Entre nubes y montañas de palabras

Escribir implica un ejercicio mental que nos advoca al origen de una subjetivación que permitió dejar la palabra hablada inscrita en un espacio y lugar determinados; esto le ha permitido al ser humano trascender en el espacio y el tiempo, ya que dicha constancia, cuando hay quien la reciba, nos habla de lo que hemos sido, pero aún más, también permite entender nuestros derroteros dentro del mundo.

Nuestro mundo literario escrito nos lleva al plano de la escritura occidental, sin desconocer por ello la rica herencia ancestral Pasto, manifiesta en petroglifos y piezas de arte que, gracias a una invasión inmisericorde, nos privó de conocer realmente sus significados. En el sur occidente colombiano pasó lo que en muchos otros lugares donde los manuscritos de notarías y curatos o quedaron en manos de unos cuantos particulares o bien fueron destruidos debido al tiempo, el descuido y la indiferencia de los parroquianos. De tal manera que nuestro legado se recoge en la tradición de la imprenta, llegando a Barbacoas en 1825, cuna del periodismo y de la tradición de nuestro departamento. Ahí se formaron los maestros impresores que luego llegarían a Pasto en 1838 y a Ipiales en 1870, en esta última gracias a la gestión e idea de Juan Montalvo, el célebre proscrito ecuatoriano, quien contrató a Nicanor Médicis, barbacoano, para que iniciara ahí labores.

Estos acontecimientos que pueden parecer triviales, tienen un significado importante, ya que muestra un ideario que parte de uno de los libelistas más importantes de habla hispana, con una tradición liberal que terminaría por marcar todo un derrotero en lo que se conoce como Provincia de Obando, de tal manera que esas primeras publicaciones y esos primeros escritos tienen una carga fundamental para el desarrollo intelectual y escritural en Ipiales, hasta el punto de desencadenar en hechos tan importantes como las desavenencias entre un grupo de intelectuales ipialeños, que matricularon a sus hijos en un colegio de ideas progresistas y liberales, con el ortodoxo y recalcitrante obispo de Pasto, Ezequiel Moreno Díaz, quien terminaría diciendo desde el púlpito y deseando que se grabe en su lápida que el liberalismo es pecado.

El siglo XX se inaugura entonces con un sentimiento de rebeldía, por eso aparecen los gremios de artesanos y las asociaciones de intelectuales, como La Sociedad Caro o La Sociedad de El Carácter, en cuyas sedes se propiciaban encuentros literarios, teatrales y festivos; es por ello por lo que en las primeras décadas de este siglo encontramos toda una gama de periódicos, revistas, folletos, donde los poetas y escritores hacían gala de su creatividad y de su erudición. Muchos historiadores y literatos despiden sin empacho esta herencia que terminó por formarnos en lo que hoy somos, dejando a un lado una tradición cultural y artística que muestra como creció nuestro pueblo literariamente, desconociendo, de paso, las reformas pretendidas desde la poesía y el ensayo, desde el cuento corto y el teatro, creyendo que esos poetas y esos hombres nacieron viejos, se hicieron viejos y murieron oliendo a viejo en olor de santidad.

Una oleada de mercachifles y comerciantes inundó posteriormente las calles de nuestras ciudades, entonces estos escenarios debieron ceder al paso de las ambiciones y los teatros se convirtieron en locales comerciales y las sedes de los sindicatos en tabernáculos de politiqueros. Gran pérdida para nuestra tradición intelectual y artística, por eso esos poetas y escritores pasaron al olvido prontamente, murieron sin pena ni gloria, y los pocos que heredaron esa fuerza creativa fueron tenidos por mucho tiempo como verdaderos parias.

Sin embargo, la palabra escrita se resiste a desaparecer, entonces los poetas y escritores aparecen y reaparecen en el escenario de las nubes verdes, entundados en la fuerza de la palabra, quienes buscan heredar y transformar lo que se había iniciado con mucha anterioridad, es así como hay un segundo periodo de intelectuales y escritores, cuya principal característica es el inconformismo con el avasallamiento y la antipatía, no solamente de los entes gubernamentales encargados de la cultura, sino también de los particulares mercantilizados, y aparecen voces rebeldes que nos muestran el peso de nuestra tradición libertaria.

