Emociones políticas en red

Para nadie es un secreto que la irrupción popular que hoy ha emergido en Colombia tomó a todos por sorpresa. Partidos políticos, analistas y asesores políticos no contábamos en nuestros cálculos con que el ascenso en la movilización social de finales de 2019, suspendido por la emergencia económica y sanitaria desatada en 2020 por la COVID-19, sería retomado, profundizado y ampliado a mediados del año en curso con una inusitada participación juvenil. Esto es así, porque aun pensamos a partir de las claves que nos arrojó la movilización social en el siglo XX y en el mejor de los casos apenas estamos empezando a comprender el impacto del internet y las redes sociales en Colombia.

Del 2016 a la fecha, la penetración de internet en Colombia se ha duplicado, pasando de un 32,5% a finales de 2016 a un 69% para inicios de 2021, alcanzando con ello una penetración del 119% en las conexiones móviles, incrementándose a su vez los usuarios de redes sociales tales como YouTube, Facebook, WhatsApp, Instagram y Facebook Messenger, las cuales son las cinco más usadas por los colombianos, especialmente aquellos que nos encontramos entre los 18 y los 34 años. Este panorama decanta un poco más la tesis del sociólogo Manuel Castells, en el caso colombiano, sobre el inicio de nuestra inserción en la era de la información y por consiguiente la emergencia más clara de movimientos sociales en red.

¿Qué son esos movimientos sociales en red? Para Castells estas son las formas de cambio social en el siglo XXI, en las cuales de lo que se trata no es tanto de la toma del poder, sino de la exploración del sentido de la vida misma. Son conexiones en la virtualidad entre gente real con preocupaciones reales en busca de experiencias reales. Dichas conexiones ocurren en la virtualidad de las redes sociales en tanto éstas son entendidas como espacios de autonomía por fuera del alcance de los gobiernos y las grandes corporaciones que monopolizan el poder. Desde allí, y mediante el encuentro de miedos y esperanzas se convocan a ocupar el espacio urbano -principalmente-, reclamando su derecho a ser parte de la historia.

De Túnez a Islandia, de España a Estados Unidos, estos movimientos sociales se han caracterizado por ignorar a los partidos políticos, desconfiar de los medios de comunicación, no reconocer ningún liderazgo, depender de internet y fomentar asambleas locales para el debate colectivo. Puede que en el caso colombiano no se cumpla con todas estas condiciones tal como lo evidenció la tercera medición de la Gran Encuesta Nacional sobre Jóvenes, pero algunas son realmente notorias, por ejemplo, la desconfianza en las instituciones es manifiesta: Fuerzas Militares (73%), alcaldías municipales (79%), gobernación departamental (81%), medios de comunicación tradicionales (86%), Policía Nacional (87%), Presidencia de Colombia (91%) y el Congreso de la República (93%); y la principal forma de manifestación han sido las redes sociales (63%), seguida de las marchas (53%) a las cuales han sido convocados a participar principalmente por las redes sociales (58%),

Estos dos elementos, la crisis de confianza y la ocupación del espacio público que representan las redes sociales, les ha permitido a las juventudes de Colombia iniciar a construir nuevos significados y a poner en juicio aquellos construidos por las generaciones previas. De ahí que la negación del diálogo y el recurso a la coacción por parte del Gobierno Nacional solo tendrá dos resultados claros: primero, que las instituciones bajo sospecha por las juventudes continúen deteriorándose; y segundo que, con base en ese deterioro, el recurso a la violencia se constituya, sin velo alguno, en el pan de cada día, como ya inicia a advertirse con el recurso injustificado a la figura de asistencia militar y su formalización mediante la expedición del Decreto 575 del 28 de mayo de 2021.

Estos movimientos en red han encontrado éxito solo a partir de la comprensión actual de la configuración del poder, es decir, del reconocimiento de las estrategias de colaboración y competición entre las redes de poder: financieras, multimedia, política, militar y de seguridad, producción cultural, crimen organizado y producción y aplicación de la ciencia, para lo cual han procurado, primero, reprogramar las redes entorno a intereses y valores alternativos y/o la desconexión de redes dominantes por aquellas de resistencia y cambio social. Esto no es otra cosa que, en el primer caso (reprogramar), procurar que la política esté al servicio de la gente, la fuerza pública sea defensora de los derechos humanos y la cultura y la ciencia no estén al servicio del mercado sino del interés general; y en el segundo caso (desconectar), que se proscriban las conexiones entre banqueros y medios de comunicación o en su defecto se promuevan medios de comunicación comunitarios que contrasten la información. Son estos elementos los que actualmente están en juego y pueden suponer un verdadero cambio a mediano y largo plazo.

Antes de finalizar permítanme hacer un zoom regional. Las emociones políticas que predominan en los jóvenes en el actual paro nacional, para el caso de Pasto, han sido, la tristeza (46%), la ira (13%) y la rabia (13%). La primera, puede ser entendida como el proceso psicológico que nos permite superar pérdidas, desilusiones o fracasos; la segunda, se corresponde con la percepción de una acción injusta y la identificación del agente responsable de ella; y la última, aunque guarda mucha relación con los detonantes de la ira, se asocia principalmente a afectaciones contra nuestra propia dignidad e identidad. Vistas en conjunto es posible leer a las juventudes pastusas que masivamente (73%) se han movilizado las últimas cuatro semanas: estas demandan un cambio social a partir de un diálogo útil que conduzca a la reducción de la pobreza, el cierre de las brechas de inequidad en todos los ámbitos (educación, salud, vivienda, trabajo), la proscripción de la corrupción y la condena del uso de la violencia como recurso para dirimir los conflictos.

En concreto, parafraseando a Castells, en Colombia ocho de cada diez jóvenes se sienten representados en el paro nacional y más del 60% han se han manifestado de alguna manera en este estallido social. Ello da cuenta que la tristeza y la ira, las emociones políticas dominantes en este contexto, han sabido conectarse a través de las redes sociales, haciendo de la humillación de uno la indignación de miles, activándose con ello una subjetividad política colectiva que respetuosa de la diversidad ha dicho ¡basta ya! y echado a andar la expresión popular más rica de la historia reciente de Colombia.

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