El efecto Unicentro

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Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Hace 50 años se inauguró Unicentro. Posiblemente tal aniversario no le diga nada a nadie, menos en la ciudad de Pasto, pero fue un acontecimiento que cambió las reglas del juego en el mundo comercial colombiano y la capital de Nariño percibió tal efecto.
Recuerdo la noche de la inauguración de aquel inmenso mall al norte de Bogotá, que iba de la calle 127 con carrera 15 hacia el sur oriente. Lo recuerdo porque mi tía Alicia estaba invitada como representante del Banco Cafetero, que inauguraba oficina allí bajo el lema “En Unicentro también vaya al grano… vaya al Banco Cafetero”.
El lugar se conoció como Ciudadela Comercial Unicentro y su construcción había durado dos años sobre un área de 126.000 metros cuadrados, de los cuales 67.000 estaban edificados y equivalían al doble del aeropuerto El Dorado. Para una Bogotá en proceso de expansión, Unicentro ocupaba cuatro cuadras hacia el norte y dos hacia el oriente. Los inversores habían calculado en millón y medio de habitantes sus clientes potenciales.
El artífice era Pedro Gómez Barrero, quien decía que el concepto europeo, inspirado en galerías tradicionales tipo Pasaje Rivas, era el futuro. Su referencia más cercana estaba en Medellín. Allí, en octubre de 1972 los empresarios paisas Rodrigo Mora Montoya y Sergio Londoño Uribe, y el arquitecto Rodrigo Restrepo Posada, habían levantado el Centro Comercial Sandiego, que le estaba dando otra dinámica al comercio callejero de la capital de Antioquia.
Era muy arriesgado aquello, sobre todo su idea de partir de algo tan básico como el Pasaje Rivas a algo tan enorme. El Pasaje Rivas respondía fielmente a su nombre: un pasaje atiborrado de comercios a izquierda y derecha, que nació como tal en 1893 gracias a la iniciativa de un grupo de comerciantes que buscaban atraer a la clase alta de Bogotá a los comercios artesanales de la clase popular. Pero aquella idea no fructificó y el pasaje se convirtió en venta de todo lo legal y lo ilegal, en refugio de los sin techo y en orinal de los borrachos. La sociedad le dio la espalda y los comerciantes sufrieron lo indecible.
Pero Gómez veía en el pasaje los dos factores primigenios: una zona exclusivamente comercial y la intención de atraer compradores de lugares lejanos de la ciudad. El ideal de su pensamiento eran, sin duda, Les Galeries Lafayette, que en 1893 habían creado Theophile Bader y Alphonse Kahn, en la rue La Fayette y la rue de la Chaussée d’Antin de Paris. Un caso paradigmático. Pero esa zona comercial no debía ser de un solo dueño sino de varios. En tal sentido se alejaba del criterio que había hecho escuela hasta el momento: el de las tiendas por departamentos.
Y justamente el criterio de tiendas por departamento era lo que prevalecía en ciudades como Pasto. El mundo entero veía con envidia el éxito de Harrods en Londres, de Le Bon Marché en Paris o de Macy’s en Nueva York. Por eso, en tiempo de Gustavo Rojas Pinilla, nació en Colombia la que sería su tienda por departamentos más famosa: Sears, cuyo lema era “La completa satisfacción o la devolución de su dinero”.
Sin embargo, hubo un aspecto en el que ninguno de los grandes almacenes triunfó: el sector de la alimentación. Aunque habían secciones con alimentos, no era del interés de sus creadores. Eso era terreno de los dueños de ultramarinos, pero sobre todo era un terreno de las plazas de mercado.
El primer ultramarinos de Colombia lo fundó un emigrante catalán, Jorge Carulla Vidal, en 1905 en Barranquilla. Pero a mediados de los años 50, el “factor Sears”, hizo que Carulla pusiera una tienda a la que denominó con un concepto nuevo en el país: supermercado.
No era el único con tal idea. También en Barranquilla surgió en 1922 una empresa innovadora, LEY, nombre que respondía a las iniciales de su fundador, Luis Eduardo Yepes. En Bogotá apareció en 1940 el almacén TIA, de Federico Deutsch y Kerel Steuer. Eso en cuanto a lo privado, pues en cuanto a lo público, el Gobierno militar de Rojas Pinilla creó Colsubsidio, Caja Colombiana de Subsidio Familiar, y durante el mandato de la Junta Militar que sucedió a Rojas, nació Cafam, Caja de Compensación Familiar.
