La resiliencia del pueblo nariñense

La resiliencia no es más que otra cosa que la capacidad que tienen los pueblos o las personas de superar las adversidades, de sobreponerse a las dificultades. Y en ultimas esa condición de reír de sus propias dificultades. El pueblo de Nariño ha dado una muestra impresionante de resiliencia al momento de responder a ese sinnúmero de problemas suscitados a raíz de una pandemia que se ha prolongado en el tiempo y en el espacio.

Muchos empresarios nariñenses se vieron obligados a cerrar puertas. No obstante, muchos más innovaron la manera de comercializar sus productos constituyéndose en fuentes de empleo y en una forma de ingresos segura para sus empleados directos e indirectos. No se amedrentaron ante las adversidades y, por el contrario, nos dieron ejemplo de tenacidad y lucha. Anteponerse a estas dificultades realmente que fue una cosa de verdaderos sabios.

Muchos nariñenses quedaron sin empleo ante el cierre de las empresas en las cuales trabajaban.  Pues bien, lejos de dejarse morir buscaron la forma de rebuscársela y sortearon la dificultad con espíritu emprendedor y una tenacidad digna de figurar en los records Gines. De la noche a la mañana armaron empresa familiar, sacaron los pocos instrumentos y elementos a su alcance y forjaron con carácter su propio destino y el de su familia. No se dejaron morir de hambre, sacaron esa casta emprendedora y se constituyeron en hombres y mujeres de empresa.

Nuestros campesinos se vieron a gatas por esta pandemia, sus productos tuvieron que competir con los foráneos de una manera desigual . La producción de la papa se vino al suelo, los precios sufrieron los embates del covid19. No fue ese pretexto para que se declaren en banca rota.  Armaron cambuches, tocaron puertas, sacaron sus costales a las carreteras, a los peajes, a los hogares y agotaron existencias.  Queda demostrado que la necesidad es madre de la creatividad y el ingenio. Que la fortaleza de los hombres y los pueblos reside en su decisión de sobreponerse a las dificultades.

Ese estribillo de “Bravo pueblo de invicta coraza” tomó cuerpo, se hizo realidad, se dejó entrever en cada uno de nuestros esfuerzos y decisiones.   Salimos invictos, airosos, victoriosos. Claro que algo magullados y maltrechos pero dispuestos a continuar en la brega de ganarse el pan con el sudor de la frente.

Vimos a muchos líderes comunitarios izando la bandera de la reivindicacion social. Llevando a sus huestes, conduciendo a su gente, dirigiendo palabras de resistencia y fortaleza. No se dejaron amilanar de las circunstancias ni les tembló la mano para “encuellar” a ese bicho raro y extraño que trastocó nuestras vidas y economía de un momento para otro.  Como modernos profetas llevaron a su pueblo a la tierra sagrada de promisión.

Y el “pueblo – pueblo”, ese descastado sector que vive del rebusque, venciendo afugias cotidianas y soportando hambre también salió airoso. Bastó un agua de panela, un pan y una lata de atún para que todo su ingenio se encienda en su pretensión de no dejar morir de hambre a los suyos.  No se dejó morir y, por el contrario, hizo visible su inmensa capacidad y fortaleza.

Nariño es un pueblo valeroso, con gente ingeniosa y fuerte.  Nos corresponde alimentar esa fuerza, atizar esa hoguera para que emprendamos el camino del progreso y el desarrollo. Hemos demostrado que podemos, que nada nos vence ni nos amilana. Somos, efectivamente, ese “pueblo bravo de invicta coraza”, esa “Luz eterna de pétreo fanal…”. ¡Y si pudimos con el covid19, podemos con todo!

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