Morir en la arena, retrato en claroscuro del apagón de una utopía

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Por: Tirso Benavides Benavides

Catalogar a Leonardo Padura exclusivamente como novelista es quedarse corto, es el historiador extraoficial de una Cuba que hoy se desmorona a oscuras. En su más reciente entrega, Morir en la Arena, los apagones crónicos que hoy asfixian a la isla no son un mero decorado, son la atmósfera de la narración, el aire denso que respiran unos personajes atrapados en la penumbra física y existencial.

El tema que enciende la trama es un parricidio, un tema recurrente en la literatura. Pero que nadie se engañe, tras el rastro de la sangre familiar, lo que Padura nos pone enfrente es la autopsia de un crimen mayor. Es la crónica de una utopía colectiva que se hizo humo, el retrato en ruinas de ese gran relato llamado socialismo cubano que terminó por disolverse en el mar.

El drama se encarna en Geni, conocido en sus tiempos de furia como “Caballo Loco”. Tras arrastrar más de tres décadas de encierro por reventarle la cabeza a martillazos a un padre violento, sale a la calle. Pero el fin de su condena no pasa de ser un chiste de mal gusto, vuelve a un mundo que no reconoce, además viejo, con una enfermedad terminal a cuestas y con el único propósito de morir libre. Su liberación, sin embargo, funciona como el disparador de un extraño destino doméstico. Su salida limpia el terreno para que se cierren viejas deudas y para que Rodolfo, hermano del criminal, y Nora, la esposa que esperó en los márgenes, resuelvan consumar su amor en la vejez, una victoria tardía y una historia de redención.

A través de la historia de esta familia, Padura nos lanza a la cara el desencanto profundo de toda una nación.

El autor, rozando ya los setenta años, escribe desde las entrañas de una generación adoctrinada bajo la promesa del “Hombre Nuevo”. Décadas después, el balance es trágico. Aquellos niños que iban a cambiar la historia son hoy ancianos solemnes, jubilados del régimen, cuyas pensiones oficiales no alcanzan siquiera para costear una cena decente. La promesa del futuro luminoso mutó en la humillación cotidiana de la supervivencia.

El desencanto no vino solo, vino escoltado por el miedo. Padura retrata magistralmente esa atmósfera de sospecha paranoica que sostiene al sistema, donde el peligro no es una amenaza abstracta, sino el vecino de al lado o incluso un familiar dispuesto a delatarte por traicionar la ideología del régimen. Ese pánico institucionalizado no es exclusivo del Caribe, la novela tiende puentes históricos hacia otros rincones del bloque socialista, como la Alemania Oriental o la Unión Soviética, donde se desarrollan algunos apartes de la obra para recordarnos que el control social siempre habla el mismo idioma.

Es tal el peso de ese terror al ostracismo y al rechazo del aparato estatal, que un ser absolutamente ajeno a la violencia, como Rodolfo, termina aceptando ir a la guerra de Angola. Prefiere el frente de batalla antes que la muerte civil de ser señalado como un desleal, decisión que le deja secuelas de por vida.

La novela opera así como un espejo del fracaso a través de tres generaciones bien delineadas.

En la cima, los abuelos, los militantes ortodoxos, ciegos ante las evidencias empíricas de la catástrofe que murieron creyendo a la fuerza en sus ideas. En el medio, los protagonistas, estos setentones que creyeron y ahora padecen su decisión de no haberse ido cuando todos lo hacían y los más jóvenes que ya rondan los cincuenta, una generación donde la norma es la diáspora. Son los emigrantes, representados en figuras como Aitana y Violeta, quienes desde el destierro sostienen el precario andamiaje económico de sus padres a punta de remesas. Sin esos giros del exterior, la isla dejaría de respirar, a la par de sus destinatarios.

Padura también clava la mirada en las mutaciones del presente a través de personajes tan lúcidos como perturbadores. Nos muestra a un escritor de novelas policiales que se devora la cabeza preguntándose si toda su vida escribió conforme lo solicitaba el sistema, y a su hijo, Humbertico. Este último es el verdadero rostro de la Cuba actual, un santero que vive como millonario gracias a los dividendos de la religión yoruba y a su incursión en los negocios privados ahora permitidos. Humbertico hace caja allí donde el Estado ya no puede proveer, demostrando que el pragmatismo más salvaje terminó por devorarse la ideología.

¿Y Mario Conde? El viejo conocido de la casa, el detective melancólico de la saga por la que es reconocido el autor, aparece aquí como un testigo necesario, un personaje secundario que tenía que estar en este testimonio. Conde es un invitado más a este entierro de la esperanza, un testigo cansado que observa, desde un rincón de la sala, el acto final de una farsa histórica.

Morir en la Arena no busca el aplauso fácil del panfleto. En este libro Padura nos demuestra que, cuando las utopías se congelan en el tiempo y se niegan a morir con dignidad, terminan por convertirse en la peor de las pesadillas para un pueblo condenado a una rutina miserable, iluminada solo por el destello de las velas en medio del apagón general. Todo con la autoridad de quien aún escribe desde su barrio Mantilla, prefiriendo el quedarse a la huida por la que optaron muchos.

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