La productividad agrícola en América Latina y el Caribe: qué sabemos y hacia dónde vamos

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Por: Luis Efrén Delgado Eraso
Presidente de ASOINAGRO

América Latina y el Caribe (ALC) han sido históricamente regiones con un extraordinario potencial agrícola, gracias a su diversidad de pisos térmicos, la variedad de cultivos tropicales, sus riquezas hídricas y la dinámica de sus mercados. Sin embargo, un reciente estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) pone sobre la mesa una pregunta esencial: ¿estamos aprovechando realmente ese potencial para impulsar una agricultura productiva, sostenible y resiliente?

El informe muestra que la producción agrícola total en ALC se ha multiplicado casi seis veces desde 1960, un logro sin duda notable. Pero al analizar la eficiencia, medida a través de la productividad total de los factores (PTF), la historia cambia. Entre 2010 y 2020, el crecimiento de la productividad fue de apenas 0,9 % anual, en comparación con el 1,7 % anual registrado durante las seis décadas previas.

Esta desaceleración indica que la expansión reciente no ha provenido principalmente de la innovación o de una mayor eficiencia, sino, más bien, del aumento en el uso de insumos como tierra, agua, mano de obra y fertilizantes.

Según el Banco Interamericano de Desarrollo, producimos más, pero cada unidad adicional de producción cuesta más y rinde menos en términos de eficiencia. Esta tendencia resulta preocupante en un mundo donde la demanda de alimentos sigue creciendo, los recursos naturales están cada vez más presionados y el cambio climático impone nuevos riesgos.

El documento del BID subraya, además, diferencias importantes entre subregiones. En algunos países, como Paraguay y Perú, la productividad ha mejorado gracias a cambios tecnológicos y estructurales, aunque la eficiencia técnica puede estar estancada o incluso disminuyendo. En otros, la producción sigue dependiendo del aumento de insumos y no de mejores prácticas, lo que eleva los costos y presiona aún más el uso de los recursos naturales. Esta situación es especialmente delicada para países con sistemas productivos familiares o de pequeña escala, donde el acceso a innovación, crédito, infraestructura y mercados continúa siendo limitado.

El informe también enfatiza que la variabilidad climática y la sostenibilidad ambiental serán factores centrales en el futuro de la agricultura regional. Bajo condiciones climáticas cada vez más extremas, los rendimientos de cultivos clave pueden verse reducidos, y la adaptación se vuelve urgente. Esto representa una alerta para países como Colombia, donde la agricultura familiar enfrenta retos asociados al estrés hídrico, la degradación de los suelos y los cambios en los patrones pluviométricos.

La desaceleración de la productividad no es un destino inevitable. El estudio destaca que los países que invierten en innovación, investigación agrícola, riego eficiente y políticas públicas bien diseñadas logran mejores resultados, tanto productivos como sociales.

Para el caso colombiano, y particularmente en regiones como Nariño, esto significa que no basta con ampliar la frontera agrícola: también es necesario mejorar la manera en que producimos. Se requiere un enfoque integral que incluya tecnificación, uso de datos climáticos, servicios de extensión ajustados a las realidades locales y acceso a financiamiento para pequeños y medianos productores. Asimismo, son fundamentales políticas que impulsen la productividad con sostenibilidad ambiental, como base para reactivar una agricultura resiliente.

En conclusión, el BID advierte que los países de América Latina y el Caribe han alcanzado logros agrícolas relevantes, pero la productividad, que es la verdadera medida de eficiencia y sostenibilidad, está perdiendo dinamismo. El informe nos recuerda que no basta con producir más; debemos producir mejor, con innovación, eficiencia, resiliencia frente al clima e inclusión de los pequeños productores que sostienen el agro familiar.

Para el campo colombiano, que enfrenta desafíos geográficos, de infraestructura y de acceso a servicios, esta ruta ofrece una visión clara: invertir en productividad es invertir en seguridad alimentaria, en competitividad internacional y en sostenibilidad a largo plazo.

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