En esta tierrita nuestra, donde el volcán mira de frente y el viento del Galeras parece recordar que la palabra pesa, que la honra vale y que la dignidad no se negocia, hay hechos que, sencillamente, no tienen presentación. En medio de la contienda electoral, resulta inadmisible que se ultraje el buen nombre de una mujer por el simple hecho de haber puesto —una vez más— su nombre en el ruedo.
La senadora Liliana Benavides ha sido objeto de una andanada de insultos y agresiones en redes sociales que dejan mucho que desear. No es la crítica lo que incomoda —porque la crítica es el alma de la democracia—, sino el tono, el veneno, la intención malsana de herir. En Nariño se dice con claridad cuando algo “se pasa de la raya”. Y esto, sin duda, se pasó.
Que haya oposición, claro que sí. Que haya debate, por supuesto. Que se contrasten ideas, proyectos, ejecutorias y visiones de región, eso es sano. Pero una cosa muy distinta es el agravio, la descalificación personal, el ataque cobarde desde el anonimato digital. Esa no es la política que merece el departamento de Nariño. Esa no es la política que construye.
Benavides, guste o no su proyecto, ha demostrado algo que hoy escasea: compostura, cultura, un lenguaje de altura. En medio de esta tormenta de improperios, no ha respondido con la misma moneda. No ha descendido al barro. Ha optado por el camino más difícil: el de la serenidad, el de la palabra medida, el de la respuesta civilizada. Y eso, en tiempos de tanta crispación, no es poca cosa.
En esta esquina del sur, donde el trabajo se hace a pulso y la política todavía se conversa en las plazas y en los cafés, se sabe distinguir entre la crítica legítima y el ataque ruin. La senadora tiene seguidores, y muchos. Tiene contradictores, también. Y es apenas natural: quien se expone al escrutinio público genera respaldos y resistencias. Pero de ahí a convertir la diferencia en odio hay un trecho largo, demasiado largo.
No hay derecho a que se utilice la falsa política —esa de la intriga y la injuria— para intentar opacar una trayectoria. No hay derecho a que el debate se rebaje al nivel del insulto fácil. No hay derecho a que se pretenda destruir reputaciones como si la honra fuera desechable.
Se está en el remate de una campaña. Los ánimos se caldean, los nervios se tensan, las pasiones se exacerban. Pero justamente en estos momentos es cuando más se necesita grandeza. Corresponde invitar, con respeto pero con firmeza, a los opositores de la senadora Benavides a hacer oposición con argumentos, con cifras, con propuestas. A confrontar ideas, no personas. A debatir proyectos, no a denigrar nombres.
Porque si algo ha caracterizado a esta lideresa es su lenguaje consciente, su manera pausada y respetuosa de exponer realidades, de mostrar obras, de recorrer el territorio con la palabra y el gesto sereno. En medio de la crisis y del dolor que provoca el agravio, ha respondido con cultura. Y eso habla más fuerte que cualquier insulto.
El pueblo de Nariño no es un pueblo de odios. Es un pueblo trabajador, orgulloso, con memoria y criterio. Sabe valorar a quienes, desde su orilla ideológica, actúan con decoro. Y también sabe rechazar la bajeza.
Que esta recta final sea una lección. Que baje el tono. Que se vuelva al debate decente. Que se recuerde que, después de las elecciones, se seguirá siendo vecinos, paisanos, hijos de la misma tierra. La democracia no puede convertirse en un ring de agravios.
Porque, dicho sin rodeos:
no hay derecho a mancillar el buen nombre en aras de una falsa política.
No hay derecho a confundir firmeza con agresión.
No hay derecho a olvidar que, por encima de cualquier candidatura, está la dignidad humana.
Y hay que decirlo con todas sus letras: cuando el ataque se ensaña contra una mujer por el hecho de ejercer liderazgo y disputar espacios de poder, no se está solo ante una bajeza política; se está ante una forma de violencia. Una violencia simbólica que busca deslegitimar, intimidar y silenciar. Y eso, en pleno siglo XXI, no puede normalizarse en la tierra nariñense.
Más aún, estando próximos a marzo, mes en el que se conmemora el Día Internacional de la Mujer, el mejor apoyo para ella, para la doctora Liliana Benavides y para todas las mujeres candidatas, no puede ser otro que el respeto: respeto en la palabra, respeto en la diferencia, respeto en el comentario. Que el cariño, el aprecio y la altura sean la bandera. Porque la democracia se honra cuando se defiende la dignidad de la mujer, incluso —y sobre todo— cuando no se comparten sus ideas.




