Los libros que suenan

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Por: José Arteaga
(X-Twitter: @jdjarteaga)
Durante la pasada Feria de Cali, el Encuentro de Melómanos y Coleccionistas en las Canchas Panamericanas tuvo una actividad muy intensa, en gran medida porque en el espacio académico, llamado El Jaragual, se lanzaron libros de música todos los días. Bienvenido el espacio, bienvenida la iniciativa, bienvenida la acogida y bienvenidos los libros, que echan por tierra la teoría de que nadie lee y que los aficionados a la música sólo se dejan llevar por lo fácil, lo inmediato y lo breve.
Es indudable que vivimos un Boom editorial musical. Cada día hay nuevas obras en el mercado que giran en torno a la música latina. Hay biografías, crónicas, reportajes, análisis, estudios antropológicos, recopilación de artículos, galerías de carátulas, memorias de casas discográficas… ensayos en general que contribuyen a un enriquecimiento cultural y a un conocimiento más profundo de infinidad de grabaciones, épocas y artistas. Se edita más, se imprime más, se traduce más. Una maravilla impensable hace algunos años.
Mi primer libro data de 1990. En aquel tiempo, que parece lejano, pero que no lo es tanto, no había Internet y la investigación se basaba en trabajo de campo, entrevistas y consultas de archivo en papel. Las investigaciones para un ensayo, en mi caso sobre la salsa, pasaban por un cassette, una libreta y una máquina de escribir. Pero también eran importantísimos los contactos que te abrían puertas y te guiaban por sitios que de otra manera eran inalcanzables.
Entre más te metías, más descubrías. El mundo estaba al alcance de la mano. Cuando el libro “La Salsa” salió al mercado, gracias a la recomendación de Bernardo Hoyos y a la edición de Leonel Giraldo, yo pensé que lo había cubierto todo, que esa era toda la salsa y no había nada más. En el mercado estaban como grandes referentes: el libro de César Miguel Rondón; las revistas de Ángel Méndez, Izzy Sanabria y Ley Martin; las separatas de Medardo Arias; y los escritos de John Storm Roberts. El mundo en un pañuelo.
Pero resultó que la información sobre la salsa de esos años era sólo la punta de un iceberg. Cuando llegó Internet y surgió Google como eje central de una búsqueda infinita, aparecieron escritos diferentes que ofrecían visiones nuevas, perspectivas inéditas y sobre todo, un cúmulo de información desconocida. La música del Caribe era como un huevo que estaba eclosionando ante nuestros ojos.
Lo mismo le pasó a los investigadores de la MPB, del tango, de la música mexicana, del rock chicano o del flamenco. Y le pasó a la investigación en general. El mundo tal y como era apareció (en su orden) en forma de webs, blogs, vídeos de YouTube, opiniones de redes y archivos de diarios en Google Books. Entonces me di cuenta de lo grande que era el mundo y lo pequeño que era yo.
La información tiene eso, que no sólo es un dato, sino mil interpretaciones; que detrás de una escena hay una banda sonora, hay un clima, un pensamiento; que el fotografiado está pensando en algo, que el fotógrafo piensa en otra cosa; que uno mismo puede contar una historia de diferentes maneras; que no se puede seguir al pie de la letra.
Con “El libro de la salsa”, de César Miguel Rondón, se cometió ese error. Al ser el primer libro en español que apareció sobre esta música en 1980, lo que él puso allí se asumió como una verdad. Ese libro pasó a tener el mismo estatus de “El Jazz”, de Joachim Berendt, o “El tango”, de Horacio Ferrer. Una obra fundamental y pionera, pero no una obra de referencia.
Los libros de referencia son obras de consulta diseñados para proporcionar información específica. Es decir, son enciclopedias, diccionarios, atlas, anuarios y manuales. Pero en este caso el autor contaba la historia a su manera y dejaba huellas de una tendencia que no era imparcial. Para Rondón lo más valioso era la salsa que se acercaba a lo cubano y no a la fusión. Hay una oda en torno a una actuación de la cubana Orquesta Aragón en Nueva York y un desprecio por la inclusión del camerunés Manu Dibango en un concierto de la Fania All Stars.
Cuando estas apreciaciones se leen como parte de una obra de referencia, se convierten en verdades y se repiten con el paso del tiempo. ¿El resultado? Todo el Crossover Funk y R&B que hizo la Fania es desdeñado porque se lo ve como algo puramente comercial y no artístico. Y no es verdad. Si algo nos ha enseñado la globalidad es que los encuentros, las fusiones y las mezclas son un arte que requiere grandes dosis de talento.
