El profesor trapito. Los cincuenta años de cóndores no entierran todos los días.

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El 23 de agosto de 1970 arriba a la ciudad de Pasto el entonces recién graduado de letras Gustavo Álvarez Gardeazábal, había ganado una convocatoria realizada por la Universidad de Nariño para ocupar un cargo de profesor titular. Llega, “con patillas de prócer, pelo largo a lo hippie y estricto vestido de paño y corbata como mandaba la tradición universitaria…”, colgaba de su hombro una guambia de cabuya y en su ser se dibuja la silueta de ese personaje que poco más tarde irrumpiría en las páginas de Cóndores no entierran todos los días.  Confiesa en una de sus crónicas que su llegada a Pasto le permitiría escribir esta obra en un contexto de soledad, aislamiento, total silencio y rodeado de un calor humano particularísimo “que no he podido borrar de mi memoria”. Alquila una casa en el barrio Las Cuadras “donde viví los tres años más felices de mi vida”. Ese fue, según sus palabras, “El marco de sus ensueños”, desde el patio de esa casa solariega oía el correr del Río Pasto y podía contemplar la mole del Galeras en el horizonte.

Esta nota es parte del archivo histórico de Página 10.

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