Así, llegamos a Pasto. Aquí todo estaba mezclado. El concepto del Pasaje Rivas y el de ultramarinos convivían en la Plaza de Mercado del centro de la ciudad. Pero resulta que allí estaba el taller de ropa y costura Pirámide, propiedad de Luis Antonio Moreno López, sastre de profesión, y su esposa Enriqueta Cadena. Cuando el Gobierno de Rojas promulgó nuevas medidas en la educación y nacieron nuevos colegios, Moreno enfocó su empresa hacia ese sector. Instaló su taller de confección en la calle 17 y cambió el nombre de Confecciones Pirámide por un apócope de su propio nombre, Confecciones Amorel, que se inauguró en diciembre de 1954.
Recordaba su nuera Gladys Gómez que como el local era muy grande, invitó a algunos de sus amigos de la plaza de mercado a que vendieran allí. Al poco tiempo puso una cafetería en su interior y el lugar se convirtió en un espacio recreativo y comercial. Cuando comenzó la década de los 60, Amorel se estableció como el único almacén popular de la ciudad, entendiendo como tal una combinación de tiendas minoristas y supermercado. Pasto entonces estableció dos frentes de compra: para artículos grandes, Casa Jensen y Casa Mettler; para artículos pequeños, Almacenes Amorel.
En 1973 apareció el LEY en la calle 17 entre 24 y 25, y el Amorel creó una sucursal en la Avenida de los Estudiantes. Y como el “efecto Unicentro” se regó como la pólvora, el Amorel lanzó el eslogan: “El más grande centro comercial de Nariño”. De esta forma ofrecía supermercado, cafetería, restaurante, cancha de bolos, discoteca, sauna, droguería, boutiques y salones de belleza. A finales de 1978 los hermanos Manuel Antonio y Eduardo Romo construyeron el Sarin, un edificio de fachada circular en la esquina de la calle 18 con carrera 26. Fue una gran noticia. Pero un año después el edificio circular se convirtió en el nuevo LEY.
También apareció Comfamiliar, Caja de Compensación Familiar de Nariño, en el Parque Infantil, y nació El Tigre de la Rebaja… Pasto entraba en otra dinámica de mercado y el término Centro Comercial estaba en todas partes. Se utilizaba para todo aquello que significara vender variedad.
¿Y qué pasó con la plaza de mercado? Pues que en tiempo de Rojas Pinilla se construyó una plaza de mercado alterna a la del centro en el sector de San Andrés, que se lo llamó Bomboná. Pero a los vendedores del centro les pareció lejos, por lo que se le dio la alternativa a los comerciantes de Ecuador, y Bombona pasó a convertirse en una especie de puerto libre para productos ecuatorianos. Tras el incendio de 1979 la Alcaldía creó un espacio alternativo en la esquina de la 15 con Calle Angosta, que fue el Mercado Artesanal, que acabaría llamándose San Andresito, que era un nombre extendido en toda Colombia porque era una especie de puerto libre que no pagaba impuestos por los electrodomésticos que ofrecía.
En fin, que así funcionaban las cosas en Pasto cuando se tuvo la idea de hacer un centro comercial siguiendo la idea de Unicentro en donde antes funcionaba el Seminario Conciliar, en la calle 19 con 25. Los promotores fueron la Diócesis de Pasto y la Constructora Sebastián de Belalcazar. El centro comercial tuvo ese nombre y ocupó 14.000 metros cuadrados. Los constructores fueron el ingeniero electricista Oscar Salazar Pineda, el arquitecto Alvaro Toro Villota y el ingeniero Eduardo Reyes, en tanto que el arquitecto fue Fabio Gómez Hoyos.
Era otra ciudad, eran otros tiempos. El “efecto Unicentro” había dado sus frutos.
Sin embargo, Pasto no creció al ritmo que este tipo de Malls lo hacía en el mundo. Pasto era una ciudad intermedia, cuya capacidad comercial y adquisitiva no permitía que otros centros similares al Sebastián de Belalcázar funcionasen. El centro comercial Valle de Atriz, que nació con el siglo XXI, no tuvo el impacto que sus inversores esperaban.
Es curioso, pero lo que sí funcionó en la ciudad fue lo que inspiró a Pedro Gómez Barrero para que hiciera Unicentro: el Pasaje Rivas. Y es que los pasajes comerciales siempre han ofrecido esa dinámica de venta a pie de calle que caracteriza a Pasto. El Pasaje Corazón de Jesús, en una edificación que data de 1925 y que pasó por muchos tipos de locales, siempre permitió ver esa opción.
Pero el primer pasaje consiguió triunfar en tal dinámica fue el Pasaje El Dorado, construido en 1971. ¿Porqué? Porque era multi-comercio, pero también vía. Por eso junto al Sarin se construyó uno en 1981. Solamente en el centro de Pasto hay diez pasajes comerciales que son vías de paso. La arquitecta María Rosa Jojoa argumenta que “la implantación de estos espacios se ha realizado de modo aleatorio, sin diseño alguno y carentes de elementos formales que se vinculen a la imagen del centro histórico de la ciudad”. Tiene razón, pero esa es otra parte de esta historia.

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