidos consumió, buscando alimento, hongos alucinógenos y la consecuencia fue la aceleración en el desarrollo de la corteza cerebral, lo cual eventualmente derivó en un salto neuroevolutivo, incluso se considera que el consumo de sustancias psicoactivas pudo ser una experiencia religiosa primordial, que permitió a los seres humanos la sospecha de la existencia de otros planos.

En ese orden de ideas, el antiguo Egipto era considerado el gabinete medicinal del mundo, resultaba normal usar opio para calmar el dolor e inhalar incienso y mirra en espacios cerrados.

Para las culturas precolombinas occidentales, también eran familiares las sustancias psicotrópicas naturales, usadas con el fin de estar en comunión con los dioses, el tabaco, por ejemplo, se usaba para hacer enemas e inducir estados visionarios.

En la antigua Grecia una misma sustancia podía ser un veneno mortal o una preciada medicina según su uso. Los primeros filósofos tenían amplia relación con las drogas y en los ritos de iniciación consagrados a las diosas Deméter y Perséfone (misterios eleusinos), se consumían hongos mágicos o cornezuelos. Los griegos ya conocían el cannabis, no obstante, cuando el cristianismo se convirtió en el sistema de valores dominante, compitió fervientemente con el consumo de drogas, pues si éstas bastaban para lograr la comunión con Dios ¿para qué la iglesia como intermediaria?, los cristianos eran grupos errantes que luego se convirtieron en agentes de la ley, regidos bajo el precepto de que la única manera de llegar a dios era por medio de Jesús (“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”). Otro tipo de creyentes han considerado que el consumo no resulta problemático si se da en el lugar adecuado y con moderación.

Las prohibiciones religiosas y los dilemas morales pasaron a segundo plano, cuando la gente se dio cuenta del valor de las drogas en la economía, éstas se distribuyeron como productos locales provenientes de tierras diversas que intercambiaban los exploradores en sus viajes por las rutas comerciales, dando lugar a sucesos como el motín del té y la guerra del opio.

Otro hecho interesante fue el fenómeno de las “medicinas patentes” de principios del S. XX cuyo secreto estaba resguardado por sus creadores, a través de ellas se viabilizaron las artimañas de la publicidad y se estableció la cocaína como componente de uso público y para la última mitad del siglo las drogas ya se habían convertido en un problema social mayor, que desbordaba el recurso público.

Los artistas de la época también tuvieron una influencia importante en la legitimación del consumo (“No se puede crear sin psicosis”), y a la par que aumentaba la disponibilidad de las drogas, se transformaban los problemas sociales, aunque muchas de ellas empezaron a tener usos medicinales dando paso a la farmacología como herramienta para aliviar el dolor.

Hacia 1914 se hizo uso de la ley para responder ante el consumo recreacional de las drogas, principalmente de cocaína y heroína, no obstante, el mercado negro y el contrabando hicieron que circularan por las calles dando paso al debate sobre las sustancias que estaban permitidas para uso médico, las drogas con fuerte arraigo cultural como el tabaco y el alcohol se aprobaron para aminorar el choque social.

La época dorada de los estupefacientes fueron los años 60, cuando Estados Unidos perdió la guerra de Vietnam y los jóvenes se rebelaron ante los modos de gobierno y las instituciones por medio de la Contracultura. A raíz del auge de las sustancias psicoactivas el Presidente Nixon generó nuevos marcos legales de prohibición y creó la administración para el control de drogas (DEA), que actualmente se rige bajo la ley de sustancias controladas, con una clasificación de uno a cinco, siendo las de clasificación uno las más adictivas y con menos valor medicinal. Dicha categorización no tiene que ver con la ciencia sino con la política y desde esa perspectiva se puede notar que la guerra contra las drogas ha sido también una cruzada contra los negros, los pobres y demás personas al margen de las hegemonías. Gente de todas las culturas y niveles socioeconómicos usa drogas ilegales para divertirse, por razones médicas o porque son adictos, pero la aplicación de la ley es injusta y desigual.

Un ejemplo de lo anterior, fueron las estrategias de control de las sublevaciones motivadas por las luchas de los afroamericanos a favor de los derechos civiles que hicieron temblar las estructuras de poder y que se acallaron inundando los barrios de la gente negra con crack.

En la actualidad cada vez son más las personas que toman la decisión de consumir y en esa medida debe sernos de interés su salud física y mental. Es necesario evitar que el consumo se convierta en un problema para el individuo, la sociedad y el entorno.

Muchos argumentos rondan sobre la idea de que la prohibición de las drogas ha tenido consecuencias desastrosas y que en vez de reconocer el fracaso de dichas políticas, los gobiernos se han empeñado en gastar recursos atentando contra las libertades de los ciudadanos.

También se asume que la legalización pondría fin a lo lucrativo del narcotráfico, al traer a la luz las dinámicas de la clandestinidad y las problemáticas sociales que conlleva.

Se arguye que la legalización reduciría los costos de producción e intermediación y quienes son adictos no se verían en la obligación de prostituirse o robar para costear su dosis y que si las drogas se encontraran dentro de las regulaciones legales del mercado estarían sujetas a controles de calidad que reducirían los niveles de mortalidad.

No obstante, el tabaco y el alcohol que son drogas legales, nos indican que la legalización no reduce la rentabilidad de un producto adictivo y según los datos que arroja la OMS, su consumo de representa más del 10% de los gastos de familias pobres que no logran abstenerse de consumirlos por tratarse de dependencias físicas y mentales, sacrificando así la satisfacción de necesidades básicas. El consumo de alcohol y tabaco mató a millones de personas en el siglo XX y actualmente se proyecta que matará a más del doble a ritmo creciente, a pesar de cumplir con los estándares de calidad y salubridad exigidos por la ley.

Habrá que reflexionar sobre la manera en que hemos satanizado ciertas sustancias sin haber ido a la profundidad de los estudios científicos para entenderlas y aprovecharlas, porque ciertamente tenemos más posibilidades ahora ¿pero estamos más sanos?

Vale la pena preguntarse qué es válido tolerar y qué no, poniendo sobre la mesa los derechos que también tienen quienes no consumen. Es evidente que la acción militar y policiaca se ha manejado con una perspectiva errada usada en muchos casos para asediar a grupos radicales y violando los derechos ciudadanos de la población en general.

Las comunidades requieren servicios de apoyo y una concentración de acciones focalizadas en la eliminación de la pobreza y la falta de oportunidades que indudablemente hacen que las drogas sean una opción más atractiva. Por lo demás, el consumo es un asunto personal que requiere un posicionamiento responsable e implica diferenciar los momentos y lugares apropiados, no obstante, los menores requieren un tratamiento especial en el debate, pues si bien la edad no determina los niveles de madurez, es la ciudadanía la que la que legitima ciertos marcos de decisión. Sea cual sea la perspectiva que se asuma, la ignorancia no es un argumento y es quizás el peor de nuestros males.

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