El pueblo se cansa

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Por: José Luis Chaves López

Con orgullo para nuestras indígenas Pastos: Francisca y Manuela

Han pasado un poco más de cuatro años desde que, junto con mi comadre Manuela, protestamos contra las injusticias que los hermanos Rodríguez Clavijo cometían en esta región de Guaitarilla y Túquerres, cuando, apoyados por el Virrey Espeleta, determinaron aumentar los impuestos que, supuestamente, exigía el rey Fernando desde España.

Me llamo Francisca Cumbal y soy descendiente directa del cacique Cumbal quien gobernó estas tierras hasta la llegada de los encomenderos españoles.

Es cierto que con la presencia de los castellanos nuestra vida cambió, pero logramos convivir en paz y aprovechar lo que nos trajeron: educación y religión. En retribución, el rey nos pedía ayudar con trabajo y dinero a la Corona y lo hacíamos con gusto. Él no se metía con nosotros y nosotros no nos metíamos con él… estaba lo suficientemente lejos.

Pero, lo bueno no dura para siempre y la codicia surgió a través del Virrey Espeleta y los cuatro hermanos Rodríguez Clavijo, quienes se amangualaron para sacar provecho personal de los impuestos que pagábamos y apropiarse de los bienes públicos.

Ellos nacieron en Cartago, en el Valle, y con base en arreglos económicos con el Virrey, Francisco se hizo nombrar Corregidor de esta región y se instalaron en Túquerres desde 1792. Él nombró a su hermano Anastasio como Recaudador de impuestos. Los impuestos los cobraban, incluso, acudiendo a la tortura y la prisión. Pero, el pueblo se cansa.

Los recuerdos afloran, 18 de mayo de 1800 es una fecha inolvidable. ¡Y cómo no!

El tiempo del castigo que nos impusieron por lo que hicimos ese día y los días siguientes se cumplió. Hoy vuelvo a Guaitarilla a encontrarme con mi comadre. Nos abrazamos y lloramos de la emoción y al calor de unos hervidos, sentadas junto a la tulpa, hablamos y hablamos, pues los recuerdos son muchos. Al fin y al cabo, fueron cuatro años de castigo, separación e ignominia.

Al pueblo llegó la noticia que el Rey exigía nuevas contribuciones y que los impuestos aumentaban. El disgusto y la rabia se acumularon y comenzaron a borbotear como el agua cuando hierve. Cuando se supo que era una triquiñuela de los hermanos Clavijo para quedarse con el dinero, el malestar estalló.

Ese domingo las campanas llamaron a misa y con mi comadre nos fuimos para la iglesia. De lo que sucedió luego nada estaba planeado y nada estaba preparado, pero se dio.

El malestar se sentía como si penetrará en el cuerpo a través del aire. Durante el camino a la iglesia nadie hablaba. La rabia estaba contenida.

– Pero, no por mucho tiempo. Cuando el padre, en el sermón, comenzó a leer el documento que establecía los nuevos impuestos, no aguanté más. “¡Abajo el mal gobierno!”.

– “¡Viva el Rey!”.

– ¿Qué nos pasó? Nosotras no éramos así, comadre.

– Todo tiene su límite y lo leído por el padre rebasó la copa.

– De la rabia que tenía no recuerdo algunas cosas.

– Nos levantamos de la banca y casi a la carrera llegaste al púlpito. Pensé que ibas a golpear al padre Jacinto. Le quitaste el documento, te volteaste hacia la gente y lo rompiste y seguías gritando: “¡Viva el Rey!”.

– “¡Abajo el mal gobierno!”. Y, ¿qué pasó con el padre?

– No se supo, se escondió, se fugó. Después comentaban que él también hacía parte de ese desatino. Y tampoco sé de donde apareció un tambor y don Cucas Remo, mientras lo tocaba, instigaba a todos a protestar.

– Alguien gritó: “¡Mueran los Clavijos!”. Y esa fue la chispa que encendió los corazones de rebeldía.

– Se me salió el espíritu indómito de mi abuelo Cumbal, y si él fue capaz de enfrentar a los Incas, cuando querían invadirnos, yo también podía enfrentarme a estos ladrones.

Un par de tragos del hervido de moras que habían preparado para darse ánimos y al mismo tiempo aprovechar para secarse unas lágrimas con el ruedo del pañolón con el que se calentaban esa fría noche.

– Te fuiste por todo el pueblo, arrancando y rompiendo los panfletos que habían pegado con la tabla de los nuevos impuestos.

– Es que no hay derecho. Cobraban hasta por parir. Por una niña dos reales y el doble por un varón. Y, si los animales daban cría también había que pagar.

