El juego de los vices: ases, comodines o cartas que no suman

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Por Tirso Benavides Benavides

Hay una vieja máxima entre los jugadores: nunca muestres tu mano antes de tiempo. Sin embargo, el pasado viernes los candidatos presidenciales tuvieron que poner sus cartas boca arriba al inscribir a sus compañeros de fórmula para las elecciones del 31 de mayo. El país político ha quedado ante un despliegue de barajas diversas sobre el tapete electoral. En este juego de poder, la elección del acompañante no es un asunto menor; es un movimiento táctico donde el candidato a la Vicepresidencia puede ser un as que define la partida, un comodín que ajusta la estrategia o, simplemente, una carta muerta que no suma a la mano.

Hay que decir las cosas como son: constitucionalmente, la Vicepresidencia es un cargo cuya única función real es la expectativa. Está ahí para reemplazar al presidente en sus ausencias. Por eso, paradójicamente, los “vices” suelen tener más protagonismo en la campaña que en el ejercicio mismo del Gobierno. La elección de la fórmula se ha convertido en una pieza de ingeniería electoral para atraer sectores esquivos o para enviar mensajes simbólicos que cautiven al electorado emocional.

De las 14 fórmulas que aparecerán en el tarjetón, algunas con posibilidades que rozan el cero absoluto, hay movimientos que merecen una lectura detenida.

Empecemos por la dupla de Iván Cepeda y Aida Quilcué. Con la senadora y líder indígena del Cauca, Cepeda no está buscando conquistar el esquivo centro. Al contrario, está reafirmando su identidad ideológica: el lugar de los excluidos y los sectores tradicionalmente vulnerados. Sin embargo, en términos aritméticos, el voto indígena ya es un terreno conquistado por el progresismo.

Quilcué no suma votos nuevos, sino que consolida los propios. Su presencia en el tarjetón busca ser una estocada simbólica frente a la candidata del uribismo, Paloma Valencia. Es el contraste absoluto: la indígena caucana frente a la nieta de expresidente, la lucha de clases, que se sustenta en una propuesta de la candidata urbibista quien alguna vez sugirió, de forma desafortunada, dividir su departamento entre indígenas y mestizos. Un “apartheid” en pleno siglo XXI.

El riesgo aquí es que se repita la historia de Francia Márquez. Ojalá Aida Quilcué no termine sintiéndose usada para la foto electoral y luego marginada del Ejecutivo, como sucedió con la actual vicepresidenta.

Al otro lado del espectro, la fórmula Paloma Valencia – Juan Daniel Oviedo es la que más ha dado de qué hablar en los medios. Aquí sí hay una búsqueda de convencer a sectores distintos. Valencia intenta moderarse, mostrándose más hacia el centro al elegir a un personaje que, por su propia condición sexual,  defiende ideas que chocan con la derecha más rancia del uribismo. Será interesante ver cómo gestionan internamente temas como la adopción por parejas del mismo sexo que tanto ha rechazado ese sector político.

Oviedo llega con el respaldo de más de un millón de votos, aunque es irónico pensar que muchos de esos apoyos nacieron como una antítesis a Paloma, como un voto útil para frenar la candidatura de quien se siente “hija de Uribe”.

Cabe recordar que a pesar del aura de independencia que quiere transmitir, Oviedo siempre ha orbitado la derecha, fue asesor de María del Rosario Guerra en el Ministerio TIC y director del DANE en el gobierno de Duque. Es, desde el marketing político, el producto más vendible: tiene el lenguaje de las redes y ese “hablado gomelo” que, curiosamente, logra conectar en la plaza digital y que lo ha diferenciado en este amplio espectro de aspirantes.

Por su parte, el otro candidato de la derecha, Abelardo de la Espriella, busca en Jorge Restrepo un bálsamo para sus puntos débiles. El “Tigre” intenta amainar las críticas sobre su falta de experiencia pública y su estilo confrontador con un tecnócrata académico, rector de universidades y de formas pausadas. Restrepo no arrastra caudales de votos, pero le otorga al abogado la sobriedad institucional que le falta.

En el caso de Sergio Fajardo, parece que la historia se repite: sacrifica la viabilidad electoral en el altar de su coherencia. Al elegir a Edna Bonilla, exsecretaria de educación de Bogotá, ratifica que esa es su bandera, pero no suma las estructuras necesarias para ganar. Es un mensaje coherente, pero políticamente estático, como su errónea decisión de no participar en las pasadas consultas partidistas.

Luego tenemos a Claudia López, quien tras una votación anémica en las consultas, lleva de fórmula a Leonardo Huertas, el exfuncionario de la Defensoría que le sirvió de contendor de papel el pasado 8 de marzo. Ya en la periferia de las posibilidades, aparecen nombres como Roy Barreras con la exfiscal Zamora, o el excanciller de Petro, Luis Gilberto Murillo junto a Luz María Zapata, exesposa de Vargas Lleras, figuras que parecen más destinadas al archivo que a la Casa de Nariño.

La baraja se extiende con nombres con posibilidad nula. Aparece Miguel Uribe Londoño con Luisa Fernanda Villegas, apelando a un sector tecnócrata y de derecha tradicional que busca orden. Mauricio Lizcano se la juega con Luis Carlos Reyes, el popular “Mister Taxes”, intentando capturar ese voto joven y técnico que Reyes cultivó en redes. También encontramos a Clara López persistiendo con María Consuelo del Río, una fórmula que parece más un testimonio de resistencia que una opción real de poder. Se suman a la lista figuras como Sondra Macollins con Leonardo Karam, apostando por la narrativa de la seguridad, o Santiago Botero con Carlos Fernando Cuevas, representando una derecha empresarial. Opciones que han estado rezagadas en las encuestas.

Las cartas ya están sobre la mesa. A partir de ahora, cada fórmula tendrá que demostrar si su pareja es un as que suma o un lastre que le impide ganar la partida.

La Vicepresidencia, ese cargo que oscila entre la sombra y el protagonismo, será un factor determinante para definir quién se lleva el premio el próximo 31 de mayo. En este casino electoral, solo queda esperar los resultados en las urnas, sabiendo que en el juego de los votos, como en cualquier mesa de naipes, la casa —que en este caso es el pueblo— lastimosamente siempre termina pagando los platos rotos.

 

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