A Lorena la noticia de que la cuarentena se alargaba le llegó por los oídos, pero la sintió en el estómago. “Y ahora?”, se preguntó mientras encendía una velita a una imagen del Señor de la Misericordia para ver si la iluminaba y encontraba una respuesta. Era cuestión de hambre, tras varias semanas sin poder trabajar ya no tenía con qué pagar la pieza y su dieta invariable hace unos días era un agua de panela y algo de pan.
Al principio había podido trabajar, salía solamente cuando podía según el último número de su cédula, al 5 le tocaba martes y viernes, así que esos días Lorena se emperifollaba y maquillaba, se ponía el vestido rojo enterizo que le disimulaba un poco la abundancia de carnes y salía a pasearse por la Plaza del Carnaval y sus alrededores a ofrecer sus servicios. Si se le acercaba un policía, simplemente le decía que iba a comprar algo al Justo y Bueno, o a hacer una vuelta en la Secretaría de Tránsito.
Clientes? Si, unos pocos al principio, los mismos viejitos jubilados, uno que otro borracho, algún jovencito aventurando. El tapabocas no era impedimento, al fin y al cabo las putas no besan cuando trabajan. Pero cuando pusieron toque de queda y los controles de las autoridades se volvieron más estrictos la demanda decayó dejando casi en ceros sus ingresos.
“No hay de otra” pensó Lorena después de rezarle a la imagen. Sopló la vela, se arregló de afán y se dispuso a salir, a pesar que era domingo.
Se vio al espejo, notó que las raíces de su pelo rubio ya mostraban su tono oscuro original, las peluquerías tampoco estaban trabajando, así que pailas. “Es por vos y por Ferney”, le dijo a su reflejo pensando en su hijo adolescente que estaba pagando un hurto en el Santo Ángel. “Al menos allá tiene comida, aunque siempre es que hacen falta esos pesitos que me trae”, meditó.
Se santiguó, salió de la pieza, bajo los tres pisos por la vieja escalera de madera que crujía amenazando romperse a cada paso y salió de la residencia dispuesta a ejercer su oficio, el mismo que había ejercido por más de 25 años, desde los 17, era su mundo, en él sabía sobrevivir, se había enfrentado con malandros, policías, travestis y otros especímenes de la fauna nocturna de la ciudad y aun estaba viva, no le iba a ganar un bichito que ni se ve.
Regresó a la media hora, cabizbaja, llevaba unos papeles en la mano, pero no, no eran billetes, ni clientes hubo, era el comparando que le habían puesto por desacatar las medidas de aislamiento. Se sentó en el filo de su cama y releyó el documento, “casi un millón de pesos”, no pensaba pagar la multa pero estalló en llanto, se le corrió el maquillaje como siempre que las mujeres lloran y grandes goterones negros cayeron sobre el papel que arrugó haciéndolo puño antes de tirarlo.
Quien lo creería. Un virus había puesto en jaque a la profesión más antigua del mundo.
Esta nota es parte del archivo histórico de Página 10.
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