Es gracias a esta segunda generación que se busca el rescate de aquello que se había dado por perdido, y van apareciendo no solamente poetas y ensayistas, sino también novelistas, teatreros, guionistas, y toda clase de artistas cuya vocación es la literatura; los medios de comunicación son aprovechados para hablar de esa herencia y de las nuevas formas de producción literaria, reconociendo que la innovación sin la tradición no podría ser. Así acontece en los tres últimos lustros del siglo XX, con una resistencia tremenda para que el mercantilismo no acabe con la tradición y para que los nuevos cultores no cedan a sus presiones y tentaciones. Todo lo publicado en este periodo da razón de ello.

En el siglo XXI los medios de comunicación y la informática han renovado no solamente la forma de escribir, sino la vida de la cotidianidad de todos los seres humanos; entonces ya el poder, incluido el intelectual -siempre latente como una tentación para muchos- no está en quien tiene la información, sino en quien sepa manejarla, por eso ya no importa el número de libros que se venden sino el número de comentarios que se tienen en las redes, generando comunidades de cibernautas en donde los nexos comunes pueden ser tan caprichosos como la naturaleza misma lo es.

Esto permite acercamientos y también fracturas, ya que esas comunidades encuentran ecos en los lugares menos imaginados, se rompen las barreras espaciales y las fronteras se difuminan, por eso es tan difícil de leer en estos tiempos a nuestros escritores del Sur, ya que esas fracturas se dan desde diferentes ángulos, tales como los etarios, donde todo lo pasado se consideró anticuado y banal; sumado a esto, la ausencia de una tradición en la crítica literaria, perdida en los primeros tiempos, nos volvió ausentes de nosotros mismos, ya que la liviandad en la lectura o en los comentarios fueron tomando asiento. La crítica, tan necesaria en todo proceso, pero especialmente en el artístico, no ha sido realmente desarrollada en Nariño, de ahí que durante tanto tiempo redunden los comités de aplausos y los elogios múltiples, cuando no los insultos cuando la crítica pasa al plano de lo puramente personal o íntimo, confundiendo a ésta con el chisme.

Lo que veo en los dos últimos lustros es un resurgimiento de un grupo de jóvenes que buscan explorar la literatura con los aprendizajes muchas veces ya profesionales, así como con la experiencia de una lectura mucho más amplia del mundo, cuyos horizontes se han prolongado también con el acceso a todo tipo de información desde la informática y las redes, al encuentro de pares similares que, con fundamentos mucho más técnicos, pueden hacer críticas fundadas en algunos principios que se dan por válidos, de tal manera que muchos pueden caer en el punto opuesto de la ausencia de crítica, es decir en la criticadera fundada en razones puramente técnicas, dejando a un lado el necesario principio de la contextualización de lo escrito; así mismo, la globalización de ideas o de modos de formatos literarios, hacen que se desconozcan las herencias particulares, buscando con ello ubicarlas en planos de igualdad con experiencias de otras latitudes, algo así como cuando un erudito del siglo XIX llegaba a cualquier pueblo pequeño y empezaba a comparar todo lo que veía con lo que había experimentado en alguna estadía en Paris, cuyo acento cambiaba para parecer más sofisticado.

Desde luego que esta periodización que he hecho es sumamente atrevida, lo que presento es un paneo generalizado de la literatura de Ipiales y de Obando, buscando que se generen estudios más concienzudos sobre esa herencia que hemos recibido, reconociendo que hay una tradición que es necesario rastrear, y que la tal originalidad no es más que un punto de intersección entre el gusto de quien lee y la ignorancia de este. Quizá ese rastreo nos permita encontrar no solamente las voces ocultas, sino aquellas que en un tiempo fueron realmente escuchadas y cuyos ecos buscan volver de allende el Pastarán, originarias o sacralizadas, según los oídos que las escuchen.

Comentarios

Comentarios