Las libélulas

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(A Horacio Quiroga) Les decíamos también los caballitos del diablo, quizá por su figura alargada y su cabecilla prominente como un martillo de doble lado; pero, sin duda alguna, aquello que lo asemejaba a un duendecillo o diablo era su cola como de metal que se encogía o estiraba a gusto. Imaginábamos, siempre creí que era un pensamiento conjunto y...

Esta nota es parte del archivo histórico de Página 10.

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