La bandera de la paz

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Por: Juan Pablo Torres-Henao

En política quien es ingenuo pierde. Algunos creen -quieren creer o buscan hacer creer- que en Colombia la bandera de la paz no tiene color político. Que al ser un derecho consagrado en la Constitución Política de 1991 no le pertenece a nadie y su búsqueda es asunto de toda la ciudadania. Permítanme decirles que esto no es así.

En la historia del tiempo presente de nuestro país, esto es, aquella que aun no ha tenido un cierre definitivo y por consiguiente reverbera en nuestro día a día, el conflicto armado y la otra cara de esa misma moneda: la salida política, nos señala que la bandera de la paz ha sido levantada especialmente por la izquierda.

Incluso desde antes de desatarse el conflicto armado de carácter revolucionario, quienes serian luego actores del mismo (Manuel Marulanda y Camilo Torres), se dirigieron al país y al mundo para evitar una guerra más entre tantas que laceraban la humanidad a mediados de la década de 1960. No tuvieron éxito y Marquetalia se hizo llamas.

Luego de un poco más de diez años de latencia, en la primera mitad de la década de 1980 dos hechos políticos marcarían para siempre la lucha por la salida política al conflicto armado en Colombia: el XIII Congreso del Partido Comunista Colombiano y los diálogos de La Uribe entre el gobierno de Belisario Betancur y las FARC-EP. El primero supuso la búsqueda de la paz como parte constitutiva del horizonte estratégico de las fuerzas progresistas en el país y el segundo el reconocimiento sin ambages del carácter social, político y económico del levantamiento armado.

Desde aquellos años hasta la conquista del Acuerdo Final de Paz en 2016 muchos intentos de paz pasaron y miles de vidas se perdieron, permanecen desaparecidas o fueron desplazadas. Superando todo obstáculo la paz con las FARC-EP se firmó y el acuerdo suscrito supo resistir a cuatro años de ataques intensos y velados. No obstante, superada la tempestad no ha llegado la calma.

Esto es así porque el Acuerdo Final de Paz lleva en su seno una tensión: la potencia transformadora o la administración de lo establecido, la cual hoy emerge con mayor claridad superado el gobierno que fracasó en hacer trizas lo acordado. La crítica al actual proceso de implementación del Acuerdo Final de Paz por parte del expresidente Juan Manuel Santos y muchos de sus asesores en la mesa de diálogos de La Habana no es del todo altruista, esta busca hacerse con una bandera históricamente enarbolada por la izquierda y ahogar la potencia transformadora del Acuerdo Final de Paz.

Y tienen todas las de ganar en esa pugna, tanto por virtudes propias, como por errores ajenos, dado que en gran medida fueron de los pocos que hicieron un seguimiento serio a la implementación, y no desdeñaron de éste como si lo hizo de manera sustantiva gran parte de la izquierda e incluso algunas voces minoritarias al interior del partido político surgido del Acuerdo Final de Paz.

Las dificultades actuales en la implementación del Acuerdo Final de Paz responden en gran medida a la inercia del mismo, de ahí que la búsqueda de recuperar su esencia y desatar su potencia transformadora para servir de “puente de oro” para la construcción de la Paz Total, no está tanto en quien puede administrar mejor dicho movimiento inercial sino en quien siendo ajeno a éste logre poner en movimiento aquello detenido, como la Reforma Rural Integral, y reconducir el rumbo de aquello que está en movimiento como la reincorporación económica y social de los excombatientes de las extintas FARC-EP.

La disputa para determinar quien se queda con la bandera de la paz está abierta.

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