El ocaso de un gigante

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Por: Juan Pablo Torres-Henao

Escribo estas cuantas lineas con la esperanza de estar totalmente equivocado. Esto, en razón al presente y futuro de la implementación del Acuerdo Final de Paz suscrito en 2016 entre el gobierno de Juan Manuel Santos en representación del Estado colombiano y las extintas FARC-EP, a la necesaria profundización de la democracia en Colombia y al devenir de las utopias en Nuestra América -aunque en relación a esto último guardo menos esperanzas-.

De acuerdo a los resultados electorales desde la firma del acuerdo de paz previamente señalado, el partido político que surgió del tránsito de las extintas FARC-EP a la vida legal eslabona una serie de derrotas electorales -pero ante todo políticas-, a la que se le puede sumar una más este próximo 29 de octubre en las elecciones regionales que constituya la antesala de su desaparición como partido político y anticipe una implosión organizativa que deje como saldo tendencias agrupadas en torno a personalidades.

Desde las elecciones al Congreso de la República en 2018, el entonces partido político FARC (Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común) ahora COMUNES, no ha logrado superar el 1% de votos válidos. En todas las contiendas electorales a la fecha (Congreso 2018, Regionales 2019 y Congreso 2022), siempre han obtenido algo más del 0,3% de los votos válidos, es decir, hablando en plata blanca, exiguos 50.000 votos en todo el territorio nacional.

Pese a que resultados de este orden prenderían las alarmas en cualquier partido político, COMUNES no ha cambiado su forma de hacer política, considerablemente cercana a la de los partidos tradicionales, claro está, sin contar con la maquinaria de estos y los vicios que lastran desde hace décadas. Su quehacer electoral -y recientemente político-, ha quedado en manos de su bancada en el Congreso de la República, distanciándose diametralmente de sus dos consignas partidistas: nuevas formas de hacer política y un partido para los nuevos tiempos, de las cuales se podría inferir fácilmente que de lo que se trataba era de contar categóricamente con sus bases sociales, particularmente su militancia y trascender el capitolio nacional para interpretar el movimiento social y popular, respectivamente.

A las elecciones regionales del próximo 29 de octubre se presentan de manera directa con un total de 130 candidatos en todo el territorio nacional. La mayoría de ellos, 107 para ser más preciso, a concejos municipales, principalmente en La Guajira, Putumayo, Antioquia, Vichada y Norte de Santander; 7 para alcaldías, 1 para gobernador, 15 para juntas administradoras locales y, sorpresivamente, de acuerdo a la información de la Registraduría, ninguno para asambleas departamentales.

La cruda situación electoral que afronta el partido político surgido del Acuerdo Final de Paz también responde a que, tanto la reforma política como la reforma electoral de la que hablaba el acuerdo en mención en su segundo punto aún está en veremos, que es la agrupación política legal con más presos políticos, que es objeto del más rancio sectarismo, que más de 400 firmantes del acuerdo de paz han sido asesinados, pero fundamentalmente, a que el uso de la violencia en las regiones donde tienen -o tenían- ascendencia aun no se ha desligado de la política.

Esta realidad, sumada a un quehacer político diametralmente distante de lo que militantes y simpatizantes esperaba de esta antigua organización guerrillera, arrojará como principal conclusión el próximo domingo que el partido político COMUNES iniciará su desaparición, los resultados positivos tan solo los obtendrá en aquellos casos donde vaya en coalición con las otras fuerzas de izquierda, lo cual dadas las dinámicas internas de estas coaliciones donde todos se miden con votos, los marginará aun más.

Esta difícil situación tendrá, a mi criterio, tres fuertes coletazos: primero, la recta final de la implementación del Acuerdo Final de Paz no tendrá un interlocutor claro y legitimado, dado que ante la erosión del partido político COMUNES, otros actores que agrupan a las y los firmantes del acuerdo en mención reclamarán -como ya lo hacen-, interlocución directa con el gobierno de turno; segundo, que el propósito de profundizar la democracia en Colombia con un actor político históricamente excluido como lo es el campesino colono se esfume en menos de una década; y tercero, que el proyecto político de las extintas FARC-EP, como ya sucede, en su orfandad deje de contribuir a la utopia emancipadora de Nuestra América.

Anochecerá el 29 y espero, de todo corazón, haberme equivocado.

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