– Hasta por el humo cobraban…

– ¿Por el humo? No me acuerdo…

– Si, por cocinar y utilizar leña.

– Ah.

– Pero, qué fue que hicimos Francisca, me desconozco. Y, cómo nos fuimos hasta Túquerres a buscar a los Clavijos para vengarnos no es parte de mí

– El sentimiento de indignidad, comadre. Y la gente nos siguió y don Cucas Remos continuaba tocando el tambor. Y ese sonido nos enardecía cada vez más.

– De los gritos pasamos a los hechos. Alguien rompió la puerta del estanco, que también era negocio de los Clavijos, y otro le prendió fuego.

– Yo alcancé a ver a don José Betancourt y a don Lorenzo Piscal con palos y a la gente hasta con los chuzos para sembrar el maíz.

– Y el tambor que seguía sonando. Aún ahora, cuatro años después, ese sonido retumba en mi cabeza.

– De la muerte de los Clavijos, mejor no hablemos,

Otro trago y un poco más de leña a la hoguera para seguir calentándose.

– Después que encontramos a los Clavijos y les paso lo que les pasó, a usted no la volví a ver, comadre. Yo me quedé en Túquerres, y ese fue mi error. Unos días después llegaron a la casa donde estaba, el representante del Oidor, que vino desde Popayán, con unos agentes y me tomaron presa.

– Yo volví a Guaitarilla y me sucedió algo parecido. Hasta la cárcel fui a dar.

– Me acusaron de rebeldía contra España. Y, aunque alegué que eso no era verdad, no me hicieron caso.

– A don José y a don Lorenzo también los apresaron. Los llevaron hasta Pasto amarrados a la cola de un caballo y en la plaza los mataron y los descuartizaron.

– Contra España no teníamos nada, era contra el Corregidor y los cobradores de impuestos por ladrones y aprovechados.

– Desde España, el Rey nos enviaba a los misioneros y a los maestros, nos enseñaban religión y letras y vivíamos con ellos en paz… por eso contra España no era.

– Pero, tenían que inventarse algo para podernos acusar. Me condenaron a ser azotada cada domingo en la plaza durante dos años. Eso me dolía más por la indignación que por los golpes. Todos estaban conmigo e insultaban al verdugo y creo que él, por temor, después de dos o tres latigazos se volvía corriendo a Túquerres.

– Como estábamos separadas no volví a saber de usted, comadre. Mi castigo fue el destierro. Me llevaron a Popayán y fueron cuatro años sin poder volver a esta mi tierra. El plazo se cumplió y estoy de vuelta.

Se hizo un largo silencio, mientras apuraban otro trago para darse fuerzas para seguir recordando.

– ¿Por qué pasó todo esto, comadre Francisca?

– Mientras las contribuciones eran justas y el dinero nos alcanzaba para pagar, lo hicimos. Cuando la avaricia de los Clavijos apareció y el Virrey… Mendinueta, porque a Espeleta lo habían quitado el cargo y devuelto a España, no hizo caso a nuestras quejas, el saco se rompió.

– Don José le envió varias cartas contándole lo que estaba sucediendo para que lo solucionara y nunca recibió respuesta.

– Claro que él no iba a contestar, comadre. Durante mi destierro en Popayán me enteré que este nuevo Virrey también hacia parte de este robo y que, al igual que el anterior, también se había confabulado con los Clavijos. A nombre del Rey, se inventaron impuestos para cobrar dinero que se repartían entre ellos y por eso nunca llegó a España.

– Nos acusaron de rebelarnos contra el Rey y eso no fue cierto. Nos quejamos contra el mal gobierno, pero también gritamos: “¡Viva el Rey!”

– Tenían que tapar su delito y acusarnos y condenarnos era lo más fácil. Lo que hicieron con nosotros… eso sí llegó a España y el Virrey y el Oidor fueron felicitados por acabar con la rebelión y los rebeldes.

– Sin embargo, todo trae su consecuencia, los hermanos Clavijos terminaron muertos y el Virrey Espeleta perdió el cargo. Y si bien nos castigaron, la semilla de la rebeldía contra la injusticia quedó sembrada, comadre. ¡Salud!

El hervido se terminó. Las brasas de la tulpa se extinguieron y las comadres se fundieron en un abrazo eterno que perdura en el recuerdo.

Pero esta gesta la historia no la reconoce y los “historiadores” la quieren borrar, como si borrando este acontecimiento borraran los desaciertos que cometen los corruptos dirigentes y políticos amangualados. La historia es cíclica y los desaciertos se siguen repitiendo a lo largo del tiempo.

Pero, como dijo Francisca Cumbal: “el pueblo se cansa… y entonces…”.

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