La transgresión literaria

La prohibición y la transgresión de alguna manera están ligadas, puesto que la segunda es la que infringe lo establecido por la primera. La prohibición surge como una necesidad de suprimir el ser violento que el ser humano lleva dentro, sin lo cual se generaría un caos en el orden social de la vida, y se carecería de conciencia. La transgresión es, entonces, ese momento en el cual se cede a los impulsos y se lleva a cabo lo contrario de la prohibición.

Hay libros que han supuesto un antes y un después, que rompieron moldes y agitaron conciencias. En su momento resultaron perturbadores, pues trataban sin tapujos temas considerados tabú: sexo, drogas, identidad sexual, libre albedrío:

El amante de Lady Chatterley (1928), de D. H. Lawrence. Fue considerada inmoral y pornográfica debido a las escenas donde se describen sin tapujos relaciones sexuales y por el uso de un lenguaje soez. Sin embargo, contenía algo aún más perturbador para las clases acomodadas y las mentes mojigatas: su trasfondo social. Era una novela sobre una aristócrata que comente adulterio con un obrero, el guardabosques de sus tierras.

Lolita (1955) de Vladimir Nabokov. Esta novela si tiene de todo: obsesión, acoso, sexo y violencia. No solo es el relato de un hombre maduro obsesionado por una adolescente, que llega a casarse con su madre solo para estar cerca de la joven, sino que tras esa perversión psicopatológica también hay una historia de amor, y una crítica acerada a una sociedad indulgente.

La naranja mecánica (1962) de Anthony Burgess. Este libro llegó a resultar transgresor hasta a su propio autor. Burgess renegó de la versión de la novela que, en Estados Unidos y hasta 1986, fue publicada sin el último capítulo. El capítulo 21 suponía de alguna forma un grito de esperanza hacia el género humano, pero los editores estadounidenses decidieron que la obra tuviera un final más oscuro y lo omitieron. El autor había escrito una novela filosófica sobre el comportamiento humano, escrita a raíz de una terrible experiencia personal, pues Burgess y su esposa fueron atacados en 1944 de forma similar al asalto sufrido por el escritor en la novela, donde lo golpean y amarran mientras violan a su esposa.

La virgen de los sicarios (1994) de Fernando Vallejo. Esta novela marca el principio del fenómeno literario conocido como literatura del sicariato, narconovela o narcoliteratura. El colombiano Fernando Vallejo nos cuenta, en primera persona, y sin escrúpulos, las relaciones de su alter ego, Fernando, un cincuentón, «el primer gramático» de Colombia, con niños sicario de los que se enamora perdidamente… mientras están vivos. Porque estamos en el Medellín de inmediatamente después de la caída de Pablo Escobar, cuando miles de niños sicario se quedan sin patrón y recurren al sexo para ganarse la vida. Hay un asesinato en casi cada página, de narcos, de mujeres, de adolescentes que sueñan con Mini Uzis y con tener un hijo varón que los vengue de quien irremediablemente les causará la muerte antes de cumplir la mayoría de edad. Vallejo despotrica contra la iglesia, la maternidad, los narcos, el gobierno…

Minicuentos transgresores (2023) de Oscar Seidel.

O lo mato, o te pondrás de luto.

Atormentado por el acoso sexual que el cacique político del puerto ejercía sobre su esposa, decidió consultar con su señora madre sobre la decisión que iba a tomar de asesinar a aquel tipo que le amargaba la vida. Su madre, que era de armas tomar, le respondió: “Hazlo, pero, si los guardas de seguridad del político te matan antes, te visitaré todos los días en el cementerio. De lo contrario, iré todos los sábados a visitarte a la cárcel mientras dura tu condena”.

       Quince años después, el exconvicto sale de la cárcel acompañado por su madre. La esposa no aguantó tanta soledad y se fue a vivir a otra casa con un amigo del finado, que consiguió en su ausencia.

De malas

Atormentado por los líos familiares, el joven se lanzó de la terraza del edificio, dejando dos balas en el revólver con el que su padre amenazaba a su madre todos los días. Al pasar por la ventana de su apartamento, ubicado en el quinto piso, sonó un disparo que atravesó los vidrios y le perforó la cabeza. El cuerpo inerte lo encontraron tendido en la malla de seguridad que los trabajadores de la limpieza habían colocado.

Al llegar la policía, declaró a los padres culpables del asesinato, porque, si el esposo no hubiese descargado el revólver, que siempre estuvo vacío, hasta el día fatal que no acertó el disparo, el joven estaría a salvo puesto que cayó en la malla.

Se acabó mi infancia

“Solo se vive una vez”, decía el abuelo. Sobre sus piernas, yo lo miraba sin comprender sus palabras. “Es así, ya lo verás”, la advertencia sonaba a promesa. “Ven, ahora vamos a jugar”, y partíamos hacia el parque en donde, intentaba enseñarme las reglas básicas del ajedrez. Poco a poco fui aprendiendo, y las partidas se hicieron cada vez más encarnizadas. Cuando por fin logré ganarle, se puso de pie, me miró largamente con ojos nostálgicos, y dijo: “Bueno, basta ya, está bien”. Acomodó las piezas en la caja, y nunca más volvió a jugar ajedrez conmigo. Desde aquel momento, sentí en ese paulatino abandono que, de alguna forma irremediable, se acababa mi infancia por irrespetar la sabiduría del abuelo.

Olvidó mi nombre

Cuando la mujer confesó el crimen al Juez, explicó estar agobiada por su fracaso matrimonial, y sobre la fallida relación romántica que le hizo contravenir. Pero, nadie que la conocía en el pueblo podía imaginar que esa joven, que parecía adorar a su esposo, fuese la misma que lo mató. La confesa no dio una detallada descripción del crimen, y los vecinos presentes la apoyaron.

En el juicio, indagó el Juez a la culpable: “¿Qué fue lo primero que su marido dijo aquella madrugada?” Ella respondió: “¿Dónde estoy, Consuelo?” El Juez volvió a preguntar: “¿Y por eso, usted lo mató?” La homicida respondió: “Sí, su Señoría. Mi nombre es Socorro, y lo asesinaría otra vez si se volviese a equivocar”.

Mala suerte

Los amigos acostumbraban a emborrachar en su casa al anfitrión para gozarse a su mujer. El ganador de la noche, o sea, quien se acostaría con ella, lo definían los dados. El cornudo no se daba cuenta de la infidelidad de su esposa, ni de la traición de sus amigos, porque el demasiado alcohol lo dormía. Durante mucho tiempo se la rifaron, hasta que uno de ellos (que nunca ganó la partida porque siempre sacó 1 y 1) contó la verdad.

Una madrugada, el grupo de jugadores fue envenenado, excepto el soplón, a quien el humillado esposo lo retó a apostar la vida. La afrenta quedó saldada: Como todas las jugadas anteriores, le volvió a repetir el 1 y 1.

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