Javier Marías y una lección de dignidad

 

Imposible dejar de comentar la actitud de Javier Marías al rechazar el Premio Nacional de Narrativa en España. Para el ciudadano de a pie, que se mantiene al margen de los acontecimientos literarios, Javier Marías es un escritor madrileño, hijo del filósofo Julián Marías y de la escritora Dolores Franco, autor de obras esenciales de la literatura contemporánea de las últimas décadas, con títulos que están publicados en cuarenta idiomas y en más de cincuenta países.

A Javier Marías se le otorgó el premio Nacional de Narrativa por su novela “Los enamoramientos”. Sin embargo, el escritor decidió rechazar el galardón que otorga el Ministerio de Cultura de España. Si bien no es el primero –incluso hay quienes como Jean Paul Sartre rechazaron el Premio Nobel– las razones que aduce Javier Marías para no recibir el galardón español se convierten en una lección de dignidad. En una rueda de prensa aseguró que para ser consecuente con sus propias decisiones, “hubiera sido una cierta sinvergonzonería aceptar este premio”. No obstante, Marías agradeció profundamente la gentileza y la generosidad de los miembros del jurado –integrado, entre otros, por Clara Sánchez, Soledad Gallego-Díaz, Fernando Rodríguez y Javier Cercas– por haber tenido en consideración su novela, pero aclaró que al ser un galardón institucional, oficial y estatal, otorgado por el Ministerio de Cultura, le era imposible aceptarlo. “El Estado no debe darme nada por efectuar mi tarea de escritor”, afirmó. “Desde hace muchos años no he aceptado ninguna invitación de los Institutos Cervantes, ni del Ministerio de Cultura, ni siquiera de las Universidades públicas o de Televisión Española. Durante todo ese tiempo he esquivado a las instituciones del Estado, independientemente de qué partido gobernara, y he rechazado toda remuneración que procediera del erario público.

También he dicho, en no pocas ocasiones, de palabra o por escrito, que, en el caso de que se me concediera, no podría aceptar premio oficial alguno”. Reprochó que un galardón de esta naturaleza no se hubiere sido otorgado a su señor padre Julián Marías, quien incluso tuvo que soportar la persecución del gobierno español. “Confío en que no se tome mi postura como un feo o un agravio, o como un desagradecimiento. Todo escritor agradece el aprecio por su obra, y así lo hago yo también ahora. Y en verdad lamento no poder aceptar lo que en otras épocas habría sido tan sólo motivo de alegría”. Es una lección de dignidad, lo repito. Los premios literarios cuando son oficiales o pagan favores políticos o se otorgan a personalidades cuyo nombre pueda revertir en prestigio y validez para el premio. Javier Marías lo entendió de esa manera. Su carrera literaria, al ser brillante, lo convierte en un ancla que fija y atrae la atención de la prensa mundial. Recibir el premio, a pesar de los veinte mil euros, para él no significaba mucho, pero para la entidad que lo otorga era un plus que catapultaba su prestigio. Y la realidad española que vivió su padre no le permitía sino ser consecuente con la decisión tomada.

Recordemos que el filósofo Julián Marías estuvo en la cárcel y pudo ser fusilado durante la dictadura franquista que le cerró todas las puertas y lo vetó para cualquier actividad intelectual en su país. Su hijo Javier, como los grandes, sólo podía responder con dignidad.

Comentarios

Comentarios