Pero el asunto es que la información pobló Google y los nuevos investigadores encontraron un campo expedito para hacer su trabajo. Mayor facilidad que antaño, lo cual es de agradecer. Sin embargo, a veces el juicio está nublado porque la fuente original de esa información es tendenciosa. Nadie refutó en su momento a Rondón. Pasaron años antes de leerlo con lupa y ver que sólo hacia parte de una generación que mostraba la punta del iceberg.
La conclusión es que a pesar de contar con más herramientas informativas, el investigador de hoy está obligado, como antaño, a contrastar la fuente. Traigo el ejemplo de la salsa porque en este universo hay muchísima gente investigando y mucha historia dudosa que ha sido asumida como verdad.
Sucede lo mismo con la historia política de un país. Ya que la historia bélica siempre la escriben los vencedores, la versión que asumimos es apenas el 50% de la misma. Crecimos creyendo que los llamados padres de la patria eran un dechado de virtudes. La falta de investigación dejó que esta creencia hiciera carrera. Apenas ahora se ven los trapos escondidos de muchos de ellos. Y no es una cuestión de demeritar sus logros, sino de ver estos héroes de una manera más completa.
Hacer una buena investigación es un tema de constante debate en las universidades, porque el facilísimo impera. Hemos pasado el primer cuarto de siglo XXI viendo cómo la mayoría de estudiantes aplica el “copia y pega” en sus tareas y trabajos de tesis. Y ahora iniciamos el segundo cuarto de siglo viendo cómo se deja a la IA que haga todo el trabajo.
Pero mientras eso sucede, la tecnología se adapta a las necesidades de búsqueda con más herramientas como Consensus, Elicit, EndNote, Gemini, Google Search Labs, Google Scholar, Litmaps, Mendeley, NotebookLM, Semantic Scholar, Scite o Zotero, las cuales buscan ampliar el abanico de consulta y al mismo tiempo delimitar las vías de acceso.
Por eso, ya que vivimos un período de cambios constantes en esta Era tecnológica, es tan meritorio lo conseguido por tantos investigadores de la música que están sacando todo el partido posible a las nuevas herramientas. Y en estas herramientas incluyo la facilidad de comunicación con servicios de mensajería instantánea como WhatsApp, para dialogar con las fuentes.
En los últimos cinco años se han publicado más de 60 libros sólo de música caribeña, incluyendo cuatro de cumbia colombiana y tres de cumbia peruana. Modestia aparte, está dentro de estos “Música con Nombre Propio”, de los periodistas de Radio Gladys Palmera.
En el Jaragual caleño se presentaron libros de: Alejandro Aguirre (“Aquel 26”), Alejandro Ulloa (“La Salsa en Tiempos de Nieve”), Alfredo Motato (“Markolino Dimond”), Fabio Martínez (“Los Viajes de la Música”), Fernando España (“Eddie Palmieri”), Lisandro Penagos (“Salsología”), Óscar Cardozo (“La Vida es un Carnaval”), Rafael Quintero (“La Salsa Forever”), Rafael Valdivia (“Música Cubana en el Nuevo Milenio”), Sergio Santana (“Tite Curet Alonso”) y Rosa Marquetti (“Celia en el Mundo”). Y después dicen que la salsa ha muerto. Por el contrario, esta es una demostración de su eternidad.
Y lo increíble es que hay un más allá. En 2025 también se publicaron: de creación colectiva, “Codiscos: así suena Colombia”; de Alberto González, “Héctor Lavoe and Associates”; de Andrea Barraza, “Saoko”; de Austin Shutov y Jake Fisher, “Que Belleza!”; de Carmen Mirabal, “De Ismael Rivera a Rubén Blades”; de Cubana Ibelis, “Con Formell… en el Cielo También se Baila”; de Daniel De Prophet, “La Invasión Musical Cubana: Nueva Orleans”; de Don Perignon, “La Salsa No Puede Morir”; de Jaime Andrés Monsalve, “El Surcos de Colores”; de Máximo Jiménez, “Merengue”; de Raynelda Calderón, “La Magia del Hombre Merengue”; de Ricardo Oropesa, “Abakuá: la huella sonora”; de Tony Pinelli, “Con una Lata y un Palo”.
Y hubo más, sin duda. Ya lo dijo Enrique Blanc, de la Red de Periodistas Musicales de Iberoamérica, durante la pasada Feria del Libro de Guadalajara, “Nunca antes se habían publicado tantos libros de música” y agrega: “en un momento en el que el periodista musical ha ido perdiendo espacios en los medios”. Por eso precisamente se espera que no sólo sea un Boom, sino un período largo y fecundo. Y es que entre los citados autores hay investigadores veteranos, algunos muy prolíficos como Santana. Ellos son el auténtico ejemplo a seguir.

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